interZona

¡Magia!

“Eran unas zapatillas nuevas, demasiado llamativas, con refuerzos plateados que brillaban al sol y una suela verde con espejitos de acrílico en los bordes”.

–Yo leo el pen­sa­mien­to –di­jo Ju­lián.
Ha­cía me­dia ho­ra que Ronnie es­ta­ba sen­ta­do en el bor­de de la ba­rran­ca, con las pier­nas col­gan­do y la vis­ta cla­va­da en el río. Eran las on­ce de la ma­ña­na de un día de fi­nes de ene­ro y ha­cía mu­cho ca­lor, tan­to que se veía. El mue­lle al fi­nal de la pla­ya, el is­le­ño que cru­za­ba el río en ca­noa, los jun­cos al otro la­do de la ba­rran­ca, to­do on­du­la­ba im­pre­so en una del­ga­dísi­ma te­la ine­xis­ten­te (pe­ro trans­pa­ren­te). Ronnie al­zó la vis­ta y vio a un chi­co de su mis­ma edad (12 años). Era el chi­co que ha­bía es­ta­do ob­ser­ván­do­lo desde le­jos un ra­to an­tes. Un chi­co con ca­ra de na­da, re­gor­de­te y de pe­lo la­cio, con un fle­qui­llo que le cu­bría las ce­jas. Ronnie no lo ha­bía oído lle­gar. Du­ran­te un se­gun­do se mos­tró sor­pren­di­do, pe­ro en­se­gui­da lo des­car­tó y vol­vió a mi­rar el río. El chi­co le di­jo en­ton­ces que leía el pen­sa­mien­to.
–¿Por qué de­cís que ten­go ca­ra de bo­lu­do? –aña­dió.
–¿Yo di­je eso?
–No, bue­no, no lo di­jis­te, lo pen­sas­te –di­jo Ju­lián.
A Ronnie le pa­re­ció que no ha­bía na­da de­sa­fian­te en el chi­co, nin­gún mo­ti­vo pa­ra le­van­tar­se o po­ner­se en guar­dia. Se li­mi­tó a mi­rar­le las za­pa­ti­llas por en­ci­ma del hom­bro. Eran unas za­pa­ti­llas nue­vas, de­ma­sia­do lla­ma­ti­vas, con re­fuer­zos pla­tea­dos que bri­lla­ban al sol y una sue­la ver­de con es­pe­ji­tos de acríli­co en los bor­des. Ju­lián si­guió la mi­ra­da de Ronnie y por un mo­men­to los dos se man­tu­vie­ron ca­lla­dos ob­ser­van­do las za­pa­ti­llas. Des­pués Ronnie se­ña­ló con el men­tón al is­le­ño que cru­za­ba el río en ca­noa y di­jo:
–¿Qué es­tá pen­san­do el hombre aquél, a ver?
–No pue­do, es­tá muy le­jos... –di­jo Ju­lián ne­gan­do con la ca­be­za. Hi­zo una pau­sa y aña­dió–: Re­cién pen­sas­te “sí, es cier­to”. ¡Y cla­ro, es­tá le­jos! De­já que se acer­que un po­co y te di­go. A pro­pósi­to, me lla­mo Ju­lián.