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Psicoanalizando a Juan Manuel Candal

El presente es un breve test psicoanalítico-literario elaborado por reconocidos especialistas en el arte de la inquisición. Con este examen buscamos introducirnos en los confines más apartados de la mente de Juan Manuel Candal y revelarle que no se encuentra solo, que todo lo que ha hecho hasta el día de hoy tiene una justificación inconsciente que tarde o temprano lo llevará a la inmortalidad enciclopédica o a una celda en un centro de reposo.

Caminas por el bosque, ves un libro que publicaste recientemente. ¿Cómo se llama el libro y quién lo editó?

El libro se llama Mundo porno y lo editó Interzona. Y me pregunto a quién se le ocurrió que era buena idea distribuirlo en un bosque.

¿Hace cuánto que ese libro y tú se conocen?

El libro salió hace poco más de un mes, así que el libro —como objeto— y yo nos conocemos poquito. La metáfora aquí —obvia, pero válida— es la del hijo: tiene apenas un mes y es querible, la gente dice que es lindo y le retuerce los cachetes. Pero antes hubo un período de gestación lleno de dudas y consultas al médico en horarios desafortunados. Y como la metáfora no da para más, diré que lo conozco de mucho tiempo antes porque se basa en mis experiencias con la industria del porno local y un largo anecdotario que es a la vez “bizarro”, sórdido e hilarante (no necesariamente en ese orden).

¿Qué tipo de relación tienes con él después de haberlo escrito? ¿Cómo crees que se llevarán dentro de veinte años?

Es un libro de gran carga autobiográfica. Publicarlo fue una liberación. Llegué a odiarlo porque era como leer un diario personal en el que sólo encontraba algún aire en las pocas libertades que me tomé dentro del anecdotario. Luego de que saliera al mundo, se dio un fenómeno que no esperaba: la mirada y la lectura de terceros me devolvió un cariño por varios de sus pasajes. El libro, en cierto modo, dejó de ser mío y empezó a ser de otros: con sus conclusiones, sus vínculos, sus ideas (a veces delirantes, a veces geniales, siempre vitales). Cuanto más el libro se abre a otros ojos, mejor descanso de lo que fue el manuscrito infernal de un texto de escritura frenética. Supongo que en veinte años lo recordaré con afecto, porque ya será ajeno completamente: el recordatorio de una vida que ni siquiera me sonará enteramente familiar.

Sigues caminando y te adentras más en el bosque. De pronto ves un claro. Ante tus ojos aparece el personaje más fascinante de tu libro. Descríbelo.

Hubiera pensado que aparecería otro, pero me encuentro con Violeta. Ha sido actriz porno desde que su novio la metió en el asunto, primero con sesiones de fotos en ropa interior y luego llevándola paso a paso al mundo triple X. Es una mujer con dos caras: sabe venderle al mundo un personaje que se lleva puesto todo y se define como “la gran puta universal”. Cuenta historias míticas y tan voluptuosas como lo son sus curvas. Pero detrás hay alguien esperando un rescate. Rescate que teme tanto como anhela. Sus rasgos reflejan esta duplicidad: puede ser una bomba sexual o una chica indefensa. Huidiza y resignada, probablemente se escaparía bosque adentro en cuestión de minutos.

Continúas caminando y ves otro claro en el bosque. Delante de ti aparece un crítico literario con el rostro de Marlon Brando. Dice algo sobre tu escritura y sobre tu nuevo libro. ¿Qué te dice?

Se cuenta que Marlon Brando solía hacer, durante los ensayos con cámara, dos versiones de una misma toma. En una de ellas, ponía lo mejor de sí. En la otra, lo hacía en piloto automático. Si el director no era capaz de distinguir una de otra, filmaba el resto de la película con desgano. Por lo tanto, creo que este crítico me daría dos versiones, a ver si yo soy capaz de comprender en cuál de ellas hay más verdad. Una versión diría que mi escritura es apresurada, que muchas veces privilegia la entraña por sobre la academia, que sobran adjetivos y digresiones, pero que el ritmo es bueno y es una digna primera novela. La segunda argumentaría que contar el mundillo del porno argentino no es suficiente en sí mismo, que debería haber escrito con la solidez de Salinger o de los escritores beat, que las intervenciones de ruptura deberían ser más arriesgadas pero que al menos entretuvo su costado morboso y no le faltaron sonoras carcajadas. No sabría cuál de ambas versiones es la cierta, ni si es importante la distinción.

Después de hablar contigo, el crítico se da media vuelta y se transforma en una novela, es la novela de tus sueños. ¿De qué trata esa novela?

La novela de mis sueños tiene muchas caras. Es un sueño en continuado, pero vamos a centrarnos en una. En las revueltas de los años 1600, líderes indígenas como Juan Chalimín, entre otros caciques, no caen presa de las enfermedades que menguaron su resistencia y efectivamente logran dar vuelta la situación respecto a la conquista española. A medida que los triunfos se suceden, no sólo logran sumar otras tribus sino que expulsan al enemigo invasor. Pero la cosa se vuelve todavía más complicada cuando los marineros y soldados españoles terminan por ser esclavizados: construyen una flota nueva y guiarán a las tribus hacia Europa, en donde aprovecharán las circunstancias de enfrentamiento interno para conquistar la península ibérica, creando así una historia alternativa a la que conocemos. Sería fundamental contar esta historia desde pleno siglo XXI, en una España que probablemente tendría un nombre de procedencia azteca, y donde la Historia sólo sea una background que se explique a cuotas mientras otras cosas ocurren en el mundo globalizado. Esto que acabo de resumir no debería llevar menos de 900 páginas, tal vez más.

¿La novela de tus sueños fue escrita por ti?

Bien, en la pregunta anterior asumí que así era. Y en tal caso, a veces creo que la escribiré, a veces creo que no. Supongo que si la novela de mis sueños fuese escrita por otro, sería un alivio enorme. Pero a la vez, si alguien ya escribe la novela de tus sueños, ¿para qué pelear con la palabra?

Después de escucharte atentamente, la novela de tus sueños se convierte en una casa. Entras en ella y caminas hacia la sala de estar. Describe lo que ves sobre la mesa de centro.

Una computadora, una notebook. Tiene el Word abierto, página en blanco. A un costado hay una libreta y una birome. Dos parlantes están conectados a la máquina y hay una selección de diez CDs imprescindibles para no morir: Floyd, Lennon, Harrison, Doors, etc. Finalmente, en una esquina, hay una foto. Es una pareja. Ella tiene los ojos vidriosos y está abrazada a él, una expresión inescrutable. ¿Es la foto del final de una relación? ¿Es la última foto de esa pareja? ¿Está ella lagrimeando de emoción o de tristeza? La foto no revela qué debemos sentir al verla. Es un disparador de conexiones, y cambia, cambia a medida que se la mira. Cuanto más se la mira, más posibles verdades se desprenden. Finalmente, en esa foto está resumida la ficción que es la suma de todas las relaciones que hubo, hay y habrá. Las tuyas, las mías, las del mundo entero. Y esa especie de «momento Aleph» probablemente me indujera a escribir.

En seguida enciendes el televisor de la sala de estar. ¿Qué ves en la pantalla del televisor? ¿Por qué ves eso cuando podrías estar escribiendo el libro de tus sueños?

Un rápido zapping me pasea por la definición de un Grand Slam, por la belleza espeluznante de Patricia Arquette en Lost Highway, por un documental sobre la megalania, por un programa de concurso de talentos vocales. Me gustaría decir que estoy viendo todo eso porque encuentro algún tipo de inspiración para emprender la tarea de escribir luego pero, en realidad, lo estoy haciendo para no escribir. Porque es más fácil. Porque a veces uno sólo quiere estar comfortably numb.

Sales de la casa por la puerta trasera. Te topas con un jardín muy cuidado y verde, pero de pronto te das cuenta de que entre los arbustos hay un cadáver. ¿De quién es el cadáver?

Siempre creí que encontraría a alguien que detestara, pero encuentro a mi padre. Supongo que es siempre más fácil lidiar con el cuerpo muerto de alguien por quien tenés sentimientos muy claros: una mujer a la que amabas, un desgraciado al que querías ver con un tiro en la cabeza. Los grises son problemáticos. Mi padre murió de un ACV (teniendo 60 años y gozando de —aparente— buena salud) dos días después de que yo firmara contrato con Interzona para publicar Mundo porno. De hecho, me escribió un mail, ya que andábamos un poco alejados, y  yo elegí no contarle nada porque prefería hacerlo cuando lo viera en persona. Siempre tuvimos una relación difícil, con sus más y sus menos. Así que, creo que pasaría un rato junto al cuerpo, en esa suerte de velatorio sin testigos. Tal vez le pediría disculpas por algunos juicios que no por ser ciertos necesariamente debían ser expresados. Y luego le daría una despedida a la Luke Skywalker con Darth Vader.

Después de despedirte del cadáver, sales del jardín y caminas hacia un monte cercano. Desde la cima del monte ves al peor de tus hábitos literarios. Descríbelo.

El Peor de Mis Hábitos Literarios es un señor de traje, pelado debajo de su sombrero gris. Siempre está mirando la hora y se entretiene demasiado con estupideces dejando para mañana lo que debería escribir hoy. Agota su tiempo como si la vida no tuviera solución de continuidad. Cuando lo veo de lejos me propongo enviarlo al exilio para siempre. Pero ocurre que ya lo he intentando antes y el pelado es persistente.

Desde la cima del monte también ves a tu artista favorito. ¿Quién es esa persona?

Eso me pregunto yo. ¿Quién es? Por un momento lo veo viejo como a Leonard Cohen. Luego pienso que es el cascarrabias de Roger Waters, un poco impacientado. Una mirada furtiva que echa a lo lejos me hace pensar en Paul Auster, pero entonces el sol me refleja un cabello más bien rubio y supongo a Martin Amis. La mayoría de mis artistas favoritos ya han dejado este mundo para irse a otra ficción. Hubiera sido mucho más agradable que me visitara una escritora, pero las que más me gustan como lector me llevan unos cuantos años. Excepto Amélie Nothomb, que seguramente debe ser insoportable después de 10 minutos.

¿Dejarías que tu artista favorito se quede a dormir en casa sabiendo que tienes un cadáver en el jardín?

Dado los nombres que he mencionado, sí, siempre y cuando acepten dormir en el sofá. Leonard Cohen seguro tendría algún comentario lleno de serena sabiduría para hacer cuando el silencio nos regale el compás adecuado. Roger Waters vincularía el cadáver incinerado con la ausencia de su propia figura paterna y terminaría dando un discurso sociopolítico. Paul Auster se quedaría en respetuoso silencio y ambos entenderíamos la razón. No tengo idea de qué haría Martin Amis. Quizás decirme que la sesión se terminó y es hora de volver a casa.

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