Los asesinos seriales están, hace tiempo, de moda. Basta con una ojeada fugaz a ciertos escaparates de la industria Hollywoodense para verlos allí: geniales o groseramente limitados; perversos o apáticos; victimizados incluso, o sencillamente monstruosos. Algunos, menos esquemáticos que éstos, logran cristalizar su personalidad en el amasijo de varias facetas, dejando entrever en la sucesión de máscaras el único de sus rostros posibles.
Como fuere, la industria cultural explota esta figura por razones de lucro, desde luego; no obstante, detrás del consumo social pujan una serie de fuerzas que anidan, consciente e inconscientemente, en el corazón de una cultura. La insistencia en este sujeto que, por definición conoce, ejerce y manipula los códigos de conducta establecidos para poder quebrarlos –a los códigos, a la comunidad, a una víctima en concreto– expresa algo sobre el estado actual de ese berenjenal hiperfragmentado que denominamos, de modo simplista, sociedad occidental.