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“A veces trato de ser serio, pero dura poco”

Ariel Magnus imagina una peregrinación al santuario de la Virgen patrona de la Argentina en vísperas de la designación de Jorge Bergoglio como Francisco. A Luján (una novela peregrina) es un relato coral, vertiginoso y divertido en torno a la religión y otros credos nacionales.


Por David Voloj

Caminar hasta que duelan los pies y las convicciones comiencen a flaquear. Y después seguir la marcha, aunque el cansancio se encarne en cada músculo del cuerpo, la mente y el alma. A Luján (una novela peregrina), la última novela de Ariel Magnus, recrea las voces de esa multitud devota que año tras año pone a prueba los límites de la fe y parte hacia la Basílica, donde espera la Virgen patrona de la República. Pero en esta ocasión no se trata de una peregrinación más. Es el año 2012 y el cardenal Jorge Bergoglio oficiará su última misa antes de ser rebautizado con el nombre de Francisco, el primer Papa argentino.

Bajo la forma de un relato coral y vertiginoso, A Luján se inmiscuye en el credo nacional, lo analiza, lo desarma. Porque no todos los fieles se suman al camino para cumplir una promesa o purgar un pecado capital. Algunos se mezclan entre las masas para escapar de la ley, otros intentan hacer negocios, y hay quienes sólo se preparan para salir en televisión. Miserias, expectativas, anhelos, dolores, apariencias y hasta algunas herejías se despliegan a lo largo de un texto signado por la reflexión, en clave humorística, en torno a la religión. 

“¿Se puede ser de dos Iglesias a la vez?”, pregunta uno de los fieles. “Tanto como de dos equipos de fútbol, pero uno de la A y otro de la B”, sentencia el confesor. La risa se pliega a la exégesis religiosa, funde lo popular con lo culto, y entonces la imaginación lúdica de Magnus conduce a conclusiones teológicas insólitas: que los seres humanos “somos como bolitas de naftalina en el gran mingitorio de Dios”, o que los cambios en las jerarquías eclesiásticas responden a estrategias futbolísticas: “…sale Benedicto entra Francisco, a ver si con este jesuita tribunero y de buena llegada el Deportivo Eclesiástico logra revertir el resultado contra el Combinado Evangelista”.

–“A Luján” está atravesada por un tipo de humor que roza con lo patético e inclusive se tiñe de cierta inocencia grotesca. ¿Cómo te vinculás con el universo de la risa?
–El humor es el lugar hacia el que derrapo con naturalidad, la solución a todos los problemas (o el primero de todos ellos, sin solución a la vista). A veces trato de ser serio, pero dura poco. Quizá por eso elijo temas no humorísticos, como para lograr un equilibrio (y tal vez porque suelen estar menos explorados en ese tono). Creo en el humor sutil, en la fina ironía, pero también en la risotada, y por eso no me amilano ante el chiste tonto. Si es un error, es deliberado. Igual, siempre me prometo subsanarlo. Hasta que aparece el primer juego de palabras y chau, no puedo resistirme. 

–¿Cómo surge la idea de encarar la peregrinación a la basílica de Luján? ¿Qué dificultades te generó?  
–La mayor dificultad, según recuerdo, fue encontrar nombres para tantos personajes. El resto fue de lo más placentero. Tenía mucho para decir sobre el tema, y construir historias breves no me cuesta tanto. El texto tiene además bastante de collage, de información cruda (como la antiabortista) metida entre las historias ficticias y las elucubraciones teóricas (mi parte preferida).

–Llama la atención esa minuciosa descripción, técnica y cruda a la vez, de las técnicas de aborto que aparece en la novela...
–Buen punto. Me costó poner esas partes, porque obviamente yo estoy a favor de que se despenalice el aborto. Pero encontré esa descripción ya no sé dónde y me pareció tan cruenta e hiperbólica, tan bien lograda para sus católicos fines, que decidí meterla, preñar el texto con ese engendro, digamos. Me pareció que matizaría bien con las partes anticatólicas. 

Explorar lo popular

En sus últimas novelas, Ariel Magnus aborda temas arraigados en la cultura argentina. Antes de A Luján publicó la transcripción del relato de Víctor Hugo Morales del partido de la Argentina contra Inglaterra, en el Mundial de 1986, con el título Barrilete cósmico. Previamente, apareció un extraño ensayo novelesco, La cuadratura de la redondez, donde hace una paródica interpretación hermenéutica de las canciones de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. 

El interés en escenarios y situaciones populares comenzó con La 31 (una novela precaria), novela que se construye en el cruce de géneros tan diversos como el aguafuerte, el ensayo político, el cuento y la fábula, para explorar el universo de la Villa 31, en le barrio porteño de Retiro.  

–Esta exploración de temas populares (la fe, los ídolos, el rock, la pobreza, la religión) ¿es parte de un proyecto particular?
–Proyecto no tengo, mis ideas empiezan y terminan en cada libro, pero hay ahí un interés insistente. Con A Luján, de todos modos, lo que me atrajo del tema religioso fue más la parte teológica, que siempre me apasionó. A eso se agregó luego la parte, digamos, popular. Igual, en el fondo de ese libro está un desafío rítmico, formal, que fue el de tratar de imitar al Camilo José Cela post-Premio Nobel (Cela es el único escritor que conozco al que el Premio Nobel lo mejoró, recién después de recibirlo empezó a escribir lo que para mí son sus grandes libros). En La 31 me interesó la idea de un lugar cerrado, como el barrio chino en Un chino en bicicleta o un poco el Once en mi primera novela, Sandra. Ahí el desafío fue hacer humor con algo que no da mucha risa que digamos, menos si lo visitaste.

–Las alteraciones en la puntuación, la versatilidad de los narradores, así como la retórica ensayística, hacen que la materia popular se vuelva compleja en lo formal.
–Quizá lo que choca es que la materia es popular, pero el tratamiento no lo es. La literatura así llamada popular es la más sencilla de leer, la que prácticamente no presenta complejidades formales, lo cual no pasa en estas novelas. Vistas desde esa perspectiva serían poco populares. A la vez, yo creo que las materias populares son complejas en sí, y por lo tanto necesitan una estructura compleja para revelarse desde lo formal. La dificultad para aprehender lo popular radica en que es múltiple y cambia todo el tiempo según reglas no siempre muy precisas, pero también en que tiende a bastardizar, a ojos de ciertos lectores, todo lo que toca, por lo que el esfuerzo para que eso no ocurra es mucho mayor. 

–Tus personajes exponen tesis, brindan argumentos, sostienen ideas que muchas veces adquieren un protagonismo equivalente al de la historia misma. ¿Cuál es tu relación con la filosofía y la teoría política?
–Bien detectado: las ideas me parecen más importantes que los personajes y las historias. Tal vez debería haber sido ensayista. Pero el ensayo no me atrae, creo que porque muchas ideas surgen en la acción o desde cierta perspectiva, y en el ensayo no hay acción y la perspectiva es siempre la de uno. En cuanto a mi relación con la filosofía, primero fue amateur, más desde el lado filológico o borgeano (la metafísica como una rama de la literatura fantástica), pero luego estudié Filosofía (en Alemania; mi gran mérito fue haber terminado la carrera sin haber leído nunca a Hegel; después lo leí y me pareció fabuloso). Así que técnicamente soy filósofo. De teoría política no sé nada, todo interés por ese aspecto nació con Página/12 cuando era chico.

–Por su estructura abierta, “A Luján” deja la sensación de que el relato podría continuar. ¿Cuándo te das cuenta de que un texto ha terminado?
–Hay algunos textos que tienen el final antes de empezarlos, pero son los menos. En la mayoría, el final empieza a vislumbrarse por la mitad. Cuándo ocurre eso exactamente, es algo que maneja la intuición, como casi todo lo que tiene que ver con el ritmo en lo que escribo. En general noto que hay un momento de entusiasmo al empezar, un momento de completa desolación más adelante, de “esto no sirve para nada y no voy a perder el tiempo ni un segundo más en continuarlo”; luego, si sigo, viene un momento de euforia, de “podría escribir esto toda mi vida, un libro de mil páginas”; y al final siento que ya dije todo lo que tenía para decir y lo cierro. La imagen recurrente es la de la masa cuando la estirás, le das, le das, le das, hasta que en algún momento entendés que hay que frenar, si no se rompe.

–¿Cuál es tu relación con la fe?
–No soy religioso para nada, aunque es cierto que tiendo a llevar la vida de un monje de clausura (casado). Mis padres me hicieron rebanar el prepucio, hacer mi barmitzvá, pero cuando terminé de abrir el último regalo me olvidé para siempre del judaísmo. Salvo para hacer chistes, se sobrentiende, ahí soy muy religioso.

–¿Qué disfrutás leer?
–Lo que más disfruto leer es ficción, y dentro de la ficción, la que está bien escrita. Me gustan los escritores que tienen domado al lenguaje, más allá de lo que me cuenten. Para historias prefiero las películas. También disfruto de leer filosofía o cualquier cosa que me sirva para lo que estoy escribiendo. Creo que disfruto saber que voy a poder operar sobre el texto que estoy leyendo. Es una de las cosas que también me motivan a traducir.

A Luján (una novela peregrina)
Ariel Magnus
Editorial Interzona
160 páginas
 

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