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La cabeza de Ezequiel

Una lectura de "Mensajes", de Ezequiel Martínez Estrada, para el autor de este texto “el libro del año”. Por Luis Diego Fernández.

“Me hubiera gustado hacer de la soledad mi breviario y mi sudario. Pero solo me fue dado admirar, al anochecer, las vizcachas cuya vida en meandros subterráneos y frescos, tiene aún para mí un inefable atractivo de filosofía de la libertad y de la paz. El gusto de la tierra está en toda mi piel y Nietzsche es mi autor más querido.” En esta carta de Ezequiel Martínez Estrada a Victoria Ocampo fechada en 1945 y publicada en la Revista Sur (julio-agosto, 1965), tal vez aparezcan ciertas coordenadas de un discurso tan fuera de centro como virtuoso: soledad, libertad, tierra, piel y Nietzsche. Orfebrería de un herrero templado, la obra de Don Ezequiel supo ver sin analgésicos la dicotomía de un país que amó pero no admiró con lucidez implacable y sin corrección. En su Discurso en la Universidad Nacional del Sur, el 20 de diciembre de 1958, el ensayista habló a los jóvenes: “Es hecho significativo que hasta ayer hayan sido los talentos de vanguardia los que me han fustigado más desconsideradamente, desde sea el ángulo doctrinario del marxismo, sea desde el sectario del nacionalismo. Los talentos conservadores me trataron con respeto, y de ellos he recibido más honra que de los otros, empezando por Leopoldo Lugones con quien me entendía muy bien hablando dos idiomas distintos. ¿No es este un motivo de perplejidad? Yo no creo ser un conservador ni un reaccionario, sino lo inverso, un hombre que diferencia los principios de las tácticas, el logos de la praxis, los deberes de conciencia de las obligaciones municipales, el patriotismo del nacionalismo, la libertad del liberalismo, la conducta recta de la conducta endurecida.”

Piel escamosa, neurodermatitis, soriasis o “peronitis”, como dijo Christian Ferrer, Martínez Estrada supo somatizar su lucha y recibir palazos de marxistas, peronistas y nacionalistas, así como flores de anarquistas, liberales y conservadores. Ese nido fue propicio y su estela de maestros, a los que cita, deja a la vista la lógica reacción de ambos bandos: Sócrates, Spinoza, Schiller, Hugo Thoreau, Tolstoi y Gandhi. En la pampa eligió dialogar con cinco: Moreno, Monteagudo, Echeverría, Sarmiento y Alberdi. De su coetáneos el citado Lugones y Quiroga. Lector de Guillermo Enrique Hudson, el pensador nacido en San José de la Esquina (Santa Fe) en 1895 de familia humilde y autodidacta, supo ganar su libertad de modo radical. En ese sentido, la publicación deMensajes por parte de Editorial Interzona no debe permanecer silente, solapada ni esquiva. Doce textos breves seleccionados por Nidia Burgos en base a un orden temático tienen una filigrana que los traspasa a todos: la preocupación por la libertad. En esos artículos, breves ensayos o intervenciones públicas sobresale que el autor de Radiografía de la Pampa fue un hueso duro de roer. Martínez Estrada fue un criollo que leía a Montaigne, Thoreau y Nietzsche (sus autores dilectos, mencionados reiteradas veces en la antología) desde la piedra del campo, el pasto mojado y la esquila de ovejas. Fue la traducción del anarquismo individualista al lenguaje paisano, a la forma inflexible del surero. Ese decir, con una cadencia que iba de suyo con la piel cetrina y el cuerpo pequeño, hilvanada en su mirada penetrante y sus hachazos sin piedad. Sin embargo, su dureza nunca fue violencia sino vitalismo, ladrido de advertencia y una voluntad amorosa que creía en ideales tan elevados como hoy difuminados.

En primer lugar, para Martínez Estrada la República Argentina era un problema y la ciudad de Buenos Aires un fenómeno psicológico. No era política ni economía ni demografía lo que tomaba de materia informe, sino psiquis, cuerpo (individual, social), neurosis (represión, alienación, resentimiento). Esa enfermedad incurable era parte de la arquitectura que había desculado con su perspicacia intuitiva en La cabeza de Goliat. El psicoanálisis social que impulsó se veía también en los autores que operaron de matriz de su trabajo: Freud, Simmel, Spengler y Nietzsche. Las invariantes históricas que el escritor citó marcaban su vocación filosófica, no historiográfica, y allí tuvo que dialogar con el Facundo. Sarmiento era su interlocutor válido, admirado, pero también la encarnadura de la imposibilidad de comprender lo simultáneo de lo civilizatorio y lo bárbaro que somos. La cabeza de Sarmiento era la portadora de esas fuerzas que condenó en su obra magna. Pero Martínez Estrada no fue sarmientino sino un lector atento de Sarmiento con respeto y disenso. Fue su condición de posibilidad para crear su magma conceptual.

Martínez Estrada hizo explícita su directriz filosófica: “Muchos de vosotros recordaréis cual ha sido mi tesis inflexible: la vida del pensamiento, que se organiza y sistematiza en las universidades, requiere la libertad; la que se genera y desarrolla en el ágora, o sea en la plaza pública, requiere la disciplina y el método”. De esa tensión es que se organizó su construcción magistral. Pensador del borde, outsider pero reconocido por sus pares, su tela escrituraria fue constituida con trazos serpenteados y dureza de ideas. Su estilo alambicado a veces operó como expulsor pero no era sino producto de su herencia poética barroca, del padrinazgo lugoniano.

Martínez Estrada hoy no tiene ninguna calle en la ciudad de Buenos Aires (vivió durante más de dos décadas en Alem y Lavalle, en un pequeño departamento). Fue un trabajador (treinta años como empleado del Correo Central) y un hombre honrado. Luego de ganar el Premio Nacional de Literatura adquirió un campo de 383 hectáreas en Goyena cuyo arrendamiento actualmente mantiene la Fundación que difunde su obra en Bahía Blanca (sin recibir ningún tipo de subsidio ni beca ni aporte público). Martínez Estrada diseñó la matriz del ensayista (el modo de darse del filósofo en las pampas) como horma que luego muchos repitieron con sus variaciones: Murena o Sebreli, por ejemplo.

¿Cuál fue el mensaje mejor recibido de Martínez Estrada? Pocos parecen tener escucha. Su presencia constante y esquiva es algo que vuelve a ser recibido por quienes ocupan los lugares de otrora desde otra estética, en el siglo XXI. Si Jauretche fue reivindicado por la tradición nacional-popular (con canciones de rock, citado por Cristina Fernández) y Alberdi fue colocado en el podio del linaje liberal-republicano (tomado de emblema por la prensa conservadora), Don Ezequiel sigue siendo esa figura irreductible que leen libertarios de izquierda o derecha y excéntricos (ni los pocos anarquistas que quedan ya lo registran, prefieren las modas, lo anarcoqueer, por caso).

Quienes mejor conocen su obra (Christian Ferrer, Horacio González) hacen la venia de sus aciertos y exageraciones. Su devaneo político (de su antiperonismo a su adscripción final a la Revolución Cubana) no sesgó jamás su voz de la infrecuencia de los hombres libres. Su talante profético o telúrico, su amargura metódica (lo criticado por Germani) lejos de tornarlo débil lo endurecieron y modelaron más aún: Martínez Estrada es reeditado sin pausa ni prisa, sin embargo, nadie lee a Gino Germani.

A veces sobredimensionamos las notas a pie de página que con el tiempo terminan siendo polvo en la nada. Los gigantes saltan ese relieve que siempre se vio y se reconoce como un secreto a voces pero que por chiquitajes, amiguismos, enemiguismos, atolondramientos o simple mezquindad no tiene la primera plana en la vanidad de la frivolidad cultural: del chocolatín de moda o el Olimpo de los figurones.

Mensajes es un pequeño volumen que para este escritor de ocasión es el libro del año.

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