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ORIENTARSE EN LAS MAREAS DE LAS AGUAS DEL DOLOR DE EXISTIR. EL CASO MIKE de GUSTAVO DESSAL. Interzona Editora 2020.

Por Leonor Curti.

Ricardo Piglia gustaba de comparar al psicoanalista con el narrador. Imagino yo que en especial pensaba en el novelista, que es el que se la juega en el mar del lenguaje, sin desconocer los abismos de la lengua que subyacen en su lecho: los vislumbra, sabe de su existencia. Sólo ocasionalmente se aventura a ir más profundo que lo que puede imaginarse, y mientras tanto se mantiene a flote, bracea en esa extensión en apariencia infinita, hasta que logrando una orientación, su obra va configurando los límites propios. Sabe a posteriori, con la obra terminada, que ha podido nadar, pero no puede asegurar ni anticipar que podrá volver a hacerlo.

Los psicoanalistas, por su parte,  serían aquellos que se ocupan de mantener a flote a sujetos que buscan de distintas maneras hundirse todo el tiempo en el sufrimiento. Ahogarse en su goce, agrego.

El autor de El caso Mike, además de saber de estilos, de dosificación de esfuerzo narrativo, de información y de intensidades, ¡es psicoanalista! Por ello, estamos en presencia de un “gran nadador”: Gustavo Dessal.

 ¿Cómo comentar el libro sin revelar el misterio que se va tejiendo con arte y paciencia; sin anticipar el secreto alrededor del que se ordena un puzzle que en una amplificación imparable,  pareciera no tener bordes?

Mike Benítez nació en Boston pero es de familia portorriqueña. A pesar de los guiños en la narración que nos hacen pensar que estamos entrando en una sociedad multicultural y plural, Mike da cuenta de que eso no es más que una ilusión, un simulacro. Es un hombre fornido, fuerte, de raza negra, un chamaco con una enigmática frase tatuada en su cuerpo, que se lanza desnudo y con un grado de terror importante, a una carrera nocturna frenética, sin destino aparente, hasta ir a estrellar su cabeza contra la vidriera de un negocio de ropa deportiva de primera marca. Herido, es asistido e internado, y es cuando es derivado al Dr Palmer, psiquiatra y psicoanalista en el hospital Solomon Carter de Boston. En el primer encuentro que tienen, Mike esboza con sus dichos la fina cornisa por la que caminará Palmer durante toda la novela, llevado tanto por la preocupación por la vida de su paciente, como por la intriga que va generándole la historia que irá contándole ese hombre dejado de la mano de dios: ¿lo que Mike cuenta es su delirio, el tejido metabólico de su esquizofrenia paranoide, o es un hecho de la realidad tan verosímil como la salida del sol cada mañana? Mike está loco, pero ¿lo que dice estar atravesando, es una locura?

Mike es un habitante del ultra mundo virtual, un hacker. Algo en su vida “profesional” se ha salido de carril y ahora corre peligro. Una nota con una amenaza velada envolviendo una bala será “el disparador” de la intriga que recorre con maestría la novela. La leí en un día, simplemente porque no me soltaba. No podía dejar de leerla. Esa es una de las caras del talento de Gustavo Dessal: un gran manejo de la información y del suspenso que tiene en vilo al lector. Otra de esas caras de su talento narrativo es plasmar en los modos de hablar de los personajes, aquellos rasgos y experiencias encarnadas que aquellos mismos a veces, no saben que portan.

El Dr Palmer no puede absorber por completo lo que el “navegante solitario” Mike cuenta y calla, dice y sugiere. Es entonces cuando a su perspicaz, atenta y chispeante asistente Beth, se suma el inefable juez Benjamin Casttan, que conforma junto con el psicoanalista devenido detective, una suerte de dupla al estilo Quijote-Sancho, o quizá Holmes-Watson,  que genera momentos deliciosos en el relato; situaciones llenas de humor, ironía, profunda reflexión e incluso cuestionamientos éticos. Serán inseparables, en general frente a platos suculentos y brebajes deliciosos, en el fin de esclarecer el caso, y el juez será útil en abrir puertas y dar acceso a informaciones a las que el Dr Palmer no podría acceder de otro modo.

Hay por supuesto en el caso de Mike, una familia: una madre, María y dos hermanos menores mellizos, Bobby y Nelson. Bastará que el Dr Palmer comience a hablar con cada uno de ellos para que la inconsistencia, lo disfuncional y sobre todo lo siniestro y terrorífico de esa familia aflore. “(…) los seres humanos nadamos en el dolor. Una suerte de tropismo letal nos empuja una y otra vez a lo que más deberíamos evitar. Somos criaturas desorientadas, refractarias a la sabiduría de la experiencia”.

Integrada por habitantes de submundos raciales, laborales, culturales y económicos, la familia es como una bomba presurizadora que funciona mal: la presión lejos de hacer que las cosas fluyan, implosiona, revienta hacia adentro hiriendo de manera fatal a sus integrantes, aunque no de la misma manera a cada uno. El argumento irá conformando zonas de sentido dentro de ese puzzle, en apariencia sin bordes, que involucra a cada uno de sus miembros. Habrá muertes sospechosas, suicidios fallidos, ausencias prolongadas, recelos y odios enquistados; pocas calamidades parecen haberse quedado fuera de las puertas del tugurio que habitan esa mujer y  sus tres hijos (de distintos padres: Mike con un hombre, los mellizos con otro; en ninguno de los dos casos, un padre para esos chicos).

En una suerte de road-movie virtual habrá otros participantes (Vlad, Brenda) que aportarán lo suyo para enriquecer la trama y avanzar en el esclarecimiento del caso.

La novela reproduce en su estructura la de aquello que se está contando: piezas sueltas que el Dr Palmer y el lector yendo detrás de él, irán armando. La trama no deja cabos sueltos, y no será sino hasta el final que se resolverá el misterio de Mike y algún respiro brotará tanto para los personajes como para el lector: el puzzle tenía límites, sólo que era devastador saber sobre ellos, encontrarse con eso: abusos, violencia, desamor, relaciones tóxicas y miedo. Era imprescindible un psicoanalista que tejiera los hilos invisibles que unían las piezas. Algo de la producción de esos límites-saber traerá alivio al dolor de existir de Mike, no sin el Dr. Palmer. No alcanza con saber; hay que producir algo nuevo con ese saber, que de otro modo, se torna nocivo y estéril.

La novela es un gran thriller psicológico, enmarcada en la tradición de la novela negra. Eso en cuanto a lo literario.

 

En busca del ente poético.

Pero la novela es más que eso. Es la puesta a cielo abierto de las nuevas subjetividades, de las nuevas maneras de la soledad (tanto física como discursiva) que azotan al ser humano: además de ocuparse de Mike, el Dr Palmer recibe a muchos otros pacientes, y el relato nos deja atisbar en sus vidas, en sus sufrimientos, en sus fantasías más íntimas e inconfesables, con prudencia y pudor. ¿Serán ellos los restos de un sistema impiadoso, que generó una guerra solapada, indescifrable para gran parte de la humanidad, pero que necesita de esos seres anónimos para mantenerse en funcionamiento? ¿O serán productos de una era que rechaza el cuerpo, la sexualidad y los lazos, para fomentar las satisfacciones solitarias e hipnóticas que los gadgets u objetos de la tecnología ofrecen? Difícil arribar de manera categórica a una conclusión de validez universal: siempre estará en juego la subjetividad del ser hablante en cuestión.

El Dr Palmer se deja enseñar por la experiencia y por lo que el sujeto que se le dirige puede esbozar como novedoso, intrigante o desconocido, a la vez que atraviesa también sus dolores, sus duelos, y rearma de una manera nueva, una familia posible para sí. Ya se trate de que pensemos en la escritura o en el psicoanálisis: con ambos se trata de hacer algo con el dolor de existir. Y Gustavo Dessal lo sabe.

Encontré en la novela, además de una resonancia inevitable con Los siete locos de Roberto Arlt, ecos de Eichmann en Jerusalén de Hannah Arendt, su teoría de la banalidad del mal y una referencia para mí ineludible con la siniestra teoría de la Obediencia debida: en un mundo en el que “(…) Es imposible escapar. Nadie puede. Ni usted, ni yo, ni el presidente de los Estados Unidos”.

El mecanismo pone en funcionamiento cadenas de eslabones donde nadie sabe muy bien para quién trabaja, ni cuál será la finalidad de lo que se le pide hacer; simplemente y fuera de toda reflexión ética, cada uno labra su pequeña parcela del mecanismo, ignorando qué clase de monstruosidad se producirá al componer todas las piezas juntas. Ignorándolo y también, hay que decir, prescindiendo de hacerse preguntas, algo que hay que evitar a toda costa para que la cosa siga en marcha. Lo fundamental será hacer bien el trabajo, cumplir. “(…) apenas soy una pieza en un engranaje monstruoso”. “(…) El sistema no tiene cabeza ni cola, ni control de mandos centralizado. (…) sino que está repartido por todas partes, fragmentado, dispersado… (…) nadie se libra de su dominio, ni siquiera los que creen dominarlo”.

La guerra actual se libra con armas tanto más poderosas que las de antaño: algoritmos.  En el mundo de “La Memoria Total”, donde nada se pierde, nada se olvida en el afán de almacenar el infinito, dominar y ejecutar algoritmos en tiempo y forma puede derrumbar la seguridad de un país en cuestión de minutos, como lo hicieron las bombas y las invasiones a lo largo de la historia. Ésta última  sigue dando muestras de que lo peor de la raza humana siempre es capaz de expresarse en toda su magnitud, aunque sus disfraces y sus modalidades cambien o se vuelvan sofisticados y alambicados, signos de poder e incluso manifestaciones pseudo-glamourosas del consumismo.

Sin embargo, a modo del tronco que puede evitar que nos hundamos y nos ahoguemos en el mar de los seres desorientados, inteligentes pero vacíos, no hay que olvidar, y la novela se encarga de recordarlo varias veces, que  los algoritmos nada pueden anticipar sobre los efectos que las palabras causan en el cuerpo de los humanos, en esos seres que son “(…) Poesía encarnada en el misterio del cuerpo vivo. Un ente poético semejante es intraducible al idioma de los algoritmos, y eso supone un problema, porque es un obstáculo al progreso, al mercado de acciones, a la política, a las farmacéuticas, a los laboratorios, a la cibernética. Un ente poético es algo que se no se lleva bien con ningún protocolo de evaluación”.

Ese es quizá, el lugar privilegiado al que estén llamados el psicoanálisis y el psicoanalista: el de hacer surgir en cada sujeto que sufre, su ente poético singular. Con los límites que tanto la época como el sujeto en cuestión impongan. El Dr Palmer está advertido de eso: no hay magia posible. Se trata de hacer algo nuevo con lo que haya.

En la presentación de su novela en España, Gustavo Dessal nos confió que El caso Mike le había implicado tal trabajo de investigación, que bajo su impronta decidió reunir en otro libro todo ese material. Así nació Inconciente 3.0 Lo que hacemos con las tecnologías y lo que las tecnologías hacen con nosotros. Encontrarás el comentario correspondiente aquí:  https://leonorcurtilibros.blogspot.com/2020/06/inconsciente-30-lo-que-hacemos-con-las.html

De este modo, si ambos libros fueran canciones y yo tuviera que decidir cuál sería la cara A del single, tendría un problema. No puedo más que decir que lean los dos. No es imprescindible ser psicoanalista para disfrutarlos. Basta con querer gozar de una escritura inspirada y contar con ganas de sorprenderse. El caso Mike, como plus, está impreso en edición de tapa dura, hermoso interior y encuadernación de lujo. No se lo pierdan. 

 

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