El libro que en verdad debió haber escrito dos o tres décadas más tarde
Desde cierta ineludible perspectiva, Edwin Mullhouse, la novela inaugural de la singularísima obra de Steven Millhauser, publicada originalmente en 1972 –es decir, antes de que su autor cumpliera los treinta años–, es el libro que en verdad debió haber escrito dos o tres décadas más tarde. Parece demasiado temprano, desde luego si uno no está familiarizado con ese enigmático y esquivo hombrecito nacido en Nueva York en las postrimerías de la Segunda Guerra, para la ironía, la distancia, la parábola; ese modo de observar el mundo en el que la narración va de la mano de la réplica, en que cada elemento es, antes que sí mismo, su propia y trágica parodia.
Pero Millhauser demostró estar siempre más allá de las cosas, o incluso antes que ellas: cada uno de sus libros, a pesar de los rasgos desfachatados de su escritura, del amor por el exceso, de la enfermiza y engañosamente descontrolada inclinación por los detalles, parece responder a una suerte de plan maestro, a una tesis que se despliega en torno a una pregunta perturbadora –o una serie de eslabones que la conforman y resignifican constantemente–, una pregunta que no puede ser reducida pero a la que con cierta culpa faltaremos el respeto: ¿cómo es posible estar –martilla una y otra vez el obsesivo Millhauser– a la altura de los sueños?