Luisa Valenzuela escribió este texto entre 1980 y 1981 desde el exilio en Estados Unidos, y la biografía de este ser siniestro, basada en metáforas oscuras, en rituales, y aspectos religiosos, se mezcla con la propia existencia de la autora al punto que ella se cuestiona la necesidad de matar al brujo en su texto con tal de que vuelva la paz a la nación que tanto añora.
A partir de ahí se conjugan los dos relatos, el del malvado y el de Luisa, que escribe para no olvidar, para que nadie olvide, y lo logra, cuatro décadas después, cuando el lector repasa las páginas.
Es un texto críptico, que tiene que ver con la autocensura del momento pero también con el entorno siniestro del personaje protagónico que cuando habla no tiene empacho en llamarse Dios, creador, y tanto otros epítetos que bien aplican, al menos en el delirio que es su mente.
Una mente, que sin embargo, fue responsable del destino de muchos argentinos, en una etapa dolorosa que conviene recordar para evitar nuevos falsos profetas devenidos en ocupantes de las primeras magistraturas, o de quienes los secundan. Algo que Lopecito hizo, secundar, desde las sombras. Una novela que desafía al lector como tal pero también a la historia, a la literatura al mezclar géneros y a los argentinos, con tal de que no olviden. Gracias Luisa y tremenda pluma