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La dimensión desconocida

María Sonia Cristoff entrega una nueva columna que aborda el cruce entre IA y escritura: “¿Por qué querría delegar en la IA algo que no solo puedo hacer sola sino que además disfruto hacer sola?”, escribe.

En los últimos cuatro años vengo escribiendo una novela cuya protagonista es una treintañera que se obsesiona con un dato, algo del orden del delito que involucra a alguien a quien alguna vez supo frecuentar. Pasa las noches insomnes siguiéndole el rastro a ese dato, lo que supone hurgar en archivos de todo tipo: libros, artículos, datos sueltos en la web, consultas con una experta. Durante todo el proceso de escritura he sido consciente de que, al tratarse de alguien de esa edad, este personaje seguro recurre a la IA en su búsqueda pero, como yo no tengo –a esta altura, mientras escribo esta columna, debería hablar ya en pasado- ni la menor idea del tema, ni la más mínima aproximación a la IA, a lo largo de estos años he ido poniendo asteriscos en todas aquellas instancias de la pesquisa de mi personaje en las que ella, por una cuestión generacional, recurriría a esa herramienta. Siempre uso asteriscos en aquellos puntos que pienso chequear o investigar después, como para no interrumpir el ritmo de la escritura, la conexión. Confieso que, de todas las zonas de mi manuscrito que al día de hoy están marcadas así, la única que me daba fiaca investigar era esta de la que vengo hablando: ya vería cómo hacer llegado el caso. En eso estaba, avanzando con mi novela, acercándome casi al final de la primera versión, es decir al momento de rever esos asteriscos, cuando recibí casi en simultáneo un mensaje de Pablo Díaz Marenghi en el que me preguntaba si me podía mandar unas preguntas para un artículo que estaba escribiendo sobre IA y, en paralelo, un mensaje de Fabiana Scherer en el me invitaba a una mesa de los Diálogos de la Feria del Libro en la que se discutiría qué pasa entre la IA y la escritura literaria. Todo indica que llegó el momento de atravesar la barrera de la fiaca, pensé, y me puse a leer sobre el tema. Es tanto lo que encontré, es tanto lo que ya sabían desde hace rato todos los otros integrantes de la mesa en la que participé, que muy rápidamente me sentí como uno de esos soldados japoneses un día rescatados de lo más profundo de una selva que aseguraron haberse quedado ahí esperando el fin de una guerra que en realidad había terminado hacía casi tres décadas ya.

Por supuesto que soy consciente de que, aun así, ya era una usuaria pasiva de la IA, de que había terminado acudiendo a ella por el simple hecho de usar un programa como el Word, siempre tan solícito para corregir lo que nadie le pide, por ejemplo, o por haber sido automáticamente redirigida mientras intentaba dilucidar alguna cuestión en el buscador de Google, pero lo cierto es que jamás, ni una sola vez, me había puesto en contacto activamente con esa dimensión. La dimensión desconocida. De ese desconocimiento precisamente habla uno de los artículos más interesantes que leí en estas semanas, “Software”, en el cual su autora, Flavia Costa, escritora e investigadora del Conicet que desde hace años viene indagando en estos temas, se detiene en controversias de lo más interesantes alrededor de las IA emergentes y, sobre el final, dice que no deja de ser preocupante el hecho de que muchos actores clave dentro de la sociedad civil, de las políticas públicas y del ámbito académico “no saben que no saben” y, además, “no saben qué no saben”. Desde ya que Flavia Costa no lo hace levantando un dedito acusatorio, sino más bien haciendo un llamado al campo crítico-creativo -en el que incluye las humanidades, las ciencias sociales, la filosofía, la política, la arquitectura y las artes- para que, en conjunto, y desde una perspectiva latinoamericana, nos pongamos al tanto de esas controversias e imaginemos una agenda de preguntas para pensar la existencia de la IA entre nosotros. No creo llegar a tanto con estos balbuceos de escritora, pero sí reconozco que estas líneas y una nueva pilita de libros que se ha agregado a mi escritorio son muestras de que me he puesto a pensar en algo que, me guste o no, es inevitable pensar. Independientemente de la marcha de mi novela, digo. Negar la presencia de las IA en nuestras vidas actuales y futuras es como negar el cambio climático.

Aun así, a pesar de las cosas que vengo leyendo, a pesar de los experimentos y testimonios de colegas entusiastas, todavía no he hecho la prueba de pedirle a algún modelo de IA que lea o que escriba un texto por mí. No tengo necesidad, no tengo curiosidad, no tengo ganas. Más curiosidad me da ponerme a leer alguno de esos libros que tengo en otra de las pilitas de mi escritorio, la del puro deseo, a la que acabo de agregar un par delicioso. Y en cuanto a las ganas, más ganas tengo de volver a encerrarme con mi novela, ahora que ya tengo decidido cómo resolver todos esos asteriscos pendientes. Menos aun tengo necesidad. ¿Por qué querría delegar en la IA algo que no solo puedo hacer sola sino que además disfruto hacer sola? ¿Por qué querría saltearme el proceso de escribir esta primera versión en la que ahora estoy, esa instancia en la que se ponen en juego las cuestiones más cruciales? Horacio Convertini dijo en la mesa del otro día que algo parecido había escuchado en boca de Martín Kohan. Bien, adhiero. Y repregunto entones en primera del plural para incluir a Martín y a quienes corresponda: ¿por qué querríamos saltearnos el proceso de escribir? ¿Para llegar antes al momento de la publicación, al de las entrevistas en las que -y acá hablo solo por mí- es imposible no repetirse, al de la proliferación de exposiciones públicas que implica un libro recién salido? ¿Para llegar antes al momento de actuar de escritora, en suma, que es lo que menos me gusta del hecho de serlo?