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Rabia

Un estilo eficaz, una construcción adecuada a su simplicidad, una economía expositiva que da en el blanco sin distracciones, convirtiendo la palabra en acción y vértigo, imprimen a Rabia una fuerza narrativa hipnótica.

Un estilo eficaz, una construcción adecuada a su simplicidad, una economía expositiva que da en el blanco sin distracciones, convirtiendo la palabra en acción y vértigo, imprimen a Rabia una fuerza narrativa hipnótica. La lectura voraz se impone a tono con la anécdota que se cuenta, las desventuras de un prófugo de la ley que se oculta en el altillo de una mansión –donde su novia trabaja como empleada doméstica– sin ser descubierto ni advertido por nadie durante algo más de dos años.

Todo el mundo lo llamaba María (“Había algo en la delgadez fibrosa de su cuerpo que, combinado con el largo de las pestañas, eliminaba casi automáticamente la posibilidad de ser llamado José”), hasta que una mañana, durante una visita clandestina a Rosa, pierde su nombre, y hasta su condición de albañil, para convertirse en un fantasma.

La llegada imprevista de los patrones lo llevará, primero, a huir de ellos, y después, enterado de una injusta acusación de asesinato, se esconderá de la misma Rosa recluyéndose en la mansarda de la casa, temeroso de una delación que pueda enviarlo a la cárcel.

A partir de ahí, rápidamente, el relato del bonaerense Sergio Bizzio alcanza un clímax de creciente intensidad. Ayuda a la identificación con la suerte de María ese narrador en tercera persona particular, casi evanescente, situado muy cerca del prófugo, como en su propio cerebro, cuya omnisciencia se reduce de ese modo sólo a aquello que ve, oye, teme, sueña e imagina María.

El sesgo en la información, a través de ese filtro personal del que transpira una historia de carencias económicas y afectivas, una personalidad irascible y una condición actual excepcional, mezcla de espía y espectro que vaga con sus camuflajes recabando los secretos más infames de la familia, interpela al lector con la fuerza de quien lo vive en carne propia. Es probable que en esa elección del narrador se explique aquella intensidad, la lectura caníbal a la que nos obliga la obra.

El temor a ser descubierto fue lo que al principio lo llevó a elegir ese escondite, pero pronto María decidirá quedarse ahí indefinidamente. Más que por la comodidad de una cama blanda o la buena comida, son los celos que empiezan a torturarlo los que lo impulsan a permanecer en la casa.

Rumores, retazos de conversaciones telefónicas (María descubre un detalle clave para la novela: la mansión cuenta con dos líneas de teléfono), datos filtrados a medias pero que ayudan a conformar una corroboración, lo convencerán no sólo de que Rosa fue abusada en el pasado por un hijo de los patrones, sino también de que la muchacha tiene ahora un amante de quien está embarazada. En esas revelaciones, y en el descubrimiento de una rata que María adopta como mascota, se asienta el núcleo del conflicto y serán los desencadenantes.

Rabia es también, en consecuencia, el relato de una conversión. El microclima que eligió para vivir ha vuelto a María, forzosamente, un ser casto y espiritualizado, para quien el sufrimiento y el rencor que provienen de un mundo que puede ver pero no tocar se canalizarán a través de la necesidad de una autodestrucción, como esos mártires estilitas que cumplían penitencia hasta la muerte subidos a lo alto de una columna.

Este casi analfabeto que comienza a devorar libros, este acusado falsamente de asesinato que ha sido capaz de transformarse en un asesino, sentirá hasta el último instante que durante esos dos años sólo ha podido sobrevivir gracias a una ilusión.

Guardián de su propio encierro, aturdido por la soledad, acosado por los celos, María sueña con el hijo que nunca tuvo.

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