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"La locura puede estar muy cerca de lo cotidiano"

Tomás Downey ganó el primer premio del Fondo Nacional de las Artes en la categoría cuento.

Tomás Downey piensa cada respuesta. "En realidad, el cuento siempre trabaja lo raro", dice al referirse a ciertos autores que admira y también, a los textos de su libro Acá el tiempo es otra cosa. Es que, en definitiva, la literatura se ocupa de mirar la realidad de un modo desenfocado. O de llevar la mirada hasta un límite donde lo cotidiano se vuelve acechante. No hay nada extraño, por ejemplo, en esa hija que insiste con subir hasta lo alto y arrojarse al agua en el cuento "El trampolín". Y sin embargo, en su padre la inquietud empieza a zumbar como una mosca de alas opacas. Si de enrarecer el clima se trata, los recursos que despliega Downey se multiplican y redoblan su propia apuesta. La protagonista de "Lobos" vuelve al pueblo y se mete en la cama de una antigua compañera de curso embarazada. Un chico siente una voluptuosidad casi de vampiro al apoyar los labios en la herida abierta de una compañerita de curso. Es que cada historia sólo le debe fidelidad a eso que se cuenta, no a la mirada más o menos prejuiciosa del lector. Cruzar los bordes de las buenas costumbres también puede ser inquietante.

Editado por Interzona, este volumen de 18 cuentos que se acaba de publicar recibió el primer premio del Fondo Nacional de las Artes 2013 en su categoría. El jurado estuvo integrado por Guillermo Saccomano, José María Brindisi y Mariana Enriquez. Ella dijo: "En el realismo más brutal, y también en el fantástico más sorprendente, los cuentos de Acá el tiempo es otra cosa revelan un mundo extraño y a un narrador sólido, con un control notable pero capaz de momentos de intensa locura". El narrador –sólido, sí-  tiene apenas 31 años y este es su primer libro publicado.

-Hace un rato me contabas que empezaste a escribir estos cuentos con Alejandra Zina primero y con Fernanda García Lao después. ¿Cómo fue ese proceso?
-A Alejandra la conocí como profesora en la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica, donde estudié guión. En su materia leíamos a autores contemporáneos. Gente como Fabián Casas, que me ayudaron a desacralizar un poco la literatura, a verla como algo más a mano. Después de eso hice taller con ella durante un año y pico. Hay dos o tres cuentos en el libro cuyas primeras versiones son de esa época, hará unos ocho años. El proceso, entonces, fue lento. Después estuve unos años un poco a la deriva hasta que me crucé con un taller que daba Fernanda llamado "El Yo Deforme", un nombre que me atrajo enseguida. Ahí empecé a trabajar más con lo extraño, con eso que no se sabe bien qué es pero molesta. Hay ciertos géneros que se prestan para eso: el fantástico, el terror, la ciencia ficción. Los géneros, para mí, son una herramienta que se puede armar y desarmar, usando lo que le sirva a cada uno.

-¿Cómo fue que decidiste armar un libro?
-Yo quería escribir un libro de cuentos, ser escritor. No sé bien cuándo se me metió en la cabeza, pero era un objetivo claro. El tema es que esa fijación, en abstracto, me terminaba jugando en contra. Me imponía obligaciones demasiado grandes, difíciles de abarcar. De manera muy gradual, fui aprendiendo a abocarme más a lo pequeño, lo cotidiano. Ahí fue que Mariana Komiseroff, a quien conocí en el taller de Fernanda, me insistió para que armara algo y lo mandara al concurso. Nunca había ganado nada. No puedo decir que no tuviera esperanzas pero era casi como jugar a la quiniela. Después, seguí trabajando. Por esa época conocí a Cristian Godoy, y con Mariana, los tres, empezamos a juntarnos para leernos y corregirnos. Es algo que seguimos haciendo.
-Estos cuentos son híbridos, en tanto oscilan entre el terror y el fantástico pero con lo cotidiano como esencia. ¿Cómo es que esas escenas naturalistas comenzaron a enrarecerse?
-Al principio, un poco por miedo o por inseguridad, me limitaba a escribir el mundo que conocía. Tengo muchas páginas de escenas de personajes en su departamento, con su gato, fumando en el balcón. Personajes que se parecían peligrosamente a mí. Escribía como si me confesara. Lo extraño sirvió para obligarme a trabajar lo verosímil. Por otra parte, la locura puede estar muy cerca de lo cotidiano. Hay situaciones y objetos que pueden volverse siniestros si uno los mira lo suficiente, como cuando repetimos demasiado una palabra y perdemos su sentido. Me empezó a interesar mucho el efecto que producían esas irrupciones de lo anormal.

-Varios cuentos sitúan a la infancia y la adolescencia como momentos intensos, donde todo parece estar a punto de estallar.
-Tuve una educación católica, y parecían querer, más que buena educación, que uno se ocultara ciertas cosas, y también a los demás. Tanto la infancia como la adolescencia son terrenos muy ricos porque todas estas cosas están en formación y generan esas tensiones. Qué está bien, qué está mal y por qué. Incluso físicamente, es un período en el que se dan cambios todo el tiempo, en que el cuerpo se modifica muy rápido; y eso te deja al borde de lo fantástico. Un chico de tu colegio puede ser gordito y petiso a fin de año, y alto y flaco cuando vuelve de las vacaciones, puede ser otro, lo cambiaron. En la adolescencia uno empieza a descubrir su propia sexualidad y con eso sólo ya tiene suficiente como para volverse loco. A la vez, se pierde la impunidad de la infancia, uno se vuelve mucho más consciente de sí mismo y de la mirada del otro.

-¿Existe algún vínculo entre estos cuentos y tu oficio de guionista?
-Hay un vínculo inevitable. Mis primeros textos "en serio" fueron guiones. Y así fui aprendiendo cosas vinculadas a la narración, como que todo tiene que verse en imagen, que en guión son casi marcas técnicas, aburridas de leer, pero que llevado a la literatura es interesante. Me refiero a que mostrando, poniendo en imagen más que contando, el lector puede ver la escena y a la vez completar lo que falta, adaptarlo a sus propios intereses, que es algo que yo aprecio mucho cuando leo. O cuestiones como que los diálogos no tienen que ser informativos, que tiene que ver con una cosa que dice Hebe Uhart, que casi no importa lo que dicen los personajes, si no cómo lo dicen, adónde miran, con qué gesto acompañan.

–Hablamos de escritores que te gustan y me nombraste a Kelly Link, una estadounidense que también se dedica a los cuentos raros. ¿Qué otros escritores te interesan?
-A Kelly Link llegué, creo, porque la mencionó Mariana Enriquez en una entrevista. Cuando leo entrevistas a escritores que me interesan, suelo anotarme los nombres de los autores que le interesan a ellos. Y sí, Kelly Link trabaja lo raro con una precisión muy particular. También pienso en Cheever, Flannery O’Connor, Salinger, Carver, Lorrie Moore, Lydia Davis. En realidad, el cuento siempre trabaja lo raro, el tema es cómo, con qué herramientas. Carver genera atmósferas extrañas, cargadas de tensión, con elementos de lo cotidiano. Lydia Davis es genial encontrándole el absurdo a lo que se supone normal. Otro que me gusta mucho, inglés, es Robert Aickman. O acá, con lo raro, lo tenemos a Di Benedetto, que escribía como un extraterrestre que veía todo desde afuera, con una extrañeza muy particular. Y después a Fogwill, a Lamborghini, Wilcock. Y más acá, a Schweblin, Falco, Bruzzone, Gamerro, Katchadjian, Bizzio. «

 

El dato

Acá el tiempo es otra cosa ganó el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes en la categoría cuento. Fue publicado por la editorial Interzona. El libro está integrado por 18 relatos que oscilan entre el género fantástico, el de terror y cierto naturalismo. Tomás Downey nació en 1984 y es guionista egresado del ENERC.

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