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La fauna divina (fragmento)

En exclusiva, los capítulos II y III de la novela premiada por el Fondo Nacional de las Artes.

II    

  -Es un juego doloroso del destino la marginalidad del cuerpo. Macabro.

  Así pensaba Perla mientras el ómnibus cruzaba el puente Zárate Brazo Largo;  otra deformidad construida para unir Entre Ríos con la Capital,  adonde se dirigía decidida a rehacer su corta vida.     

  Una y otra vez recordaba la historia que Doña Edelmira le narraba en su infancia: la de Don Perico Vergara, que robó al enano de circo para llevárselo a Francia con la difícil misión de entretener a Doña Misia Blanca Vicuña, su esposa,  que estaba cansada de morir sola en París.

  Su abuela completaba el cuento diciéndole que la mejor fortuna que podía tener, era ser robada por algún caballero que la llevara a la capital para entretener en los circos.

  El caballero no había llegado, pero Perla, con su veneno a cuestas, partió a la gran ciudad llevando tan sólo el sobre arrugado con unos pocos pesos, menos de los que algún día heredaría,  y una nota que su madre le había dejado en vida,  en la que describía las bondades  del Cotolengo San Miguel Fèvres donde en caso de necesidad su hija podría refugiarse. Según Sofía, éste era  el único lugar donde Perlita podría sacralizar el estigma de su cuerpo tullido con el que duramente convivía.

 

  Entre reflexiones y recuerdos, perdida en la inmensidad de la ciudad, veinticuatro horas después de haber partido de Diamante, Perla tomó la decisión y golpeó las puertas del Cotolengo, o de  “La Pequeña Obra de la Divina Providencia” como preferían llamarlo.

  El misterio de la Encarnación se revelaba al cruzar apenas los altos portones que dividían el mundo normal de este universo de desechos humanos, que reptaban por los parques que envolvían los catorce enormes pabellones,  construidos allá por el 1900 para refugio caritativo y verdadero hogar de los lacerados de la carne, desheredados y abandonados sin piedad por el miedo y la ignorancia de sus familias.

  Allí,  la monstruosidad era la carta de presentación que daba derecho a permanecer: cuánto más deforme, más aceptado.

  Más esperpéntico, más felicidad en la próxima vida.

  “Síndrome mal formativo congénito por iatrogenia causada por el uso de la talidomida durante su gestación. Enanismo y predominio de miembros con malformaciones de columna. Inteligencia normal”. Así rezaba el informe que el Doctor Caliggeri, cuyo horripilante aliento a ajo Perla  toleró con su falsedad habitual, redactó a su secretaria tras la revisación exhaustiva que precedía al ingreso definitivo al Cotolengo.

  El informe era un resumen perfecto del cuerpo de Perla que,  con la hoja estirada para evitar que se arrugara, cruzó los jardines hasta llegar a su pabellón: el de los retoños de la talidomida, los frutos prohibidos que la ciencia, omnipotente,  nunca había asumido como error.

  La Hermana Auxiliadora la recibió en el pabellón. Era una de las Monjas misioneras de la Caridad, como se llamaba la Consagración que guiaba espiritualmente a los sufridos.

  -Bienvenida,  Perlita-  susurró en su oído mientras agachaba su metro ochenta para llegar a la enana.

  Nunca nadie, salvo su madre, la había llamado así. Perla sonrió con humildad, pero en su fuero interno la voz comenzó a bramar:

  -¿Quién mierda se cree esta cretina, porque se toma la licencia de llamarme así? Alta  y escuálida...el cíclope del Cotolengo parece.

  Solapada en su rostro misericordioso se dirigía a su cuarto -mordiendo aún la furia del encuentro- , cuando se cruzó en los pasillos con Hefesto, como se llamaba a sí mismo otro de los deformes del Olimpo de Claypole. Manejaba un extraño carromato  diseñado por él mismo: un rectángulo con un asiento de triciclo, tres ruedas, una adelante y dos más pequeñas detrás, sin pedales dada la ausencia de sus piernas, y con un manubrio circular frente a su pecho que giraba con ambos muñones para mover las ruedas.

  -Me puse Hefesto en honor al Dios del hierro, el único deforme del Olimpo- se presentó, mientras desaceleraba el carromato.

  Perla se detuvo desconcertada. Alberto, que era su verdadero nombre, frenó del todo y estiró uno de sus muñones hasta la pequeña mano que sobresalía del hombro de la nueva integrante del paraíso de los imperfectos.

  - Fíjese que el Dios Hefesto, tullido y feo como era, estaba casado con Afrodita. Así que me quedan esperanzas, señorita- comentó mientras Perla, incómoda, corría su mano y bajaba la mirada.

  -Soy el que tiene focomelia, ya le deben haber hablado- insistió, reforzando su presentación.

  Ella negó, turbada, mientras sus ojos se desviaban una y otra vez hacia las mutilaciones de Hefesto,  o Alberto, daba lo mismo.

  Cuántas veces había escuchado esa palabra: focomelia...

  -Suerte que no tuviste focomelia- le decía Doña Edelmira cuando la bañaba de pequeña - . Hubieras sido más monstruosa y encima paralítica.

  La abuela tenía razón, como siempre.

  -Pobre tullido- caviló su cabecita loca, viéndolo alejarse.

  Como si nunca un espejo le hubiera reflejado su propia imagen.

 

  Una cama pequeña de sábanas blancas.  A su costado, sobre la mesa de luz, una imagen de la Virgen de Lourdes, la protectora de los enfermos, con su último mensaje santo que decía: “Lo importante es ser feliz en la otra vida, aunque para ello sea preciso aceptar la cruz”.  Esa era la escenografía del cuarto donde Perla depositó sus pertenecías: una pequeña valija marrón, agrietado el cuero;  el sobre arrugado que le diera su padre;  y el papel, con membrete de la institución,  que contenía  la descripción minuciosa de su malformación.

  Por el ventanal, los jardines del Cotolengo reverberaban con el calor de septiembre. Perla observó a Hefesto, que avanzaba por la alameda hacia la  capilla. Ésta era célebre por guardar a la luz de los cirios el corazón intacto de San Miguel Fèvres -el santito del Cotolengo- , protegido en una pequeña vitrina de cristal frente a la que los fieles, venidos de muy lejos, se hincaban para orar.      

    -Qué estupidez - pensó mientras acomodaba sus cosas- , rezarle a un órgano.

 

  Atardecía ya cuando se atrevió a salir del amparo de su cuarto.

  Como un esclavo recién liberado, Perla se asomó al largo pasillo del pabellón alentándose a dar los primeros pasos.

  Luego de haber vislumbrado la fauna que se paseaba de este lado de los portones no cabían dudas: había llegado a su lugar en el mundo. 

  Eran todos seres incompletos como ella.  Trozos de humanidad que exhibían sus cuerpos sin avergonzarse.  Porque en el Olimpo de Claypole  la anormalidad era un trofeo y cargar la cruz de la deformidad un don que transformaba a los desterrados del mundo en reyes de un nuevo cosmos divino.

  Esa primera noche, envuelta en los sonidos guturales de los discapacitados más graves que,  inconscientes de su monstruosidad - privilegiados ellos- aullaban en sus cunas de adultos,  Perla soñó que Hefesto besaba sus pechos enormes que eran en verdad los de Teresita, la puta de Diamante que aparecía por detrás licuándose en su cuerpo  para gozar del mutilado.

 

III

 

  Poco a poco el olor a dorado y surubí  se fundió con el de la lavandina, impregnado en los pabellones; y Perla, como bien se dice que el hábito hace al monje, fue acostumbrándose a la rutina que la Hermana Auxiliadora procuraba cumplir a rajatabla a pesar de las resistencias de los pobladores del Cotolengo.

  Cada mañana,  al rayar  las seis, los que todavía podían caminar se dirigían al oratorio para la misa. Perla odiaba esta rutina dado que siempre, por coincidencia de enfermedad  y de pabellón,  la  sentaban  junto a Hefesto: los únicos dos talidomosos que aún podían trasladarse. Ella, gracias a que su madre había consumido  la pastilla venenosa luego del tercer mes;  y él,  gracias a su ingenio que cada día agregaba algún detalle original a su carromato,  al que incluso habían fotografiado para una revista.  La misa junto a Hefesto la obligaba a recordar, a su pesar, el sueño repetitivo que la perseguía por las noches;  y la mirada lasciva del monstruo del Olimpo perturbaba su conciencia que había jurado mantener casta y pura  junto al féretro de su madre.

  Terminado el ritual religioso Perla cruzaba el jardín atravesando los catorce pabellones, pero se detenía sólo en los tres donde le correspondía dejar la ración diaria de medialunas de manteca.

  En el pabellón de los hidrocéfalos entregaba ración doble. Suponía que era por el enorme tamaño del cerebro primitivo o reptil, como llamaban los especialistas a la función mental que comandaba los instintos: el hambre, la sed, el sueño, el sexo…

  En el de los parapléjicos, en cambio, entregaba apenas una medialuna por paciente  que terminaban comiéndose las enfermeras-  desenmascarada su gula por el talle que mes a mes iban desplegando- . 

  Y en el último, el suyo propio, el de la ciencia culpable, dos por persona, que multiplicado por diez, que era el número de pacientes, resultaban veinte medialunas prolijamente acomodadas en la canasta, con un pequeño letrero en papel blanco, pegado con cinta sobre el mimbre ya gastado, que especificaba en  letra cursiva y con falta de ortografía: “Medialunas del Pavellón de la Talidomida”.

  Terminado el desayuno limpiaban la larga mesa de mármol, retiraban las migajas y comenzaba la faena.  A Perla le tocaba la peor parte, los casos desesperados.

  A pesar de su deformidad la Hermana Auxiliadora le había visto cualidades suficientes para ocuparse de los más desgraciados. Era arduo limpiar, una por una,  las cunas de cada descerebrado, como los apodaba Perla.  Pero la tristeza más honda la abatía cuando aseaba a Augusto, un joven de treinta años acurrucado en un largo moisés de tela cruda con mosquitero incluido.

  Augusto no hablaba. Escuálido, dientudo y de nariz angulosa, al llegar Perla sonreía como un bebé a su madre. Mientras ella le cambiaba los pañales, su pálido metro noventa se bamboleaba dentro de la cuna, a pesar de los retos que la enana murmuraba entre dientes:

  - Quedate quieto, pedazo de larva, quieto o te corto lo que ya sabés.

  Augusto reía, ignorante de la maldad de Perla, y se babeaba jadeando acompasadamente: dos jadeos un hilo de baba, dos jadeos un hilo de baba, una y otra vez,  mientras su madre putativa terminaba su rutina de ablución.

  Era increíble que la hubieran elegido para esto justo  a ella  que tenía un solo brazo normal y esa mano de seis dedos, si podía llamarse mano, que brotaba apenas de su hombro.  Pero Perla había crecido haciendo todo por sí misma,  y era tal su capacidad para el manejo con una sola mano, que lo hacía más rápido que el resto. Todo gracias a la abuela Edelmira que siempre le decía:

   -¡Arreglate sola, para eso Dios te dio seis dedos!

  Quién diría que terminaría agradeciéndole por esa tortura.

   Las once sonaban en el reloj cucú del comedor principal cuando comenzaban las tareas para el almuerzo. Entonces Perla se sentaba al sol a cuchichear con alguna de las enfermas que, como ella,  tenían su cerebro intacto. Pocas por cierto, porque no era fácil sobrevivir con lucidez a la deformidad y a la vida de perplejidades e incomprensión que azotaban a los lacerados del universo.  Parecía más sencillo, al vivir en el Cotolengo, acostumbrarse a la ilusión de estar expiando pecados para renacer sano en la otra vida. Pero en el silencio de la noche, cuando ya nada los distraía, cuando el abismo de los sueños los atrapaba y los condenaba  a perderse, cuando  no había excusas, ni frases hechas que justificaran tanto dolor, ahí todos se preguntaban:

  -Por qué, por qué a mí…

  A veces,  el amanecer del nuevo día calmaba los tormentos y traía un manto de esperanza divina a tanto padecimiento;  otras,  la salvación de la muerte mental ponía fin a la conciencia de la paupérrima vida. Así había sido con Augusto, que entró al Cotolengo cumplidos los diez años  diciendo al menos la palabra agua,  pero al rozar los treinta ni siquiera podía ya modular un vocablo.

  El hogar que lo había amparado, era el mismo que lo había deshabitado de sí.

  Terminado el almuerzo, el sol de los jardines, fuera invierno o verano, invitaba a los paseos. La alameda que rodeaba la Iglesia o el camino de tierra que llevaba al pequeño cementerio, eran las caminatas preferidas de Perla que, sola o acompañada,  respetaba su rutina diaria de veinte minutos de ejercicio.

  Así lo había programado el Dr. Caliggeri, sumándole un minuto cada mes que ella volvía a su revisación. O sea, que veinte minutos implicaba veinte meses como habitante de La Pequeña Obra de la Divina Providencia.

  Mientras sus pasos cortos recorrían el Cotolengo ella calculaba: si un minuto es un mes, veinte minutos  son veinte meses, o sea que cien minutos serán cien meses. Si doce meses es un año, cien meses son casi diez años... ¿Viviría diez años más para llegar a caminar cien minutos?

  Exhausta, después de tantos pasos y tanto cálculo, retornaba a su habitación para recostar su cabecita en la almohada de plumas que su madre le había obsequiado la última Navidad. 

  La hora de la siesta siempre había sido una tortura. Todavía recordaba a la abuela Edelmira mirándola con ojos centelleantes cuando ella, acostada a su lado, osaba moverse.  Ahora, en cambio, aliviada de la obligación de dormir, dedicaba ese tiempo inútil a fantasear cómo hubiera sido su vida de haber nacido normal.

  Siempre la misma visión: ella paraba el mundo y todos los seres se volvían  estatuas. Alta y rubia,  como las modelos que veía en la tele blanco y negro del comedor, caminaba sinuosa entre las figuras y despertaba con un beso a quien ella quisiera:  un empleado de banco que le daba todo el dinero de la caja, un aviador buen mozo que la llevaba a volar, otra modelo parecida a ella con la que nadaban en un mar caliente o a su mamá, Sofía, a la que siempre imaginaba descansando como nunca pudo verla, sonriendo feliz sin el diente negro que no alcanzó a arreglarse,  y sin apestar a dorado y surubí;  oliendo a jazmines, rosas y un poquito a lavandina.

  Atardecía ya cuando llegaba la cena, que la despertaba de su letargo quimérico. La traían cuarto por cuarto  en una mesa blanca con rueditas y la retiraban puntualmente con la primera campanada de las ocho.

  Cenar encerrados era otra de las arbitrarias órdenes que la Hermana Auxiliadora había impuesto:

  -Evitemos el cenáculo de pacientes en horas nocturnas que son proclives a los malos pensamientos, la lujuria  y la desesperanza.

  Todos sentimientos que Perla,  en lo más recóndito de su metro veinte,  conocía.

  Por fin, al final de la rutinaria jornada,  llegaba la hora de los sueños. La salvaje liberación de su espíritu indomable,  que abandonaba su rígida complacencia para insultar a los gritos a cada uno de los que había cruzado durante el día.

  -Cíclope de mierda, repugnante enfermo babosiento, pedazo de pelotudo con título de director y olor a ajo nauseabundo, descerebradas compañeritas de pabellón que ni reconocen su inmunda monstruosidad, y vos... enano con carro incluido, quién carajo te pensás que sos tocándome por debajo de la mesa con tu muñón deforme. Nunca, nunca  más se te ocurra acariciarme, nunca más. Dejame, soltame, pegame, besame...besame  por favor.

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