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La conjura del padre

Escipión, de Pablo Casacuberta, marca la llegada de un autor uruguayo que permite descubrir a alguien que ya ha transitado por diversas expresiones como la fotografía, la pintura y, por supuesto, la literatura. Historia de la lucha de un hijo con su padre ya muerto, pero aún altamente presente e influyente, Escipión se remonta al Imperio Romano para terminar abordando la temática del doble, en una novela original, de tintes cómicos y que despliega distintos planos y ritmos para la lectura.

Hace poco más de cinco años, un jurado compuesto por editores, agentes literarios, autores y lectores seleccionó a 39 escritores latinoamericanos para participar del Festival literario Bogotá 39. La diversidad de influencias, géneros y estilos no fue un impedimento para hacer un recorte generacional y regional, propicio a los intereses del mercado editorial. El criterio excluyente fue la –engañosa– juventud y la nacionalidad de los convocados. Además, claro, de cierto talento o potencialidad insinuada en sus primeros libros. Con 38 años, el uruguayo Pablo Casacuberta fue uno de los participantes. Sin embargo, el carnet de joven promesa lo venía trajinando desde que alcanzó los 21, tras publicar su primer libro, Ahora le toca al elefante. En los cinco relatos que lo componen ya se insinuaba su paleta de recursos estilísticos, tanto en las alegorías representadas por animales o insectos como en las descripciones detalladas de los humanos, a mitad de camino entre lo onírico y lo real, que –leído en retrospectiva– recuerdan al Levrero de La novela luminosa.

La comparación no es en vano. Como gran parte de la denominada nueva narrativa uruguaya, Casacuberta en sus inicios concurrió a los talleres que Mario Levrero daba en Montevideo. Pero al igual que sucede con los talleristas de Laiseca en Argentina, los llamados “levrerianos” no forman un corpus de escritores homogéneo. Por el contrario, como si fuese un homenaje al maestro, crearon obras para todos los gustos, disgustos y calificaciones. Entre ellos –según el crítico Gabriel Lagos– figuran escritores “intimistas” como Fernanda Trías y Alejandro Ferreiro; “pop” como Patricia Turnes (que hizo actuar a Levrero en su libro Pendejos); y hasta alguno –como Casacuberta en Una línea más o menos recta– que se atrevió al “experimentalismo”, rasgo que lo llevó a saltar por diversas expresiones artísticas, como el cine, la pintura y la fotografía.

A pesar del largo y zigzagueante camino recorrido, la literatura de Casacuberta llega por primera vez a la Argentina de la mano de Interzona, en coedición con la editorial Trilce de Uruguay. La novedad es Escipión, su séptima novela. El título del libro proviene del más allá o, mejor dicho, de la historia anterior a Cristo. Según cuenta una de las mil y una entradas de Wikipedia, Escipión el Africano le debe su fama a que fue el único general romano que pudo derrotar al cartaginés Aníbal Barca en la batalla de Zama (202 a.C.), confinándolo al exilio, la deshonra y la soledad. En la novela de Casacuberta, el protagonista y narrador compulsivo carga con el nombre del humillado no por un mero azar nominal, sino por obra y voluntad de su padre, el profesor Brener, especialista en narrar la decadencia y la caída del Imperio Romano. En ese designio familiar, Aníbal –criado para ser emperador de cátedras y universidades– interpreta y justifica su presente de académico frustrado y de pobreza autoinfligida, regada con suficiente aguardiente barato como para dejar los recuerdos de la infancia en estado de coma.

En Escipión, Casacuberta plantea la relación entre un padre y un hijo, distorsionada por la voz paranoica, cómica y resentida del narrador; Aníbal es una especie de Ignatius Reilly y de Oscar Wao con varios kilos menos. Desde la primera línea confronta con la sombra de su padre fallecido, el emérito profesor Brener, velado con honores por el Estado nacional, prototipo del aristócrata intelectual latinoamericano del siglo XX: seductor, mujeriego, lírico, inteligente, hombre público, moldeado por cierta idea de virilidad que roza el machismo. Como si fuese un Hamlet maldito, el profesor Brener conjura contra su hijo aun muerto. Aníbal –que se entera del velorio por televisión, a diferencia de su hermana Berta, que acumula los pésames en primer plano– recibe como única herencia un par de cajas con pertenencias, al parecer, menores. Dentro hay diarios íntimos, objetos de la infancia y, sobre todo, el primer paso de un plan maquiavélico para que Aníbal obtenga –tras relacionarse con personajes excéntricos y ex amores tortuosos– una fortuna mayor.

Aníbal despliega su lamento y pocas esperanzas en un largo monólogo interior, guiado por una prosa catártica, recargada con gerundios e hipérboles humorísticas –que por momentos funcionan y en otros pierden potencia por repetición–, donde repasa desplantes de su padre a sus intentos académicos y otros despechos que lo llevan a pensar el abandono de su madre, tiempo atrás, como un exilio de la dictadura familiar.

Sin embargo, al raspar la superficie del retrato que hace Aníbal sobre su padre, la hipótesis sobre una novela acerca de la paternidad cae, para darle espacio al tema de la duplicidad. No del modo clásico, con apariciones y extrañezas. En Escipión el juego de dobles deviene de la herencia –sanguínea y nobiliaria–, de la genética que multiplica, de los espejos deformes creados por la cotidianidad familiar.

Aníbal, pese a su resistencia, termina siendo una copia de aquello que detesta; lo percibe no sólo en la fisonomía sino en su carácter, ambiciones y hasta en un tumor en la cabeza que los une como no lo estuvieron en vida. Quizá por este descubrimiento, Casacuberta tuerce la historia y muta la rabia por empatía, insinuando en algunas buenas páginas que aquello que odiamos con tanta fuerza es, sobre todo, la visión de lo que podemos llegar a ser.

Escipión 
Pablo Casacuberta 
Interzona 
296 páginas

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