interZona

Gabriela Massuh / La intemperie

Hay novelas que tocan radicalmente alguna forma de verdad. La intemperie lo consigue: el mundo que compone, que es social y es sentimental, se afirma en la sanción de lo que se percibe como auténtico. No es, con todo, lo que el texto pueda tener de autobiográfico lo que erige esa verdad; tampoco lo son sus referencias a la historia argentina reciente. De las claves autobiográficas siempre es posible desentenderse, y acaso sea lo preferible cuando la ficción autobiográfica cunde; y lo realmente interesante de los materiales sociales que el texto incorpora es que se ven sometidos a una lógica diferente de la socialmente dominante (La intemperie le debe más de lo que cree al sueño de la autonomía estética, de la que no obstante reniega). Es otra cosa, es una intensidad singular de las palabras en las páginas, es su plenitud o su desolación, según el caso, lo que le procura al relato esa clase de vibración que no puede sino ser verdadera. La intemperie es una novela de amor (o de desamor, lo mismo da). Gabriela Massuh recorre sabiamente las fintas de esos desenlaces: la ansiedad de olvido, el dolor asfixiante, la persistencia de lo ya perdido, la necesidad de domesticar una ausencia que todavía es salvaje. La historia de amor de la novela resulta inseparable de sus tramos de reflexión crítica, desplegados por Massuh a pura inteligencia. Porque es difícil alcanzar una plasmación verdaderamente crítica de esos años de idiotez y superficialidad si se intenta hacerlo con sus mismos términos y desde sus mismos valores, todavía en su terreno, todavía en su horizonte. Y en eso Gabriela Massuh también acierta: corta, discute, se enoja. El drama sentimental de la novela se corresponde así con el plano del drama social, en la necesidad vital de pasar a otra cosa lo más pronto que se pueda.

Martín Kohan

Interzona. 242 páginas.

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