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Entre doctor Jekyll y míster Hyde o cómo enamorarse de Stevenson

Tras la publicación de “Enamorarse”, los ensayos sobre el amor y el matrimonio de Robert Louis Stevenson, un repaso sobre cómo su interés por las cuestiones morales influyó en su literatura

Por Gonzalo León

En Las tres fechas, César Aira consignaba que en El doctor Jekyll y míster Hyde, el célebre relato de Robert Louis Stevenson, la escisión de un hombre encontraba su correlato en la separación entre historia (argumento o trama) y discurso (organización del relato): "En alas de la fama, la historia se embarca en el tiempo y sufre todas las mutaciones que le dicta la Historia". Pasa algo similar con Frankestein, donde la versión que conocemos es la tercera, la que Mary Shelley adecuó para que tuviera éxito en el público. En el caso de Stevenson el tiempo es el que ha hecho que vaya predominando la organización del relato más que la historia, que trata de estas dos personalidades, de estos dos hombres, que habitan en uno solo.

Muchos le han dado una interpretación sicológica y siquiátrica a este relato, pero como bien señalaba Aira, en El doctor Jekyll… así como en otras obras de Henry James hace su aparición la figura del Entrometido, que a la larga es quien narra (organiza el relato). Hay un misterio, un secreto, que debe ser explicado y quien lo hace es el Entrometido, este Entrometido es el abogado Utterson que se transforma aquí en una suerte de detective, anunciando lo que sería el relato policial. Pero el contexto en el que se desarrolla esta narración es la moralidad victoriana "entendida como 'vida privada'", en la que "el secreto tenía por forma privilegiada la intimidad, y las circunstancias de la época hicieron necesario llegar a lo sobrenatural para que el Entrometido se saliera con la suya".

Hacia 1888, Henry James escribió un ensayo sobre Stevenson donde abordaba buena parte de su obra: La isla del tesoro, Virginibus Puerisque, Los hombres dichosos, Secuestrado y El doctor Jekyll y míster Hyde. Hoy Editorial Interzona ha publicado en su espléndida colección Zona de Tesoros una nueva traducción de una parte de Virginibus Puerisque bajo el título Enamorarse, con prólogo y traducción de Matías Battistón. Antes eso sí es aconsejable detenerse en el ensayo de James, porque en él trata de situar al autor británico como alguien preocupado –y en sintonía con Aira– por los temas morales. Según él, enEl doctor Jekyll… "hay un genuino sentido de la perpetua cuestión moral, un sentido renovado de la dificultad de ser bueno y de la bestialidad de ser malo". Un sentido que en todo caso se priva de la presencia de mujeres para lograr sus "mejores efectos", ya que "se supone que sin ellas nadie puede dejar una impresión fecunda, pero en el drama de la fatal ascendencia del señor Hyde las mujeres han quedado al margen". La mejor narrativa de fines del siglo XIX siempre pareció que la moral fue de la mano de las mujeres, o al menos de su presencia (Ana Karenina y Madame Bovary son notables ejemplos), y sin embargo Stevenson se las arregla para prescindir de ellas, quizá no por un pensamiento misógino –nada raro en esa época–, sino para probar las posibilidades del relato.

Virginibus Puerisque es, según James, una "colección de ensayos breves que es, sobre todo, un registro de sus opiniones, es decir, en lo principal, de sus gustos y aversiones" y, contrariamente a lo que sostuvo en el resto de su obra, las mujeres o la mujer y cómo estar con ella es el objeto de este libro. Sin embargo, como bien consigna Battistón, fue una mujer, y nada menos que su mujer, Fanny van der Grift, quien en una carta calificó este proyecto de libro como "un disparate total". Fanny venía de una relación anterior con un "adúltero serial", a quien dejó en Estados Unidos para viajar con sus hijos a Europa. Su verdadera intención era convertirse en pintora. Stevenson, por su lado, aún era mantenido por sus padres y en el mundo de las letras era un incomprendido. El primero de los cuadernillos de Virginibus Puerisque fue escrito hacia 1875 cuando sus amigos comenzaban a casarse. Con los años y después de conocer a Fanny, Stevenson fue agregando ensayos y esta edición da cuenta de eso. ¿Pero de qué modo este escritor preocupado por las cuestiones morales abordó temas como el matrimonio y el amor? Si tomamos a Hyde como lo que realmente desea hacer y ser y a Jekyll como el ancla a los usos y las costumbres de la época, ¿estos ensayos con qué personaje se alinearían?

En esta edición hay sólo tres textos de Virginibus Puerisque, el primero lleva este mismo título, el segundo se llama 'Enamorarse', que es el título del presente volumen, y 'La verdad en el trato'; sin embargo, faltan varios ensayos para hacerse una idea de lo que pensaba Stevenson en otras materias. Pese a ello y en lo relativo al amor y al matrimonio es suficiente para determinar que en lo cotidiano era mucho más Jekyll que Hyde. Plantea que entre las cosas inevitables de la vida está la muerte y el matrimonio. Desde esta perspectiva no sólo se casan los enamorados, ya que "el amor es una pasión demasiado violenta para poder domesticarla en todos los casos". El amor como estimulante, apunta Stevenson, y en tal calidad saca lo mejor y lo peor "y más mezquino del carácter del hombre". Pese a ello lo define como una "gentileza apasionada"; por lo general la manifestación del amor siempre está vinculada a la pasión, de ahí lo difícil que se hace el trato, la convivencia y el matrimonio, donde al contrario de lo que se podría creer, el hombre se vuelve desapasionado, ya que "se vuelve vago y egoísta, y se hunde en una adiposa degeneración moral". Cabe aclarar que Stevenson no era ningún experto en matrimonio ni menos en amores cuando comenzó a escribir Virginibus Puerisque; como consigna Battistón, a los veintiséis años contaba con un amor platónico a los catorce, un romance a los dieciséis, una misteriosa relación con una mucama y un largo romance epistolar con Frances Sitwell, de este último Enamorarse da cuenta hacia el final gracias a unas pocas cartas. Pese a su escasa experiencia, Stevenson se las arregla no sólo para reflexionar sino también para aconsejar tanto a hombres como a mujeres.

Para él, el amor no es requisito para casarse. "Enamorarse", dice, "es, como mínimo, una expresión algo hiperbólica para aludir a una preferencia tan tibia". Y luego agrega que si el amor en verdad es lo que los poetas han venido cantando, "entonces está claro que los poetas han estado engañando a la humanidad desde que el mundo es mundo. Y basta con verles las caras a algunas de estas parejas felices para comprobar que nunca han amado, ni odiado, ni conocido ninguna pasión igual de intensa en toda su vida". El matrimonio es otra cosa entonces y sus canales de expresión son el entendimiento y la complicidad: "Si alguien no termina de entender nuestras disquisiciones filosóficas, se lo podemos perdonar; pero si descubrimos a nuestra esposa riéndose cuando se nos llenan de lágrimas los ojos, o impávida cuando nos desternillamos de la risa, eso podría contribuir en gran medida a disolver el matrimonio". En este sentido cuando estamos casados ya no importa qué pensemos de la vida, ya que siempre hay que consultarle a la pareja, hay un mundo en común que se va creando. Y sin embargo agrega que "el único hermano débil que estoy dispuesto a tomar en cuenta es (perdonen la paradoja) mi esposa. Por ella, y sólo por ella, debo hacer a un lado mi rectitud, y vivir torcido". En este equilibrio entre ser un buen marido y ser una persona recta consiste gran parte del éxito del matrimonio.

Stevenson confiesa que nunca se casaría con una mujer que escribe, porque después de una o dos horas de trabajo "la parte más humana del autor se extingue, y entonces él es capaz de agredir, maltratar o insultar". Por otra parte llama a estar atentos a los dictados de la sabiduría popular, que a veces da explicaciones sencillas y claras de ciertas situaciones. De este modo, "cuando una jovencita tiene rasgos angelicales, no come casi nada, toca el piano todo el día y canta de las mil maravillas en la iglesia, hace falta cierta tosca infidelidad, falsamente llamada cinismo, para creer que tal vez, después de todo, sea un pequeño demonio". En este punto el autor británico agradece al personaje de la novelista George Eliot, Rosamond Vincy, en Middlemarch, quien efectivamente encarna ese pequeño demonio. Para él, es mejor estar conscientes y agradecidos de los defectos de la pareja, "pues las imperfecciones de las personas casadas continuamente las alienta, hora tras hora, a mejorarse y unirse y amarse en un plano superior".

Llegado a este punto ya sabemos que Robert Louis Stevenson era mucho más conservador en su vida privada y en sus creencias de lo que quizá podíamos imaginarnos, y que el fantasma de míster Hyde, lejos de ser la manifestación de un deseo para desatarse de las costumbres de la época, no era un ejemplo a seguir. Por contrapartida, como escritor era, según Aira y James, nada convencional, por lo que el modelo de Jekyll podría funcionar para la persona y el de Hyde para su arte. Pese a su conservadurismo, Stevenson plantea cuestiones que parecen obvias pero que al escribirlas dejan de serlo: "Definitivamente no todo el mundo tiene la posibilidad de enamorarse". Es decir si bien el matrimonio es tan inevitable como la muerte, enamorarse está dentro de las cosas que si bien no podemos evitar, sí puede que no logremos. "Por otro lado", observa siguiendo en la línea de lo aparentemente obvio, "hay muchas personas que podrían amarse entre sí, pero cuyos caminos no se cruzan nunca o se cruzan bajo algún astro poco propicio".

Tal vez una de las observaciones más agudas sea cuando señala que "la felicidad del otro es lo que más gratifica", y da ejemplos de muchos actos cotidianos, como arreglarse, peinarse, hablar deslumbrantemente, que hacemos no sólo para causar un efecto en el otro, "sino también ofrecer el más delicado de los tributos". Y es que para él la esencia del amor es la gentileza: "De hecho, el amor mismo podría definirse como una gentileza apasionada; una gentileza, por así decirlo, que enloquece y se vuelve inoportuna y violenta". Estos ensayos de Stevenson no sólo son una oportunidad para cotejar qué pensaba uno de los mayores escritores en lengua inglesa del siglo XIX, sino también para observar qué ideas circulaban por los círculos ilustrados en Europa, que en esa época no fueron precisamente progresistas. Y por último, también son una excelente oportunidad para enamorarse de Stevenson.

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