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“El secreto entre los rusos” en Revista Vísperas

Por Leonardo Sabbatella

La novela moderna se ha dado cuenta quizá antes que la propia historiografía de lo inconducente de mantener la proeza de los relatos monumentales (o monumentalistas) y ha reemplazado ese modelo por uno que busca los fenómenos de ruptura, las trayectorias subterráneas y las transformaciones microscópicas —basta volver a los libros de Beckett y Kafka. La literatura como modo de conocimiento privado y desconcertante. Para Serra Bradford (Buenos Aires, 1969), ya no se trata de narrar sino de establecer series y acumular anotaciones, de generar procesos de pensamiento y capturar escenas. En El secreto entre los rusos traza la arqueología de un lector y la historia de un lápiz.

La última publicación del autor de Manos verdes y La biblioteca ideal es una novela de personaje único. La casi centena de páginas del libro se concentra en un solo personaje, el lector llamado S. que no confiesa aquello que lee. Quizás porque no se consigue nunca hablar de lo que se ama, como reveló Roland Barthes, es que El secreto entre los rusosindaga en la relación que establece el personaje con los libros pero, salvo excepciones, no se conocen los títulos ni los autores. Al borrar los nombres el texto se concentra en los comportamientos que produce la lectura, al borde de la patología, y ejecuta una política del extrañamiento.

De forma aleatoria en los márgenes inferiores de las páginas aparecen dibujos de caras, pequeños dibujos a mano alzado y de líneas temblorosas que hacen recordar el trazo de John Berger (autor al que Serra Bradford, notable traductor, vertió al castellano). Un efecto de la lectura de S., que lee mejor si dibuja, se materializa en el libro. Garabatear como una forma de hacer tiempo y de hacer posible otra práctica (en este caso el acto de leer). ¿Pero quiénes son esos hombres que se asoman? Apuntadores, «fantasmas fraternales», desdoblamientos del lector, retratos de otras vidas hechos en lápiz (el mismo lápiz que subraya palabras) y que de cierta forma van puntuando el libro. Son criaturas beckettianas que pertenecen a la misma clase que Nell y Nagg, los personajes de Final de partida de los que se conoce solo la cabeza cuando se asoman de un tacho e irrumpen en escena —vale recordar que el autor irlandés también dibujaba caras en sus cuadernos.

Artefacto literario que pone en crisis la misma noción de novela (tesis que Serra Bradford ya viene construyendo con sus libros anteriores), El secreto entre los rusos es una especie de satélite de La biblioteca ideal, ese libro descomunal sobre la figura del lector pero también la del coleccionista y la del genio en ruinas. La literatura de Serra Bradford pareciera no tanto preguntarse por qué cosa es la literatura sino por qué puede ser, en qué se puede convertir, qué tan lejos (o tan adentro) puede llegar.

Confeccionado a partir de apartados breves y aislados cuya organicidad se la otorga el personaje único, Serra Bradford escribe de forma sintética y luminosa, en todos los casos certera, una especie de diario de campo de un antropólogo encomendado a estudiar (y seguir) a un solo lector. El contratiempo es la virtud secreta de la novela que a partir de ideas y descripciones impone una velocidad anómala; es probable que más de un lector vuelva sobre las páginas para entablar conexiones o regrese a una de las caras que vio asomada en una esquina. En el libro son frecuentes las entradas de una sola frase que constituyen párrafos epigramáticos (una teoría posible: una frase es lo único y lo máximo que pueda aspirar a inventar un escritor, una gramática propia).

Escribe Serra Bradford: «Los libros leídos en la infancia conformaban, entre ellos, la carta astral de quien los había leído». La lectura de la infancia como identidad y destino. Es que para S. el libro es un territorio expandido de la infancia y, por lo tanto, una patria íntima —el lugar del cual se viene y que de cierta manera siempre se está persiguiendo. Los libros y la lectura son para este personaje la forma de ser otro: «Presentía que ciertos escritores le daban la posibilidad de tener otras personalidades» pero también «un lector planta enigmas para alguien que en breve deja de existir», cada libro otorga una vida y un seudónimo. La lectura se convierte en la manera de probarse máscaras o, quizá, de reconocerse en los dibujos de los seres imaginarios que traza en los márgenes. Un modo de existencia privada que entra en tensión con la escena social, con la visita a los cafés en los que lee y donde el acto de lectura se vuelve teatral. Pareciera que un lector no se hace solo de libros sino también de ritos y una liturgia propia.

En el prólogo a una antología de E. H. Gombrich, Serra Bradford anota que la escritura es la magia más lenta del mundo. Después de leer El secreto entre los rusos se revela que la lectura es la magia más íntima del mundo.

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