“Mis raíces son las del clavel del aire”, dice Luisa Valenzuela. Sentada en un sillón marrón de su casa del Bajo Belgrano, fija por un momento la mirada en el jardín del fondo, donde merodean zorzales y benteveos, que se acercan a las strelitzias vecinas, esas flores naranjas y violetas con forma de cabeza de pájaro. Acaba de reeditarse Cola de lagartija (Interzona), novela en la que ella explora la figura de José López Rega, el tétrico ministro de Bienestar Social que hace medio siglo tuvo que abandonar su cargo, arrinconado por todo tipo de denuncias.
La oportunidad de esa publicación también le permite indagar en el lenguaje político actual, las semejanzas y diferencias entre ese 1975 sangriento y este 2025, los entresijos de la historia literaria argentina y sus personajes olvidados, las redes sociales como artefactos pegajosos y las máscaras, elementos presentes en la producción de la escritora y en esta casa, tapizada de ellas.
Autora de más de cuarenta libros, entre cuentos, novelas y ensayos; traducida al alemán, al coreano, al serbio, al japonés, al inglés; presidenta emérita de la filial argentina del PEN International; ganadora de premios como el Kraft, el Plaza y Janés y el Carlos Fuentes y del Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores; la protagonista de ese itinerario descorre el telón de su universo privado, uno que tiene a una figura del Gauchito Gil como custodio, en el umbral de una puerta con un picaporte con forma de medialuna. Cerca de la charla, observan el encuentro imágenes de la Virgen, un diablo negro y un coco tallado, originario de Bali, en Indonesia.