La construcción de la novela me pareció particularmente interesante; ya que durante la primera mitad del libro, la voz dominante de la narrativa es la del “brujo”, describiendo su grandeza, sus rituales, y sus deseos de poder y violencia de formas que rozaban lo incómodo y lo perverso. La voz del brujo solidifica el tono confuso y embrollado de la narrativa, así como la posición corrupta de un gobierno aferrado al control de su imagen. Dentro de esta primera mitad, los personajes se mezclan unos con otros, los entornos son caóticos y abrumados, y la voz es una enviciada con narcisismo.
Sin embargo, la prosa sufre un cambio inesperado a mitad del libro, donde Luisa Valenzuela se inserta en la narrativa: como ella misma, con nombre completo, en el proceso de escribir un libro que el lector ya estaba leyendo. El personaje narrativo de Valenzuela es el de una escritora tratando de producir una biografía del brujo, cautivada por su poder, por su influencia y por su maldad, y volviéndose simultáneamente víctima de la paranoia colectiva consecuencia de la superstición. La voz de Valenzuela es una opuesta a la del “brujo”: clara, concisa, poética, y que duda de si misma y de su poder. Cuestionando en repetidas ocasiones si es más estúpido creer que la literatura puede salvarnos de la opresión o que la literatura es una fuerza opresiva como todas las demás formas de lenguaje.
El leer este libro fue una experiencia abrumadora, que requirió atención, paciencia y un estómago preparado para la cantidad de violencia física, psicológica y sexual impuesta sobre las poblaciones rurales y disidentes. Sin embargo, la prosa de Valenzuela carga una creatividad lingüística que pocas veces he encontrado fuera de cuentos y poemas. La voz narrativa está llena de una honestidad incómoda y tentadora, lo que hace que la historia llame al lector a continuarla, aunque éste intente negarse.