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Presentación de "El mercader de Venecia” en la AMIA

Agradecemos a la AMIA por el espacio y el cordial recibimiento, y compartimos la introducción que realizó el Rab. Dr. Fishel Szlajen, Director del Departamento de Cultura de la AMIA para la conferencia de Carlos Gamerro “Shakespeare y antisemitismo: un análisis de El mercader de Venecia”. Durante este encuentro, celebrado en el marco del Festival Shakespeare, Carlos Gamerro presentó el libro "El mercader de Venecia", editado por interZona, acompañado en la mesa por Sergio Langer y Liliana Mizrahi, ¿Es la genial y equívoca pieza de Shakespeare una obra antisemita? Según el Rab. Dr. Fishel Szlajen, “Si a un nihilista existencial como Shakespeare, tal como en el caso del rey Salomón, no les satisface una estructura tal como la del antisemita, quien percibe parcialmente la realidad seleccionándola acorde a su necesidad psíquica, y donde todo hecho personal, colectivo o social es adaptado a dicha percepción personal, habría entonces que explicar algunos de sus personajes, en este caso Shylok, desde otra perspectiva”. #AMIA #SHAKESPEARE #FestivalShakespeare #Gamerro #literatura #teatro @FestivalShakespeareBA @AMIAonline

Introducción que realizó el Rab. Dr. Fishel Szlajen, Director del Departamento de Cultura de la AMIA para la conferencia de Carlos Gamerro “Shakespeare y antisemitismo: un análisis de El mercader de Venecia”.

Uno de los emblemáticos pasajes de Macbeth profesa que: La vida es una sombra que camina, un pobre jugador que sostiene y agita su hora en el escenario. Y luego no se escucha más. Es un cuento dicho por un idiota, lleno de sonido y furia, significando nada.

Como estos versos, abundan otros en la obra de Shakespeare donde la vida no es ponderada más que como una ilusión, carente de significado. Lo interesante en este respecto es que en su obra As you like it, el personaje de Jaime, uno de los seguidores del duque desterrado, profesa que en el mundo como un gran teatro, la vida de las personas son roles y Los actos, siete edades. Primero, la criatura, hipando y vomitando en brazos de su ama. Después, el chiquillo quejicoso que, a desgana, con cartera y radiante cara matinal, cual caracol se arrastra hacia la escuela. Después, el amante, suspirando como un horno y componiendo baladas dolientes a la ceja de su amada. Y el soldado, con bigotes de felino y pasmosos juramentos, celoso de su honra, vehemente y peleón, buscando la burbuja de la fama hasta en la boca del cañón. Y el juez, que, con su oronda panza llena de capones, ojos graves y barba recortada, sabios aforismos y citas consabidas, hace su papel. La sexta edad nos trae al viejo enflaquecido en zapatillas, lentes en las napias y bolsa al costado; con calzas juveniles bien guardadas, anchísimas para tan huesudas zancas; y su gran voz varonil, que vuelve a sonar aniñada, le pita y silba al hablar. La escena final de tan singular y variada historia es la segunda niñez y el olvido total, sin dientes, sin ojos, sin gusto, sin nada.

Y aquí lo relevante es el paralelismo de estos siete estadios con una de las homiléticas judías del libro Eclesiastés, datada entre los siglos VI y VIII e.c., donde se establece que [Siete futilidades dijo Kohelet en relación a los siete mundos que el hombre ve: Al año de edad, el hombre es comparado a un rey, abrazado, amado y besado por todos. A las dos y tres años él es como un cerdo, a tientas en la basura [y pone todo en su boca]. A los diez años salta como una cabra [sin quedarse quieto ni un momento]. A los veinte años se compara con un caballo, acicalarse y arreglarse a sí mismo [en busca de una pareja]. Cuando él toma sobre sí [la responsabilidad del] matrimonio, es como un burro [que lleva una carga sobre su espalda manteniendo a su familia]. Y cuando tiene niños, se pone de faz como un perro tratando de encontrar comida y dinero [para alimentarlos]. Y cuando se hace viejo, se vuelve como un mono, [encorvado y senil].

Por un lado si bien Shakespeare obviamente tenía conocimientos bíblicos, difícilmente hubiera tenido acceso y por ende tampoco sabido la homilética de aquel libro bíblico, para iniciados, probando por ello que la adecuación entre los siete estadios de la vida humana descriptos por la homilética del Eclesiastés así como por Shakespeare, evidencia que la reflexión psicológica respecto del devenir existencial humano no depende necesariamente del contexto o antecedente cultural del hombre.

Pero por otro lado y más atractivo aún, es que el nihilismo existencialista planteado por Shakespeare es similar al planteado por Kohelet 2.500 años antes. Entendiendo por nihilismo existencialista la carencia de todo significado objetivo y a fortiori valor intrínseco de la vida y la realidad humana, las cuales son dadas. Con el primer versículo del Eclesiastés, Vanidad de vanidades, todo es vanidad, emerge la pregunta constante de Kohelet o el Rey Salomón por ¿Qué beneficio tiene la persona de todo su esfuerzo bajo el sol? ¿Qué obtiene? ¿Qué provecho tiene de todo su trabajo, quebranto y fatiga? ¿Qué es lo bueno para la persona en el pequeño número de años de su vida?

El Rey Salomón intenta responder a este interrogante pasando revista a todos los dominios y planos de la realidad humana: placeres materiales como las riquezas, amores u otros sensoriales; también analiza los espirituales como la inteligencia, sabiduría, belleza, justicia, fe, etc. Concluyendo siempre que ninguna de ellas complace y que en nada aventaja el rico al pobre, el justo al inicuo, el sabio al ignorante, el inteligente al necio o el amado al odiado, porque el mismo suceso ocurrirá a todos, así como morirá uno también el otro, sin diferencia y sin haber nada nuevo bajo el sol. Así como desnudo salió del vientre de su madre, también se irá sin llevarse nada; así como construyó, otro destruirá. Y por ello Vanidad de vanidades, todo es vanidad. Todo es básicamente esforzarse tras viento.

Shakespeare y Kohelet comparten en este sentido el nihilismo existencialista, donde nada tiene cuantía ni significado per-se, sino medido y en función de lo que coyunturalmente le ofrece al hombre; y menos aún la existencia humana por sí misma, debido que es algo dado y sin esfuerzo volitivo o intencional. Tampoco apelan al facilismo de los premios y castigos ultraterrenos, concluyendo ambos que nada posee significado categórico, en sí mismo, quebrando así la axiología basada en cualquier variable humana como valor per-se y en todo sistema ético, por resultar finalmente vanas.

Tanto el rey Salomón como Shakespeare no satisfacen la pregunta planteada sobre qué es lo provechoso o bueno para el hombre, dado sus respectivos nihilismos existenciales. No obstante, el primero en su libro del Eclesiastés transforma dicha pregunta en el final de su pesquisa por ¿qué es el hombre? dejando de ser centro y colocándose en la periferia, logrando aquello que no es valorado ni mensurado desde el beneficio o utilidad para el hombre, hurgando entonces en aquello que constituye la esencia de lo humano y el significado axiológico de su propia existencia pero ahora más allá de sí mismo. Con su final frase Cuando todo ha sido escuchado, a Dios temerás y Sus preceptos observarás, porque eso es todo el hombre, y al no decir “porque eso es bueno para el hombre” sino porque eso es todo el hombre, concluye que el culto a Dios por Su propia divinidad y no en función de alguna variable que el hombre le atribuye o relaciona respecto de sus propios intereses, es aquello que significa absolutamente y actualiza al humano como tal. Y esto debido a que en dicho culto no hay ventaja funcional o instrumental de quien lo rinde respecto de quien no lo hace, dado que es por la propia divinidad y sin una relación ulterior; porque lo mismo que le sucede a uno, también al otro. La diferencia radica en el propio ser reconocido por Dios como observante de Sus preceptos, depurado de todo instrumentalismo o presunción de vanidad.

Shakespeare no llega a esta profunda conclusión, a la cual recién Kant se aproximará, pero lo importante, es que este poeta difícilmente haya sido antisemita dado que por su propia condición de nihilista existencial anula todo prejuicio formativo, modelo de pensamiento o actitud generalizada que produce aquella predisposición hacia un paradigma cultural determinado. Si a un nihilista existencial como Shakespeare, tal como en el caso del rey Salomón, no les satisface una estructura tal como la del antisemita, quien percibe parcialmente la realidad seleccionándola acorde a su necesidad psíquica, y donde todo hecho personal, colectivo o social es adaptado a dicha percepción personal, habría entonces que explicar algunos de sus personajes, en este caso Shylok, desde otra perspectiva.  

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