interZona

Entrevista a Gabriel Goldberg, autor de La mala sangre

Entre el presente del exilio en un lugar parecido a la ciudad de Miami –aunque nunca se la nombre, o se le diga en tal caso “el pantano”– y los recuerdos de una Buenos Aires que ha quedado herida por cíclicas crisis económicas y sociales, Daniel Steimberg, narrador de La mala sangre (Interzona) –novela del escritor argentino Gabriel Goldberg– escribe la trama de una familia tradicional judía que ha caído en desgracia: estafas, asignaturas pendientes, secretos revelados…

Steimberg escribe la novela de su vida, de su tragedia. Entre tantas circunstancias adversas elige una ironía que es un cross a la mandíbula, como tan bien deseaba Roberto Arlt.
Gabriel Goldberg (Buenos Aires, 1965) es escritor y abogado. Estudió en la Universidad de Buenos Aires, Harvard y UM. Ha escrito ensayos académicos, entre ellos, La responsabilidad del Estado en los atentados terroristas contra la embajada de Israel y la sede de la AMIA, y La problemática de la corrupción y los sistemas jurídicos latinoamericanos. Además de presentar su primera novela, La mala sangre, tiene una serie de cuentos en preparación. En la actualidad vive en la ciudad de Miami.

En su mirada filosa sobre su familia y en el modo que enfrenta además ciertos aspectos de la justicia argentina, por ejemplo, pensaba en el escritor Bernard Malamud, un autor que siempre describió muy bien su país como también sus raíces que provenían del otro lado del Atlántico.

Daniel Steimberg tiene cierta cualidad nihilista, de absolutos morales. Le cuesta creer en la gente y en sus aparentes buenas intenciones. Así actúa muchas veces como un agente provocador, y en inglés su expresión favorita, la que repite hasta el cansancio, no es otra que “BS”, “todo es un gran bullshit”. Nunca toma las cosas en sus primeras versiones, en sus apariencias primarias, por el “face value”. Y si a eso le agregamos que no se calla nada, los resultados son explosivos. Pareciera ser que en nuestra sociedad, estas características de Daniel, incomodan. Todos nos apuramos a edulcorar, porque la verdad nos asusta y ese temor muchas veces se manifiesta en forma de agresiones, de marginación, de estigmatización, y de ahí que nuestro protagonista viva un exilio permanente, tanto familiar como social.

Cuando hace unos años empezaron a reeditarse en español algunas de las novelas de Bernard Malamud, Rodrigo Fresán, quien lo prologa, dijo de este autor que era un “gran escritor judío de lo judío”. Yo pienso que es inútil esforzarse por evitar que emerjan nuestras raíces, y en La mala sangre, Steimberg narra algunos episodios relacionados con ese otro lado del Atlántico y que alude, aunque de forma tangencial, a la emigración justamente hacia Estados Unidos y la Argentina de dos millones de judíos rusos, como consecuencia de los pogroms, esa dura persecución que se inició en la rusia zarista y que aún persistió en la Revolución, como brotes antisemitas. Puntualmente, dentro de la novela se narra la historia del samovar de la abuela de Daniel, y en ella emergen los orígenes, y lo mismo sucede en otros fragmentos dedicados a su padre. Es algo inevitable.

La mala sangre gira en torno a una familia judía de prestigio y poder en la Argentina. Por momentos, para alguien que no tiene mucho contacto con la cultura y códigos judíos, suena a comunidad cerrada, algo que a un lector le da mucho interés por conocer ¿Se preguntó cómo alguien ajeno a la cultura judía podría recibir esta historia?

Me imagino que con el mismo deseo o curiosidad por conocer detalles de aquello que se desconoce y que genera tanta intriga y expectación, igual si se tratara de una familia armenia, católica u ortodoxa griega, por dar solo algunos ejemplos que en la Argentina no resultarían tan ajenos. No debería sorprende si le cuento que los tribunales de familia de la justicia Argentina rebalsan de expedientes por conflictos de las “mejores” y también de las “peores” familias de todo tipo de minorías culturales y religiosas que componen el vasto y rico tejido social de nuestro país. En el caso particular de Daniel Steimberg, tenemos que él se desarrolla dentro de una familia judía abierta, porque aun cuando asiste a un colegio judío, luego ingresa a la universidad pública, igual se enamora y se casa con una muchacha católica. Tenemos, también, que su padre es un dirigente comunitario de una entidad que representa políticamente a la comunidad judía de la Argentina. Como en todos los ámbitos, podemos observar que hay sectores abiertos y cerrados.

Las familias con poder o sin poder, con dinero o sin dinero, católicas, evangelistas, protestantes, musulmanas, sunitas, chiitas, kurdas, griegas, armenias, cingalesas o brahamánicas, todas ellas, también se pelean, como naturalmente también hay peleas dentro de las familias judías. Por ahí, me interesa más no etiquetar sino observar cómo Daniel abiertamente nos habla sobre las realizaciones en la vida, las rivalidades entre hermanos, compañeros y amigos, incluso, como ya lo mencionamos, sobre las traiciones. Nos habla de los celos, de la envidia, de las complejas relaciones con los padres, de los conflictos generacionales. En fin, que nos habla de lo humano desde lo humano con una sinceridad arrolladora, y creo yo que esto le confiere un carácter universal a la temática de la novela, y por ello, puede resultar interesante para un público diverso.

¿Qué posibilidades narrativas encontró en la estructura de brevísimos capitulos que tiene su novela?

Para definir la estructura de la novela yo utilizo un término que es fractal, porque la historia va replicando en postales —a veces brevísimas, a veces maratónicas. Estas postales, justamente, no tienen su origen en un diario íntimo, sino en la forma en que recordamos. Y ahí sí, con los recuerdos es que podríamos hablar de fragmentos, fragmentos de imágenes. Y para Daniel, estos fragmentos son los cristales rotos de la esfera de cristal que estalló en su familia, y esa metáfora nos sirve para entender que esas esquirlas poseen aristas cortantes que van y vienen, y que en ese ir y venir laceran y hacen sangrar. Ese recordar, finalmente, se manifiesta con fuerza en Steimberg cuando corre, cuando nada, cuando anda en bicicleta, hasta cuando se ducha.

Si bien con la historia de Daniel Steimberg me he sentido cómodo con la estructura fractal, entiendo que cada historia merece que se trate de reconocer la forma en que quiere ser contada. De ahí que yo distinga, dicho sea de paso, entre el estilo del escritor y la estructura literaria, por más que muchas veces esa estructura, ciertamente, ha llegado a formar parte del mismo escritor.

El caso de la familia Steimberg se cruza con circunstancias trágicas la historia argentina: la guerra de Malvinas, los atentados a la AMIA y la Embajada de Israel, la crisis socioeconómica del 2001.

La comunidad judía está íntimamente integrada a la sociedad argentina, es decir, participa y comparte las experiencias que conlleva naturalmente la vida cotidiana, la vida social y la vida pública, como todos los ciudadanos. Por ello, cualquier suceso o circunstancia histórica del país afecta a todas las comunidades que lo componen. Sin distinciones de credo o raza, los jóvenes marcharon a las Malvinas; una crisis como la del 2001, igualmente afectó a toda la sociedad. En el caso de los atentados, si bien en última instancia las víctimas fueron un blanco específico, el suceso terminó afectándonos a todos. Como antes comento, en la Argentina se asentó y se extendió una amplia comunidad judía, pero esa comunidad está vinculada a Israel, como único Estado judío del mundo. El hecho de que hayan atacado a la AMIA, como comunidad vinculada a Israel, y a la Embajada, afecta a todos los ciudadanos, porque nos habla de que en este país están dadas las condiciones de impunidad que permiten que se den este tipo de situaciones tan lamentables y que hasta ahora aún no haya nadie tras las rejas. Esa impunidad, reitero, inevitablemente termina afectando a todos sus residentes.

Las traiciones siempre duelen, pero cuando son familiares, parecerían más dolorosas…

No hay nada más humano que la traición. No hay nada más habitual que la traición familiar, y no hay nada más común que esconder la traición familiar. En el fondo, nadie tendría que sentirse sorprendido ante la traición que vive Daniel. Pero como la traición familiar se esconde como vergonzante, sí sorprende que él mismo la saque a la luz. Es que él siempre tiene urgencia por hablar, y además, habla de lo que nadie quiere hablar. Tal vez, también asusta y choca la naturalidad con la que nuestro protagonista habla del maltrato cotidiano y familiar, algo ominoso y terrorífico pero, de nuevo, algo universal y vigente hasta el día de hoy. La gente le tiene mucho miedo a eso y prefiere no hablar, hacer de cuenta de que no existe. Guardan los cadáveres en un placar, a pesar de la descomposición y los hedores que emanan. La gente prefiere hablar de la mosca que vuela o de la tensión superficial de la burbuja de café con leche. Todo, menos referirse a aquello que está tan presente como un elefante blanco en medio de una habitación.

En La mala sangre se mete la experiencia de vivir en el extranjero, con ese pantano al que alude el protagonista que tiene mucho de un Miami no tan conocido.

En la literatura encontramos grandes ejemplos de universos creados por los autores para el desarrollo de sus personajes y de sus circunstancias. Salvando las distancias, por supuesto, me vienen a la memoria William Faulkner con Yoknapatawpha County, el condado ficticio donde se desarrollaron varias de sus novelas, Juan Carlos Onetti con su mítica Santa María, Gabriel García Márquez y su Macondo dentro del realismo mágico. A propósito de ello, me sorprendió leer en un diario español a un crítico que fustigaba a Onetti, afirmando que le había copiado la idea a Faulkner. A su vez, también a éste ya le había tocado alguna vez lo suyo respecto de la narrativa de Joyce y Proust.

Pero volviendo a lo del pantano, el universo ficticio de nuestro personaje, encontramos que es éste la representación de la depresión, del agobio, de las alimañas, del lagarto en el jardín, como un absurdo. El pantano es un sinsentido, es un no lugar, un páramo de aguas cenagosas y fondos de lodo, que huelen tan mal, te puedes encontrar con nadie para hablar, te puedes encontrar con nadie para tomar un café, como se lamenta Daniel. Se trata de una sociedad donde el control social es tan férreo y la comunicación es tan escasa, que todos acaban sin identidad, absorbidos por el sistema. Dentro del pantano nos ubicamos en el típico suburbio de ciudad, como en el que vive nuestro protagonista. Estos suburbios tan americanos, hoy en día ya son casi idénticos en cualquier parte del mundo, tienen las mejores escuelas, tiendas exclusivas, restaurantes, y ahí es donde se asienta “lo selecto” de la sociedad, como en Desperate Housewifes, American Beauty, como lo tratan John Cheever o Truman Capote. Inmerso en ese mundo, Daniel termina hablando con las palmeras o con su perro, no solamente no le divierte la vida de playa sino que la detesta porque le aburre, y por lo mismo, hace prácticas obsesivas y solitarias de andar en bici por horas y horas. Es decir, se construye un territorio propio donde establece su sistema de vida y se relaciona en forma de códigos con gente local no común, como el jefe y la esposa del jefe, los triatletas Anne y Mark, el mismísimo Raymond, el peluquero de la “República de Hialeah” y hasta Teo, su propio perro. En ese territorio establecido, en ese pantano como universo vital por más mal que huela, Daniel Steimberg sueña con ser escritor.

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