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Entrevista Marcelo Cohen: “Argentina está enferma de realismo”

El brillante narrador y traductor habla sobre política, literatura, ecología y zen, a propósito de los relatos de Llanto verde y la reedición de El testamento de OJaral. Por Javier Mattio

No hay nada que se devele explícitamente fantástico en la casa de Belgrano, donde Marcelo Cohen (Buenos Aires, 1951) recibe a Ñ para conversar sobre sus libros y su trayectoria, que lo ha consagrado como uno de los escritores argentinos brillantes de las últimas décadas y un traductor contundente en lengua hispana, con más de cien libros traducidos de diversos géneros e idiomas.

Esa condición es contrastada en persona por gestos mesurados y candorosos que en su casa adquieren visos decorativos y arquitectónicos: una enredadera con una angosta pileta, varias bibliotecas, un living en el que destaca un póster de Sin aliento, unos volúmenes sobre la mesa que pronto serán repartidos entre los colaboradores de Otra Parte, la revista cultural devenida digital que el narrador dirige con su pareja por años, la escritora Graciela Speranza. Un hogar “racionalista, de 14 ventanas”, como dice Cohen café de por medio, pero igual de acogedor y familiar.

El motivo del encuentro es la salida con pocos meses de diferencia de El testamento de O’Jaral, editado originalmente por Alianza en 1995, y el flamante Llanto verde y otras películas del Delta Panorámico, conjunto de relatos que complementa La calle de los cines (2018). Los dos textos trazan un arco de casi tres décadas que se inicia con el regreso de Cohen a la Argentina tras su exilio en España, coincidente con El testamento..., y la posterior creación y exploración del Delta Panorámico, esa zona aledaña de repliegue imaginario y celebración del lenguaje que nace con Los acuáticos (2001) y halla un provisorio cierre de paréntesis en Llanto verde.

Los “ciborgues”, “cuadernaclos” o “farphonitos” –robots, tablets y celulares, en deslucida habla criolla– de esas peripecias constatan un futuro que se volvió paisaje y que en El testamento de O’Jaral se preveía desde una lucidez descomunal: allí Cohen dialogaba con maestros como J.G. Ballard, William S. Burroughs y Raymond Roussel, a los que asimismo tradujo con ánimo simbiótico, articulando una tradición de surrealismo y ciencia ficción en donde la subversión formal prevalece por sobre la tiranía del tema. De allí que las paredes de Cohen citen a Godard y sus ventanas semejen una obra de Magritte, discretas en su cotidianidad sobrenatural.

“Pasó una cosa rara con El testamento de O’Jaral en el momento en que salió –recuerda el escritor–. En España a esta clase de libro la entendía poca gente. Después los empezaron a entender más. Pero acá, adonde yo había empezado a volver después del 83, tuvo otra recepción. Guillermo Piro me dijo en Gandhi, ‘loco, qué libro’, y otra gente me dijo ‘me quedé dormido, no pude pasar’. Beatriz Sarlo me dijo ‘es muy largo’. ‘¿Y cómo querías que lo acortara?’, le pregunté. Es un proceso que está pasando ese protagonista, de licuefacción y cambio de personalidad. Y Fogwill, que era un lector extraordinario, que defendió el libro a mansalva, me dijo que estaba bien y habló mucho de él. Un día la agarró a Graciela, que todavía lo trataba antes de que se pusiera insoportable con nosotros, y le dijo ‘Cohen necesita un hijo’. Él era muy padre, Fogwill. Bueno, cuando conocí a Graciela y me vine a vivir acá ella tenía una hija de 11 años, se había separado, y desde entonces pasó a ser también mi hija y mi vida cambió”.

–¿En qué contexto tiene lugar la escritura de El testamento de O’Jaral?

–Fue un trabajo largo y me hizo pensar en mí. Es curioso, había personas que me dijeron que adoraron a O’Jaral y a mí me parecía que no era para que te enamoraras del personaje, un tipo que hace daño por su obsesión casi psicótica. Yo pensaba en mí porque eran cosas mías que odiaba. La obsesión, la compulsión, la tenacidad boba y el engaño. De todas maneras el origen fue que estaba esperando a un amigo y no sé a cuento de qué, seguramente había releído Hamlet, pensé que me gustaría escribir una novela sobre un tipo que está loco pero finge cordura y todo el mundo lo cree cuerdo. Pasa mucho ahora. Uno se da cuenta que muchos colegas están un poco locos. Yo estoy un poco loco. Digamos, sentís que tus enfermedades están al borde de convertirse en algo peor si no hablás con amigos, si no hacés meditación, que es lo que hago desde hace unos años, si no le hacés caso a quien tenés al lado. Todo eso sirve para mantenerse a raya. Escribir tiene sentido si es una forma de denunciarte a vos mismo, y O’Jaral tiene bastante de eso. De ahí que a alguna gente le pareció atractivo y a mucha gente le pareció insoportable, quiero decir peligroso.

–¿Recordás algo más de esa época?

–Influyó también que en esa época vivía en Barcelona en un departamento, como viví casi toda mi vida hasta tener esta casa. Y en el piso de arriba había un muchacho que estaba loco, que vivía con los padres. Me dijo un par de cosas que me llamaron la atención. Un día subió conmigo al ascensor y leía un diario en inglés en la parte de fútbol; él era economista y había estado en Londres. Nunca supe por qué se había brotado. Yo le había contado que era traductor. Me dice “acá hay una nota sobre Ardiles, mira cómo se llama: ‘An architect among grave diggers’”. Un arquitecto entre enterradores, que me parece extraordinario. Él había pescado lo bueno de ese título. Un día lo invité a pasar y se sentó en un sillón, era una sala minúscula y en la pared de atrás estaba el cuadro de Ofelia muerta en un lago de Millais. Él la vio y dijo ‘Sweet Ophelia’ no sé qué… Entonces dije “este tipo es cosa seria”. Otra vez viene un amigo, sube y me dice “che, hay un personaje raro en esta casa. Estaba esperando que me abrieras y se acercó, me saludó y me dijo ‘hay un viento terrible, un viento de treinta kilómetros por hora’”. Y entonces mi amigo le pregunta “¿y cómo sabés?”. “Lo sé porque pasó un coche y vi el velocímetro y marcaba sesenta kilómetros por hora, y el viento iba a la mitad de velocidad”. ¡Cómo le funcionaba la cabeza a ese tipo! Las redes neurales trabajan a su forma y algo me debe haber influido ese muchacho, al cual mandaron al loquero finalmente. Un día me lo encontré en una pileta municipal y estaba gordo y tarado y no me saludó.

–¿Cómo coincide el retorno al país con el surgir del Delta Panorámico?

–Cuando volví a la Argentina tenía miedos que después vi justificados. Es un país enfermo de realismo. Y la clase media a la que en su momento le iba bien con Cavallo estaba enferma de consumo. Me llamó la atención la adicción a las marcas que había. Pero una de las ilusiones que tenía era regresar a ver el río, el delta. Mi padre me llevó a remar de chico al club San Fernando, después de adolescente iba a remar y quedé impregnado de eso. Y al mismo tiempo al volver de España había leído La afirmación de Christopher Priest, que me impresionó, donde hay un lugar que se llama el Archipiélago del Sueño. Como me atraían las islas del Tigre se me ocurrió la idea de un mundo de islas y escribí unos cuentos que terminaron siendo Los acuáticos. Uno siempre cree que existe el peligro de imitar a la Zona de Saer o la Yoknapatawpha de Faulkner, pero esto no habría tenido ningún viso de verosimilitud si no lo sostenía con un equipo que invitara al lector a quedarse. Es lo que traté de hacer, crear un vocabulario, inventar de dónde viene el lenguaje de sus habitantes. Esas vocecitas empezaron a decirme acá hay algo, te gusta estar acá, vamos a quedarnos un rato, y fue un rato tremendo. Comencé a satisfacer un deseo, algo que yo sentía una falta, de la literatura como creación de voces, cuya defensa había visto en Walsh, en Piglia. Así salieron Donde yo no estaba o rarezas como Gongue.

–¿Y de qué manera irrumpió el cine como matriz narrativa en ese universo?

–El Delta Panorámico se fue alejando de la ciencia ficción, y acá jugó un papel fundamental otro tipo que me caló hondo porque traduje diez libros suyos, Gene Wolfe. Él tiene esto de un futuro inmediato donde puede haber capas de un pasado lejano. El futuro como estratos, minería. En el Delta hay cosas que en este mundo no existen como los flytaxis, que probablemente van a pasar, otras que no pasarán nunca y otras que se vuelven a repetir, por ejemplo se puede fumar porque se ha descubierto que el tabaco no hace mal. Y en el Delta el cine era un arte antiguo, así como empieza a serlo en el nuestro. Junté eso con mi tendencia a sobrepasarme cuando les detallo filmes a mis amigos, aunque no espoileo. Eso está en el prólogo de La calle de los cines. Me puse a contar cualquier cosa que se me pasara por la cabeza, con fuentes de inspiración como las noticias. Los diarios se leen cada mañana porque necesitamos historias, que son a veces dolorosas, en general jodidas, en esta época muy malas, pero uno moja la medialuna como si estuviera viendo una película. Se volvió una puesta en abismo, la invención de películas de un mundo en las cuales se ponen aspectos de ese mundo en escena. Me entretuve y escribí como cuarenta cuentos en un par de años, de ahí también salió la novela Algo más. Ahora me fui del Delta por un rato porque no me agrada repetirme.

–Relatos de Llanto verde como el que le da nombre a la nueva antología o “Cómo fuimos” comunican cierto espíritu de conciencia ecológica.

–Seguramente viene de una digestión de las preocupaciones por el cambio climático, pero no tienen la intención de mover a nadie. Algunos libros de ensayos u obras de ficción con componente ensayístico y sobre todo ciertos documentales pueden suscitar un impulso de movilización. Todo esto empezó cuando hace unos años estuvimos en Nueva York porque a Graciela la invitaron a dar clases en Columbia. Ahí vimos una marcha contra el cambio climático donde había tanta gente distinta, desde sindicatos a movimientos sociales a grupos comunitarios, representantes de partidos menores y del Partido Demócrata, practicantes budistas. Esa marcha, que tenía una longitud de cuadras, fue un timbrazo mental. Después conocimos a Maristella Svampa y nos imbuimos más. Jonathan Crary acaba de publicar Tierra chamuscada, un libro pesimista sobre la predominancia de la inteligencia artificial y los desastres del cuidado del planeta y no tiene muchas esperanzas, pero anuncia que si hay algo que puede reparar el tejido de la vida humana es la vida pública. Que la gente vuelva a juntarse en espacios públicos, al aire libre, para hacer cosas, para actuar, porque el sometimiento a la vida virtual es concomitante con el descuido de lo que sucede no ya fuera de los cuerpos, sino de las mentes.

–¿Cómo ves la participación digital, y cómo entra ahí la revista Otra Parte?

–El foro mundial de las redes sociales es demasiado numeroso y en gran medida está formado por la emoción del pecho abierto. Y la verdad es que me molesta el ruido que hace todo eso. Nosotros hacemos una revista. ¿Cuánta gente la lee por mes? 1.200 personas por semana, 4.000 en semanas excepcionales. Por muchos esfuerzos que hagamos la influencia es poca, además somos una revista de reseñas críticas con algunos artículos más largos. Hasta hace diez años hubiera dicho, como Foucault, no deseen el poder. Pero si tenés un cacho de poder ahora podés hacer algo eficaz contra lo que está viniendo. Hay un poder que es la creación de espacios donde la convivencia y el intercambio en colectividad pueden regirse por normas que no son las del consumo, la publicidad, el dominio por la repetición y la verticalidad. Una cosa que elegimos y entra en nuestra ética es no desperdiciar espacio en hablar de cosas que no nos gustaron, no masacrar a nadie aunque nos den ganas de vez en cuando y solo si tenemos argumentos suficientes. Tratando con los compañeros de la revista he aprendido de todo. Es una cofradía de saberes con sociólogos, filólogos, especialistas en cine, músicos y ensayistas.

–¿Qué te sigue impulsando a escribir? ¿Cómo te percibís hoy como escritor?

–El entusiasmo me impulsa a escribir, junto a todas las otras cosas que te impulsan a escribir. La neurosis y hasta la culpa. Nunca llegué a una conclusión definitiva, porque uno se pasa tanto tiempo haciendo esto que entre otras cosas se lo pasa bien. En una época decía que es la evasión definitiva, y es bastante cierto. Lo veo en mí y en gente cercana. Yo de mis libros espero lecturas pero nunca esperé ganar plata ni ser muy conocido, lo que tengo ahora es lo que creo que me merezco. Tengo unos cuantos lectores, un muy buen editor y me he ganado prestigio como traductor, lo que me permite pedir un poco más de plata. Produje tantos libros que ahora hay editoriales que quieren volver a editarlos, entonces cada tanto vendo una traducción vieja. Me las arreglo. Y tuvimos mucha suerte con esta casa, que es maravillosa. A la pileta recién pude usarla el verano pasado después de dos años, porque las enfermedades me traicionaron.

–Antes nombraste la meditación. ¿Qué te aportó?

–La meditación consiste en que las imágenes cesen. Uno de mis grandes amigos, Alberto Silva, es probablemente el tipo que más sabe de zen en el mundo castellano. Él practica el zen Dogen, que no es nada más que respirar. Sentarte y respirar, estar atento a la respiración, a lo que entra y sale, al ritmo cardíaco, y así te transformás en mirador de lo que pasa por tu cabeza. ¿Sirve para algo? En mi caso no me hace mejor. Sirve para acallar el ruido. Como dicen algunos, ruido físico en el aparato del alma.

 

El testamento de O’Jaral, Marcelo Cohen. Interzona, 360 p.

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