“¿Te animás a cagarte de frío?”, me pregunta el escritor Sergio Bizzio. Tiene ganas de fumar, así que nos sentamos en una mesa afuera de un bar de Colegiales. Estamos en un punto estratégico: cerca de casa y cerca del colegio adonde tiene que pasar a buscar a su hija en un rato. Después de pedir café se pone a armar un cigarrillo y a contar los problemas que tuvo para dormir la noche anterior y por qué rechazó una invitación a China. En la boca de Bizzio todo se vuelve una anécdota hermosa de escuchar. Es uno de los tipos más graciosos de la literatura argentina. Y algo de eso se traslada a sus textos. Sin embargo, lo que Bizzio hace adentro de sus libros no es tan sencillo de catalogar ni ponerle una etiqueta porque puede moverse y deslizarse sin solución de continuidad en un realismo extrañado, llano, exacerbado, delirante o sin sentido con una naturalidad descomunal. Es un escritor extraordinario porque es único en el panorama actual de la cultura argentina. Quizás el secreto sea su prosa única y que avanza y destraba imposibilidades. Uno abre un libro de Bizzio y llega a un descubrimiento feliz: todo, absolutamente todo, es posible. Al leerlo uno ingresa en fase de encantamiento, admiración y agradecimiento.
Para demostrarlo hay dos libros nuevos que acaban de aparecer en la mesa de novedades. Uno es Cuentos reunidos (Interzona) en el que repasa toda su narrativa corta, pero ordenada de nuevo y sumando algunos relatos inéditos como “Perdición”. Y el otro es La primera vez que escuché reggae (Random House), que son sus cuentos nuevos escritos durante el 2025 y que tienen un sustrato de oscuridad que luego explicará de dónde viene. Y si bien su relación con la música viene desde antes de la literatura, este año expuso en la galería ArtHaus parte del trabajo que viene haciendo con el grupo artístico Mondongo en una muestra llamada Pintura Cortada. Y así es como Bizzio sigue expandiendo su universo, su campo de acción. Desde ese lugar, su relación con el arte, empezamos la charla.