En el invierno de 1965, Jean-Luc Godard invita al periodista Michel Vianey a acompañarlo durante el rodaje de Masculino femenino (Masculin féminin, 1966). De esa convivencia surge Esperando a Godard (Interzona), un texto que combina diario de rodaje, autoficción y ensayo. La decisión formal no es decorativa: responde al método de trabajo que el propio Godard ensaya en pantalla, donde la observación convive con la interrupción y la cita.
Vianey rebautiza al director como Edmond y lo observa sin clausurarlo en una biografía. Las gafas oscuras, la distancia y la cercanía aparecen como gestos de una ética: no hay concesiones ni compromisos. El libro propone una lectura del conflicto entre individuo y sistema, trasladado al cine como práctica diaria. Godard no explica; opera. El relato registra esa operatoria.
La prosa adopta un tono fragmentario que dialoga con la libertad formal de la nouvelle vague. Las escenas del set, los intercambios mínimos y los desvíos ensayísticos construyen una experiencia de lectura que reproduce el clima del rodaje. Verdad y ficción se superponen sin jerarquías, como ocurre en las películas de ese período.