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El constructor de ruinas

Steven Millhauser tomó en soledad un camino diferente. Encontró en la arquitectura de la segunda mitad del siglo XIX (rascacielos, teatros, grandes tiendas) un escenario adecuado –y a menudo protagónico– para sus extrañas historias. Sus ruinas no exigen el paso del tiempo: las vastas construcciones que ocupan sus historias se convierten en ruinas en el momento mismo en que llegan a su cenit.

El arte de Millhauser no se trata tanto de qué pasa en esos grandes espacios, como de su construcción misma. Los escenarios monumentales abundan: una tienda que parece infinita (“El sueño del consorcio“), un laberinto subterráneo (“Bajo los sótanos de nuestra ciudad”), un parque de atracciones que encierra juegos espléndidos y terribles y que se extiende hasta las entrañas de la Tierra (“Paradise Park”) y, sobre todo, un hotel lleno de sorpresas llamado Gran Cosmos. Este hotel aparece en Martin Dressler (1996), que está en el centro de su obra. El edificio se convierte, gracias al lujo y la innovación, en el sitio más atractivo de Nueva York, pero el inventivo Dressler quiere ir siempre más allá, y así termina por abrumar a los huéspedes con autómatas y paisajes de pesadilla. No quiere un hotel: quiere un mundo. La obra del artista, parece decir Millhauser, debe permanecer siempre incomprendida.