interZona

La historia de un nombre que falta

El traductor de Princesa, vieja reina, cinco cuentos de Pascal Quignard publicados por Interzona, nos presenta la obra. Por Silvio Mattoni

Este libro fue editado casi al mismo tiempo que se puso
en escena su texto, con la actuación de Marie Vialle, quien ya había interpretado y dirigido otros espectáculos en base a escritos breves de Pascal Quignard. Por momentos, se leen como las indicaciones de una danza para el escenario en el pasaje de un relato a otro. Porque de eso se trata: cinco cuentos, unidos por una voz. El título podría leerse como un periplo, o una peripecia en el interior de los relatos: se pasa de princesa a vieja reina. Y en efecto, el libro se abre con la historia de una princesa carolingia, dueña de su deseo, en combate franco por su libertad de consentir al placer. Más adelante, otro cuento pondrá en escena a una vieja reina que parece una encarnación de la naturaleza, del tiempo que pasa, del envejecimiento de todo ser viviente que es una forma de la soledad, cuando en el horizonte aparece la muerte ya no como idea ni como presentimiento, sino como vacío de las sensaciones, como percepción inmediata del cuerpo que decae y se aproxima al estado de materia, cuando el organismo tal vez ansía volver a lo inorgánico.

Los cinco relatos se desarrollan en determinados
puntos de la historia, en las regiones del fragmento y
de la leyenda. Si se trata entonces de mitos, debe haber
una lógica que los une, ya que una serie de relatos
engarzados siempre tiende a volverse una mitología. En
primer lugar, se trata de mujeres –a las que una voz y
por ende un cuerpo femeninos van a representar en el
escenario–, pero que pueden en principio reducirse a su situación: la mencionada princesa carolingia, otra princesa pero huérfana y china, que a la inversa de la anterior es sometida a la violencia del deseo ajeno, una muchacha noble del imperio japonés en el medioevo, una reina tan antigua que parece haber nacido con el mundo y que fuese a morir con él, una escritora romántica y realista que firmó con nombre de varón y que también fue huérfana desde niña. Sin embargo, no están solamente unidas por su género o por la tonalidad sentimental, a veces trágica, de sus destinos. Las enlaza antes, en el origen, un ritmo, un determinado fraseo. Es como si se tratara de sonatas y cada historia integrase un movimiento en una serie musical mayor. De allí que en cada momento de interrupción, al inicio de cada relato, se describa o se recomiende una danza y un nuevo vestuario. Entre esos pasos de danza, entre vestirse y desvestirse, con la inmersión en los cuentos que van buscando el ritmo de aquello que los impulsa hacia sus finales, se configura un largo poema dramático o lo que los antiguos alejandrinos llamaban un “mimo”, donde la narración era asumida por varios personajes aun cuando la escansión prosódica, o sea la voz, fuera la misma. Solo que en este caso no se asiste a una presentación de la vida, a un intento de hacer ver el presente, sino que Quignard más bien parece evocar a los muertos. Esas mujeres de antaño, voces apagadas en otras épocas, vuelven a contar sus historias. Y alguien las obedece, las transcribe para que otra mujer las cante, las ponga en escena, las haga bailar de nuevo con todo su cuerpo.

Entonces, en cada frase, en cada repetición, se

vislumbra la presencia del cuerpo que habrá de trans-
mitir estas viejas historias, aquellas huellas de lo inme-
morial. A la manera de un antiguo rito, cinco mujeres son evocadas a la medida de su deseo. Y es como si la materia de ese deseo no hubiese desaparecido con sus vidas, con sus cuerpos, y todavía persistiera en la estructura de cada relato. Volver a contar la historia de unas princesas es entonces llamarlas, revivirlas, como en una escena chamánica que se comunica con épocas previas a toda historia, antes de toda escritura. En esa caverna donde alguien que ya no habla se viste con pieles de animales, una vieja reina finalmente hace que vivan de nuevo las mujeres que producen vida. Apenas recuerda al padre de sus hijas, ahora distantes, mayores, madres quizás, como una piedra puntiaguda que lastimó su pie.

Es preciso decirlo, como lo dice en una entrevista la actriz
Marie Vialle acerca de las cuatro obras de Quignard que
dirigió e interpretó en el teatro: los hombres quizás no
existen. O están en otro lugar. El deseo se intensifica,
se despliega, o bien se retira, se arruga, con un mero
pretexto, un cortesano cualquiera. Mujeres y hombres
no están en el mismo mundo, aunque las palabras
parezcan comunicarlos. El cortesano que brinda placer
pleno y alegre, el príncipe oriental que hace brotar un
llanto irrefrenable por su sencilla inconstancia y su
posterior insistencia de pusilánime, el conquistador que
masacra a una dinastía completa y se dedica a violar a
su última heredera, la piedra que recuerda a un marido
muerto hace años, el padre caído del caballo que le dará
a una niña su futuro de escritora en forma de ausencia;
todos son funciones de la intensidad ancestral de otros
cuerpos generadores. El relato los requiere, pero la
emoción de la narración, la pasión de bailar, de contar o
de leer se da en los cuerpos de ellas, que vuelven a decir
su historia, siempre la misma, la que puede leerse en un libro orgánico, en la reclusión que mira dos palmas abiertas y repite su persistente singularidad. La oscuridad ilegible está afuera de la cueva, de la recámara de princesa o del estudio de escritora. Es una llana noche sexual donde algo absolutamente extraño, mezcla de cuervo y de búho, se acerca o se cierne amenazante.

Marie Vialle dice, con encantador asombro: “es como
si los hombres fuesen totalmente extraños”. Con ellos
viene la noche, pero también se va. ¿Dónde se podrá leer, recordar, recitar a solas?

Porque en la soledad, que se representa como una
danza reiterada de vestirse y desvestirse, cada mujer
parece estar leyendo lo que le pasa, pero tiene que
inventar el libro, el trance de una historia que se escribe
por repetición en el interior de sus palmas abiertas.
Ciertas palabras vuelven, y al mismo tiempo se borran:
están escritas en la nieve como huellas, o en la memoria
frágil de unos mensajeros ocasionales, o en los cambios
de la naturaleza y de la política, o en el instante de un
accidente fatal que marca un punto en el espacio y en el
tiempo.

No se sabe si los cuentos avanzan, si en verdad asis-
timos a un drama o acción que se adelanta, pero de prin-
cesa a vieja reina se esboza una diferencia en el tiempo, y además, luego de las princesas y de la reina de la naturaleza, el último relato es el origen de una escritora, su silencio o su retiro de las conversaciones para leer, para escribir, para escuchar las narraciones que llegan a sus manos. A diferencia de los cuentos anteriores, en su caso la leyenda tiene un nombre actualmente reconocible, cuyo enigma sin embargo no se plantea: es una huérfana que escribió con el nombre de un hombre.

Pero quizá no quería conquistar nada, sino más bien
cubrir la atracción del final de todo, tal vez buscaba
escribir para sumergirse en esa sustracción del mundo
en lugar de tirarse al agua y ahogarse. Ella le pone un
nombre al cuarto en el que se retira, para tomar aire y
también para hundirse en su propio secreto, que es el
lugar donde recibió la noticia de la muerte del padre, a
esa pieza especial de la casa le dice: la Ausencia. Algo
entonces falta en lo que se puede escribir y decir. Lo que falta siempre puede ser el placer pleno o la felicidad, el abandono, la violencia, el envejecimiento, la orfandad. Pero no hay una palabra que lo diga. Leer en la Ausencia puede evocar la palabra que falta, ese vacío alrededor del cual gira el destino de cada princesa. Ellas parecen preguntarse: ¿qué significa la palabra “amor”?, ¿qué anuncia la palabra “muerte”?, ¿qué noche cae con la palabra “sexo”?, ¿qué misterio insoluble viene en la palabra “accidente”? Y en esas preguntas se internan  como en una bolsa enorme, que recuerda una cueva pintada antes de las palabras escritas, donde se representa el fondo de su deseo, sin relación con nadie.

Al final de la cautivante entrevista que le hacen a
Marie Vialle a propósito de las obras de Quignard que
ha interpretado, aludiendo a la primera que quiso dirigir
y actuar, El nombre en la punta de la lengua, le preguntan: “¿cuál es la palabra que falta?”. O sea: la ausente, la que no sale de la punta de la lengua, tal vez. Y ella responde: “No la diré”. Hay un secreto en el centro de cada historia que su despliegue no revelará, que antes bien envuelve con más y más variantes. El mundo de las historias tiene una puerta angosta, como el del sueño, y es como si entráramos en una cueva oscura, un recodo de la gran caverna, donde se pintaron imágenes que es casi imposible ver. De ese retorno a una oscuridad anterior, previa a cualquier mirada, hablan también las agonistas de los cuentos. No es ajeno a Quignard el pensamiento de lo anterior, de lo que habremos sido sin conciencia, sin mirada y sin respiración aérea, antes del nacimiento. Haber nacido sería entonces un segundo origen, la llegada al último reino en el que habremos de vivir, y sobre todo morir. Antes, sin palabras, hubo otro, acuático, oscuro, estrecho. Y de eso parece tratarse la siguiente obra que realizarán juntos Quignard y Marie Vialle, La orilla en lo oscuro, en cuya  puesta en escena actuará también, aunque separado por un biombo, el escritor junto a la actriz. La vemos a ella, en los fragmentos que trae la red, imitando sonidos de animales, croando, graznando y chistando. Lo vemos a él, en su mundo paralelo, tocando algunas notas en un piano. Vemos que los dos se envían pájaros entrenados, que comen pequeños granos de un escritorio, que se posan en sus manos enguantadas como si practicasen el antiguo arte de la cetrería. El cuervo y la lechuza, rapaces y agudos, suspicaces, pasan sobre la orilla de la noche oscura y emiten sonidos de advertencia. No tienen un segundo mundo. No hay en ese mundo de caza y de alertas ningún biombo como el que separa a la actriz del viejo escritor, al cuerpo que danza del cuerpo encerrado en su íntima rememoración.

¿Qué se buscaría en esa orilla de la noche anterior,
inaccesible, si no lo mismo que buscaban las princesas,
la vieja reina, la escritora melancólica? Hacia el final de
este recitativo, en el último cuento, alguien lee sin tener
un libro, se lee a solas, se lee sola, y ella dice lo que
fue escrito: “Toda la vida buscamos el lugar de origen,
el lugar anterior al mundo, es decir, el lugar donde el
yo puede estar ausente, donde el cuerpo se olvida”. Se
trata de leer para olvidarse del cuerpo, se procura el
encierro de escribir para no decir “yo”, para no hablar.

La ausencia del cuerpo se convierte así en un lugar de
movimientos impensados, donde se produce la paradoja
de la plenitud en lo que falta, de la niña en la vieja que
vuelve a ponerse el vestido de antaño. Esta paradoja
sería trágica si la voz expresara una queja, si el tono
fuese el de un lamento. Pero está reducida a su pureza,
como el brillo en lo negro, como la oscuridad visible, y
es una paradoja donde el lamento no tiene lugar, por lo
cual el poema trágico se adosa a su costado accidental:
una princesa se encuentra con un amante, otro amante
abandona a una princesa, una guerra trae la soledad y la
violencia, el tiempo se lleva todo lo viviente, alguien se
cae de un caballo al volver de una velada en la que tocó
el violín. Lo trágico se torna épico: Quignard hace un
teatro narrativo. O más bien sus narraciones, halladas o inventadas, se encuentran con un cuerpo que las representa, que convierte su ritmo, su música en danza. Las heroínas producen un apólogo, enseñan un significado.

Cada cuento podría narrar la historia de una palabra, el
mito que expone cómo algo dicho llegó a tener sentido,
cómo una forma escrita, ausente en la punta de la lengua, se aferró a la superficie técnica de la memoria.

La obra podrá entrever, la lectura podrá intuir el significado de la palabra “amor”, de la palabra “ausencia”. No es un teatro que funde una comunidad, como la tragedia, sino unas fábulas que se dirigen a cada uno, a cada solitario, puesto que se nace más de una vez, se es expuesto a la vista de otros, pero solo se muere una, solo se muere solo. La ausencia, en el lugar en que se escribe, es el testimonio de la palabra “amor”. La princesa dijo: “Me gusta la palabra que usa: amor. En efecto, se trata de amor. Sí, totalmente. El amor es el nombre que hace falta”. Otra vez, una y otra vez, de nuevo, desde el inicio, se cuenta la historia de un nombre que falta, la palabra en la punta de la lengua. ¿Cuál es? Nunca la diré.

Vuelve el hechicero de la palabra: El lanzador de cuchillos, de Steven Millhauser