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El sofocador de la cumbia

El último acontecimiento literario de Argentina es un "negro" de 31 años, hijo de un vendedor ambulante que afirma: "la literatura tiene que ser como una mulata dominicana: caliente y alegre". Cucurto se fuma un porro con los muchachos de la villa y se va a la bailanta, pelea, se enamora y escribe. Además fabrica libros de cartón en una editorial.

Carola Solari

Hay un aviso en una página de Internet que asegura que el mejor remedio para superar un bajón es ir a ver Cucurto. "¿Te vino la depre? Cucu te la saca. Te canta, te baila, te recita, te pasa música, te cocina, te lleva a dar una vuelta al parque, te compra un helado". Y acto seguido, como en esos cortes publicitarios que pasan en TV vendiendo lo más estrafalario, agrega: "Llama ya".

Cucurto es un fenómeno literario en Argentina, con club de fans incluido. Por un lado, es el creador y editor de Eloisa Cartonera, la editorial que fabrica libros artesanales con tapas de cartón y textos fotocopiados y que ha publicado a autores como César Aira, Ricardo Piglia, Fabián Casas y Enrique Lihn. Y por otro, es uno de los escritores jóvenes más sorprendentes que han surgido al otro lado de la cordillera.

Con sólo 31 años, se ha inventado un estilo que él mismo bautizó como "realismo atolondrado" y que comenzó a manifestarse en sus primeros libros de poemas: Zelarayán, La Máquina de Hacer Paraguayitos y Oh Tú, Dominicana del Demonio. Pero es su última publicación, Cosa de Negros, compuesto de dos relatos, el que llamó la atención de la crítica que ha elogiado su pluma frenética y su capacidad de apropiarse de la voz de los inmigrantes: peruanos, dominicanos y paraguayos, las estrellas de su mundo literario.

El lenguaje cucurtiano es una curiosa mezcla de habla callejera, expresiones en guaraní y otro tanto inventadas por él: "El Samber es lo más. Todas las tickis van ahí y eso es rebuey. No mames, cabrón, es así. Creer o reventar. ¡Creer güey, creer!", anota en Noches Vacías, el primer relato de Cosa de Negros.

Leer a Cucurto es como ir a una gran fiesta. Pero una fiesta recargada y pobre, donde las papas fritas tienen mucho aceite, las mujeres son bien tetonas y culonas y la música de fondo es una cumbia interminable.

MÚSICA, MAESTRO

Cucurto, en realidad, es una ficción. El hombre nació en Quilmes y se llama Santiago Vega. Pero a los 20 sufrió una mutación. Se puso a escribir y el apodo que surgió como un broma de amigos, se convirtió en su alter ego literario. Lo cuenta así, al teléfono desde Buenos Aires:

"El superpoeta Fabián Casas (autor de Tuca y El Spleen de Boedo) me presentó a un grupo de escritores que publicaban una revista que se llamaba 18 Whiskies. Yo era el más chico de todos. Ellos me pusieron Cucurto porque usaba mucho el verbo curtir (tirar), que es un verbo callejero. Un día voy a la casa de Daniel Durán, el editor de Ediciones del Diego que publicaba autores jóvenes, y tenía un libro mío armado que decía: Washington Cucurto. Y bueno, así quedó. Luego, seguí publicando con ese nombre, lo que fue aceptar la broma y empezar a jugar con el personaje, a fantasear con él".

Llevó bien lejos el juego. Porque el protagonista de Cosa de Negros es justamente Washington Cucurto, el sofocador de la cumbia, el rey de la bailanta. Un dominicano que toca el saxo y que es introducido con grandilocuentes palabras:

"Señoras y señores, bienvenidos al fabuloso mundo de la cumbia. Están por ingresar con boleto preferencial, al magnífico barrio de Constitución, cuna de la mejor cumbia del mundo, donde todo es posible. Maravíllense con esta atolondrada historia de amor, entre Cucurto, el Sofocador de la Cumbia, y Arielina Benúa... Conozcan a todos los malandras de la música tropical. Controlen sus bolsillos, cuiden sus carteras. Enamórense, ruborícense, sorpréndanse con estos dominicanos del demonio, con estos paraguayos de San Chifle..."

-¿Es con esta historia que le das cuerpo a Cucurto?

- Claro, es el absurdo total, donde el personaje llega al colmo de la ridiculez. A mí siempre me gustó trabajar con esos elementos: el ridículo, el error. Para soltarme un poco y hacer que la escritura sea algo más liviano y no tan cargada de cosas, de presiones, de escribir el gran libro y esas cosas.

-¿En algún momento tuviste esa aspiración de escribir el gran libro?

-No, no. El trabajo riguroso hay que dejarlo para la vida, para el trabajo de verdad. Pero la literatura tiene que ser liberadora, así lo entiendo. No puede ser algo que se vuelve pesado. Escribir sufriendo o pensando en una posteridad, para qué si el día de mañana no vas a estar.

- Cosa de Negros es un fiestón. ¿Cómo lo pasas cuando escribes?

- Me divierto muchísimo. Saqué a los inmigrantes de ese sitio en que los ponen los medios de comunicación: como ilegales sin trabajo. Los puse en una zona festiva, haciendo cosas, siendo alegre, con la música ahí.

- La música suena a lo largo de todo ese libro, incluso uno de los relatos, Noches Vacías, toma el título de una canción de Gilda. ¿Fue un homenaje que quisiste hacerle a esa cantante tropical?

- Como a mí me gusta mucho Gilda, empecé a escribir como un juego: me propuse armar pequeñas novelitas que llevaran por título los nombres de sus cumbias; algunas las publiqué (No me arrepiento de este amor) y otras quedaron inéditas. Ese juego incluía demorarse unos días en escribir el relato, que debía tener una extensión determinada y transcurrir en un hábitat especial: las bailantas. Así nacieron las que llamo cumbielas, y que son una fusión de cumbia y novela.

-¿Y bailas cumbia?

- Claro. Cumbia, bachata, salsa.

-¿Eres buen bailarín?

- Sí (risas). Bailo igual que como escribo.

DECÍME NEGRO

Cucurto es un argentino con aspecto de centroamericano: moreno, con el pelo tieso como virutilla, la nariz ancha. "Un negro", como él mismo se llama, en una doble alusión: a lo popular y a la negrada, término con que los cantantes de cumbia llaman a su público. De chico, fue un niño pobre.

"A los cinco años, a punto de ingresar al colegio primario, su madre le compra un equipo Adidas trucho: tiene visiblemente sólo dos tiras", apunta en un pequeño folletín que describe los hitos de su biografía.

-¿Cuál fue el nexo con el mundo de la inmigración que describes en tus libros?

- Mi padre era un vendedor ambulante que vendía toda clase de cosas. El y mi hermano salían a la calle, a la zona de la provincia de Buenos Aires, en Fiorito, La Matanza, a vender repasadores (paños de cocina), vasos, remeras, musculosas, slip, medias finas. Yo los acompañaba por estos barrios populares donde la mayoría de la gente eran inmigrantes de Perú, Bolivia, Ururguay.

-¿Qué te llamó la atención de ese entorno?

- Que era un mundo colorido, muy vital, con mucho amor por la música y los ídolos de la televisión, como el Chavo del Ocho, que me gustaba mucho. De hecho como siempre estoy escribiendo pavaditas, quiero escribir sobre la vida de Don Ramón, que me hizo muy feliz cuando niño.

-¿En qué momento tomas la decisión de escribir sobre el mundo proleta?

- Fue de repente. Sentí que si no lo contaba yo, nadie lo haría e iba a perderse. Entonces lo fui escribiendo de a poco y apareció en mi primer libro de poemas. Y siempre de una manera delirante, exagerada, en que toda esa realidad está trastocada.

-La literatura argentina hasta ahora no se hizo cargo de hablar de esa zona marginal. De alguna manera, sacaste a bailar a la fea.

- Para mí no es feo, es lindo. Además que es el lugar donde me crié y podía manejarlo a nivel de vivencias. Es cierto que la voz del inmigrante aquí había aparecido poco y era mal vista, porque en Argentina hay mucho culto a la literatura europea y norteamericana. Pero ahí aparece el invento de Cucurto con todos esos elementos que no nos gustan: los estereotipos, lo popular, el sexo, el machismo y todo hecho por inmigrantes. Ellos son los que toman la posta, son las estrellas de mi literatura.

-Ese afán popular también está presente en Eloisa Cartonera, que fabrica libros de cartón a mano.

- Cuando estalló la crisis y se acabó la paridad del dólar, los argentinos comenzamos a darnos cuenta que éramos parte de la Cuenca del Plata y que estábamos bien lejos de Europa. Había que tomar una decisión y nosotros a nuestro modo la tomamos. Agarramos lo único que teníamos a mano, decidimos dejar de comprar papel importando a precio dólar y cambiamos todo el concepto editorial. En un punto nos jugamos en Eloisa: empezamos a trabajar con la intervención del cartón y a darle trabajo directamente a los cartoneros, que son los que arman los libros. Nada de intermediarios, de distribuidores, de vendedores, de imprentas, nosotros seriamos todo.

-Libros que se venden a un bajo costo, lo que también rompe el esquema del mercado.

- Sí, claro. Hay que devolver el libro a su lugar de origen: el barrio, la calle, la gente. Hay que popularizarlo y para eso es fundamental hacerlo accesible para todos, en precio y calidad. ¡Basta de libros fríos y feos que nos dan miedo! Nuestro eslogan es: un libro más que un libro es un amigo.

-¿Qué clase de amigo?

- De esos que te sacan de la peor situación, por ejemplo la depresión, porque nos devuelve la fantasía. La literatura tiene que ser como una mulata dominicana: caliente y alegre. Solo la alegría nos hará mejorar a cada rato. Ninguna cosa buena se hace con tristeza. Nuestros libros cartoneros tratan de transmitir esa alegría, esa experiencia de hacer, de intentar aun lo imposible. La alegría que genera hacer con lo que haya. Hacer con lo que se tiene no más. Lnd

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