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Presentación de EL CASO ANNE en Cochabamba

"Créame, doctor Palmer, la locura es exactamente eso. Salir a la calle a comprar una cosa que no han puesto en la lista, y tratar de adivinar qué podrá ser”.

por Rosalba Guzmán

Supongo que esta es la última novela escrita por Gustavo Dessal ya que sale a la luz este mayo de 2018. Se trata pues de una novela estructurada en 30 capítulos durante los cuales, doy fe de que al leer su prosa limpia, clara, elegante y profunda, escrita en primera persona, el lector quedará totalmente atrapado  de principio a final. 

El escritor tiene el don de elevar la locura a su dignidad poética mediante el artificio de lo estético. No en vano locos célebres han marcado historia en la literatura, como el Quijote, de Cervantes,  la tía Genoveva de “La Casa de los Siete Balcones” de Casona, Alice Gould de “Los Renglones Torcidos de Dios” de Torcuato de Luca, “Alicia en el País de las Maravillas” de Carroll o el célebre monólogo de Molly Bloom en el Ulises de Joyce por nombrar algunos.

Y es que los locos son personajes fascinantes, como Shanice la reivindicadora de los negros, o Jessica la latina  que por 20 años busca restituir para su madre suicida al bebé perdido en una cuna vacía, o Jack el de los ojos azules que espera esa carta que nunca llegará, a la manera del coronel de García Márquez, o Miles Donaldson y su paso al acto, o la propia Anne, a todos ellos será posible conocer gracias a la pluma virtuosa de Gustavo Dessal.

Todos ellos, pero de manera especial Anne, la protagonista, revelan eso tan cierto que suele decirse: “Los locos siempre dicen la verdad”.

El relato y las descripciones de los personajes son casi indicaciones exquisitas para armar una obra de teatro. Monólogos enteros de gran hondura, escenas que testifican lo mortífero de la vida, del tiempo inscrito en la piel, del alma lacerada, de los sobrevivientes - si es que están vivos, aunque respiren y coman y caminen -  de los suicidas y su melancolía, de los asesinos y su cerrazón, de ellos, de sus madres y de las consecuencias subjetivas en su descendencia. Ternura, desconsuelo, sorpresa y humor son elementos textuales en la urdimbre colorida y matizada del relato.    

El caso Anne presenta a una mujer a quién le tocará vivir sobre una trama causada por esa otra historia congelada en el tiempo, la de sus padres judíos, sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial, hundidos  en la devastación, como el epicentro de un terremoto que más allá del centrífugo desastre que ocasiona, en sus ondas y resonancias arrasa con todo.

La obra titula “EL CASO ANNE Lecciones para sobrevivir a la noche más larga”.

Anne es más que un caso, más que una psicótica, es esa que desde su singularidad,  en el transcurso de su tratamiento, da lecciones para sobrevivir a la noche más larga que es su vida, no sin la intervención acertada y prolija de su analista, el Dr Palmer.

El doctor Palmer trabaja hace casi cuarenta años en el Servicio de Psicopatología, se siente orgulloso de haber elegido un espacio de trabajo como ese ya que “nunca le interesaron las personas normales que suelen hacer lo que se espera de ellas”; le gustan las otras, “las que hacen todo al revés, las que no pueden amar y sin embargo aman, las que no saben vivir y sin embargo viven, las que no se acomodan y se dan de bruces contra la realidad, las que se levantan y se acuestan preguntándose cuál será la razón que habrán de inventarse al día siguiente para seguir en este mundo.” Se define como un cazador de palabras revolviendo en la basura, que si bien huele mal  guarda tesoros, y aunque hay que “sudar la gota gorda para pescarlos” vale la pena ya que según dice “el hombre tiene que aprender a vivir mejor con su propia basura.” – Unido a este pensamiento sitúa su lugar como analista en contraposición a otras corrientes y teorías clínicas y a los artilugios que la sociedad líquida del siglo XXI inventa en su  desenfrenada embestida para forcluir toda posible revelación subjetiva.

Anne es una de esas personas que se constituye para el doctor Palmer en un mar abierto para pescar. El autor describe todos sus gestos, los detalles de su ropa, de su andar, su transpiración, sus modos de reaccionar, su mirada desde la primera aparición en la novela…

Esta Anne desbordada, sin límite que acote el goce de su cuerpo sin orillas, grita, vocifera, agrede, camina por la ciudad se pierde en ella, y continua sin parar, porque Richard, el padre de sus dos niñas  “la ha  mandado de paseo, y ha convencido a sus hijas para que la abandonen y se vayan a vivir con él.”  Sin sus hijas lo ha perdido todo, ser madre le daba un ser.

Ante el desalojo de ellas de su vida, queda un vacío insondable. No habla con nadie, se sume en la más total y absoluta soledad, dice llamar a la compañía de gas o de la luz para que esa voz sin voz le dé la ilusión de un interlocutor en el discurso que no existe para los deshabitados del Otro. En ese lugar está el delirio, los cambios extremos de humor entre la depresión, la soledad, la rabia y el odio, la inmovilidad. Ante este testimonio, el doctor Palmer ubica su lugar como “(…).destinatario privilegiado de su relato, el testigo de su vida, incluso el fiador de la verdad que salía de su boca. Yo debía ser dócil a esta misión que me encomendaba, y al mismo tiempo procuraba con mi mayor delicadeza mantenerme al margen de la intimidad amistosa que ella quería a toda costa promover en nuestra relación”.

La certeza de ser una buena madre, la mejor, la que les ha dado todo a sus hijas, no le permite aceptar ningún cuestionamiento al respecto. Odia a Richard, su exmarido, porque la acusa de haber sido una madre asfixiante y posesiva, cree que es él quien ha perdido el juicio por alejarlas de una TODA madre excepcional y perfecta como ella.  No puede entender por qué sus hijas se fueron con el padre, no hay pregunta que obture su verdad. Ella es la mejor madre y cuando su hija Karen es internada por presentar un cuadro de anorexia embiste a la psiquiatra que la acusa de ser la causante de tal desorden alimenticio.

¿Qué es ser una madre para Anne? Es ser… pero ser todo lo contrario de lo que tuvo como madre. Alguien que no habla, que no toca, que no mira, que está atormentada, presa en el pasado oscuro del que no pudo salir; una madre que actualiza la vivencia de la guerra todas las noches en pesadillas sin lograr discernir la diferencia entre realidad y fantasía y que apenas soporta escuchar los murmullos con que las hijas se han acostumbrado a comunicarse, con el padre que les sirve de relevo y discreto intermediario en ese lazo imposible,  para no ahondar en ella el terror del que siempre está presa.

En el capítulo XV, Dessal, como narrador homodiegético, es decir, tomando la voz de un personaje en primera persona, devela el mundo subjetivo de la madre de Anne. Dirá ella:

“No creas que yo no comprendo lo que sucede. Mi silencio no significa que me he vuelto estúpida, o que mi cerebro haya dejado de funcionar. Pero estoy cautiva. Los demás han conseguido escapar, convertidos en humo, pero yo no.

Yo soy una prisionera. (…) Yo estaba enferma. La fiebre y el hambre me consumían, y Joseph (padre de Anne) juró que no me dejaría morir. Lo dejé hacer, y hasta el día de hoy, no sabría cómo corresponder a tanto amor, pero yo ya estaba muerta, porque como he dicho, vi más de lo que uno deber ver.”

La destrucción de su familia, la perversidad infernal, la locura nazi, el dolor y el cataclismo sin medida, explican el perfil de este personaje, vago fantasma que no habita el mundo a no ser por el dolor que cada mañana la hace nacer como a un ave fénix que no se libra del fuego que lo abrasa en su resurgimiento.

El padre de Anne es un hombre que ama totalmente a su mujer, un hombre que le da lo que no tiene, porque no tiene nada más que ese amor absoluto e insondable. No es un padre donador, no tiene nada para dar, es el eterno barquero que hace el camino contrario sobre las aguas del río Aqueronte, el río del dolor,  llevando un alma del mundo de los muertos al mundo de los vivos entre la bruma del tiempo sin tiempo. Solo le regala a Anne un significante, un madero en el naufragio de su  locura: “Eres una superviviente”, le dice y es lo que ella hace por siempre. Sobrevivir usando los recursos que para ello inventa. 

La hondura de estos personajes arrastra al lector en esa emocionante narración de situaciones subjetivas en escenarios diversos, en tiempos y espacios cruzados con una diáfana claridad de lo que es la humanidad más allá de cualquier cuadro clínico, estructura o tratamiento basado en lo conceptual.

En la pubertad, Anne vive su cuerpo como extraño. Se pasa horas desnuda mirándose en el espejo, descubriendo, como en los cuadros tridimensionales, esa especie de marioneta que se mueve a su antojo. La imagen especular es percibida como un muñeco con voz prestada, la de ella, pero otra, su doble emergiendo de lo real, otro para “supervivir”. “Le puse un nombre aunque sabía que la imagen era yo misma, no podía evitar el sentimiento de que aquello tenía una vida propia, separada de mí, aunque yo consiguiera que obedeciese mis órdenes” 

La intertextualidad de este libro hace posible su lectura, por una parte para la secretaria que lee a escondidas del jefe en las horas muertas de su oficina, o para el estudiante que ama leer mientras espera ser atendido en el Seguro de Salud, o la señora que aprovecha para leer mientas recorre la ciudad rumbo al trabajo. Cautiva al lector que, con su lectura disfruta, imagina se conmueve, ríe y cuando la interrumpe, espera el otro lapso para continuar haciéndose durar el gusto como cuando se come el manjar más delicioso de a poquito.  

Por otra parte, es un libro de oro para el analista en formación o ya formado, un libro de oro que enseña qué es la psicosis, cómo se juega el deseo del analista, cómo se debe intervenir, qué se debe evitar, cómo no retroceder ante ella, cuán importante es supervisar y cómo poner el cuerpo para estar a la altura.

Finalmente quiero remarcar algo que me parece digno de admirar. Muchos psicoanalistas se han ocupado de la literatura, desde Freud, pasando por Lacan, Julia Kristeva, Chamorro, Vicente Palomera,  entre otros. Sin embargo son pocos los escritores psicoanalistas, cuyo deseo está ligado a la escritura literaria. Brindo por eso, Gustavo Dessal, gran escritor, con el deseo de que esa veta siga dándonos hermosas producciones literarias como está.

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