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“Electrónica”, de Enzo Maqueira

La novela de Maqueira es un retrato generacional y, a la vez, el relato exhaustivo de una obsesión amorosa, con el eco de la explosión electrónica como telón de fondo.

Al comienzo de Cicatrices de Saer, Tomatis comenta al pasar: “Creo que no hay ninguna experiencia que venga con la madurez. ¿O debo decir ninguna madurez que venga con la experiencia?”. Algo parecido podría plantearse “la profesora”, protagonista de Electrónica, la tercera novela de Enzo Maqueira. Llegados a una edad, creemos que ya tendríamos que haber resuelto una serie de cuestiones: formar una familia, conseguir cierta estabilidad económica, poder comportarnos con el aplomo de un adulto… Y, sin embargo, nada de eso viene con el mero paso del tiempo. ¿Qué es, de repente, tener treinta años para “la primera generación que está preocupada por pasarla bien”, es decir, aquellos que vivimos la adolescencia entre fines de los noventa y principios del 2000? ¿Qué pasa cuándo crecemos y alcanzamos esa edad que inflige cierta presión de madurez pero, sin embargo, nos seguimos sintiendo igual de frágiles, igual de inmaduros?

De ese desfasaje, de esa falta de sincronía está hecho este relato fabuloso, que funciona como una suerte de anti-bildungsroman radical. Porque en Electrónica, el relato de iniciación queda ocluido en el recuerdo mientras que lo que en verdad se narra es el después, el desasosiego total que llega luego del happy end de la película de la adolescencia. Por eso, el primer gran acierto es que su protagonista sea una profesora universitaria, figura compleja en el doble rol de ejercer una supuesta autoridad ante chicos que constantemente la enfrentan, y de medirse con la joven que fue y que no está muy segura de haber dejado de ser.

 

El relato de iniciación queda ocluido en el recuerdo mientras que lo que en verdad se narra es el después, el desasosiego total que llega luego del happy end de la película de la adolescencia.

 

Escrita en una segunda persona asfixiante, que interpela tanto al lector como también al propio personaje, y que además guarda una sorpresa sobre el final,Electrónica se centra en la obsesión de la profesora por Rabec, un alumno con quien tuvo una aventura reciente y del que quedó prendada. Alegoría de la juventud siempre huidiza, Rabec es un poco como el Tadzio de Muerte en Venecia pero en versión clase media porteña del siglo XXI. Porque además de un retrato generacional, Electrónica es también un relato exhaustivo de una obsesión amorosa, con el eco de la explosión electrónica de inicios del 2000 como telón de fondo, y donde los elementos de la más rabiosa contemporaneidad (los chats, los sms, los emoticones) colaboran para narrar una historia de desamor casi a la manera de un thriller. Si los personajes principales de la novela fueron eslabones activos del advenimiento de la electrónica vernácula, hoy se cuelgan fumados a escuchar los nuevos discos de Radiohead o alguna vieja canción de Air. “Eso también era tener treinta años: que tu mundo haya pasado de moda”, se lee en un pasaje. De alguna manera, Electrónica viene a decirnos que, para esta generación, los treinta son el chill out amargo después de la rave de los veinte.

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