Una línea vital atraviesa los textos que pueblan Paranoia, flamante novela de Daniel Guebel. Se trata de la paranoia como verbo, como acción del inconsciente con el peso propio que tiene el músculo elástico de la angustia y el sufrimiento autoinfligido.
Publicada por Interzona, la novela del escritor argentino presenta las) historia(s) de personajes que se hunden en tragedias familiares, experimentos genéticos, procesos kafkianos, sexo, mentiras y espías chinos. Guebel escribió tres relatos independientes (y no tanto) que bucean entre distintas formas del miedo, de la inseguridad, del desafecto.
“Había renunciado a su enojo y al seguirle la corriente yo estaba a punto de responderle que sí, que volviéramos a estar en pareja, o más bien que empecemos a serlo. ¿Esto que me ocurría era eso que la gente llama amor? Y en caso de que lo fuese, ‘cómo es que se manifestaba simultáneamente entre dos personas? ¿Era como un acuerdo mágico o pura ilusión, engaño?”
El libro da inicio con una historia atravesada por la invención de una vida inexistente como (auto)relato, como autoficción desarrollada fronteras adentro y afuera. Luego la pluma de uno de los escritores más interesantes de la Argentina salta a la China de los largos tentáculos del Estado, vehículos del espionaje más feroz. La mentira otra vez, pero en este caso como norma institucionalizada. Y también como anécdota personal urgente, terminal. Luego, de nuevo, la ficción propia afectando a otros vértices, a otras víctimas. Y plantas carnívoras. Y experimentación con ADN, todo a modo de featuring fuera de menú.
"Según Freud, el delirio paranoico no es solo un corrimiento de la realidad sino también un intento de reconstrucción: el paranoico es coherente en su línea narrativa, vive su delirio con rigurosa obsesión.
En el otro rincón del ring, Lacan puso a la paranoia en un lugar de certezas absolutas respecto del otro, de los otros, de todos los demás que, por supuesto, están en contra de uno.
La certeza como meta, como aspiracional de un ser humano promedio aquejado por sus fantasmas. Un no future en loop, parece denunciar Guebel.
“Cada día se fastidiaba más frente a mi, pero permanecía a mi lado. La pasión física se había atenuado, sobre todo porque yo ya no tenía la actitud avasallante de los comienzos. Es cierto que se entregaba cuando la requería, pero no quería que la besara. Apartaba la cara y dejaba su cuerpo laxo, inerte, como si quisiera hacerme sentir que estaba penetrando en el cuerpo de una ausente o de una muerta".
Como es marca en el autor, lo que parece indicar el título de la novela no es literal respecto de lo que leemos luego. En Paranoia, como en El absoluto (2016) o El hijo judío (2018), la narrativa reflexiona sobre fragmentaciones paralelas al camino que parece anunciado. La escritura de los relatos propios, lo roto en uno y en los demás, el perderse en la fantasía propia como si de una vida posible se tratara. ¿Como un escritor? Como un escritor, como uno que construye una ficción sobre la que tiene alguna que otra certeza, con personajes sobre los que crea un presente y un destino.
Toda ficción es un poco una construcción paranoica, una forma de ponerle marco al delirio. De dinstinta manera, desde el podio de las letras, ya lo han dicho mejor que este firmante testigos declarantes como Poe, Tolstoi, Hemingway, Woolf. En tanto, Guebel, a su manera, a bordo de su Paranoia, confirma y ratifica.