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Reseña: La noche politeísta, de Luis Chitarroni

Nuevas peripecias literarias.

En un ensayo publicado en su singular Lo más parecido a la vida , el crítico británico James Wood propone la idea de que los lectores siempre oscilan entre el caso y la forma; es decir, entre lo anecdótico y la peripecia, por un lado y, por otro, lo trascendental, la perspectiva desde la que se observa y se juzga -o se proyecta- la experiencia completa. Pocos escritores trabajan esa tensión entre lo secular y lo "religioso" -para respetar los términos del propio Wood- como Luis Chitarroni (Buenos Aires, 1958), una de las personalidades más determinantes de la literatura argentina reciente en su múltiple papel de editor, lector y escritor. Menos son todavía -Edgardo Cozarinsky; su amado Charlie Feiling, en su faceta ensayística- los que pueden, como él, repartir cartas con Borges en el juego de la ironía, así como también en el plano de la erudición lúdica.

Es que para Chitarroni un cuento, o mejor dicho toda narración, es una plataforma en la que lo episódico apenas le da aire al relato para que se desplieguen a partir de aquella innumerables sentidos. Hechos hay, sí, acciones más o menos protagónicas, pero por lo general funcionan por decantación, una suerte de goteo que se desprende de las reflexiones, o bien estas últimas se sublevan y se expanden haciendo de lo digresivo y lo intertextual una cuestión de principios, toda una filosofía narrativa.

A partir del texto introductorio ("Triángulo territorial"), ya una concisa y hermosa broma borgeana, los cuentos de La noche politeísta se activan a partir de una conciencia desatada que, pareciera -casi siempre desde la primera persona, de vez en cuando desdoblándose en una tercera-, no tiene más remedio que volver de a ratos a la realidad. Hay un reencuentro con los compañeros del secundario, una no tan velada promesa de venganza hacia aquel que los traicionó travistiéndolos en literatura ("El síndrome de Pickwick"); hay una noche fantasmal, atiborrada de presencias y de ausencias, en el relato que apenas subvierte el nombre del libro, una noche politeísta pero también políglota que nunca agota su reserva de imágenes; hay mujeres inquietantes, misteriosas ("El mal de uno", "Nueva narrativa argentina") que atraviesan la experiencia literaria para volverse morbosamente inolvidables.

Pero, sobre todo, lo que hay es la lucha entre la forma, que es asimismo una búsqueda poética, y esa eventualidad o distracción a la que llamamos vida cotidiana.

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