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Ricos, burgueses y proletarios en la era posatómica

En El sistema de las estrellas de Carlos Chernov los sobrevivientes de un apocalipsis climático se embarcan en una guerra sin cuartel que establece nuevas reglas y jerarquías.

por Maximiliano Crespi

 

Hay una veta reconocida del ciberpunk que emula (no necesariamente en clave paródica) el carácter ambicioso de las novelas realistas del siglo XIX. Como aquellas, busca poner en escena mundos completos, integrados, articulados sobre un riguroso régimen de dominación y gobierno de la vida que los personajes consignados van descubriendo a medida que incorporan las reglas y las funciones de sociabilidad que los reproducen.

El sistema de las estrellas sigue ese modelo. Desde una narración templada, lineal y progresiva, la novela de Carlos Chernov activa una pedagogía por transferencia: el lector aprende junto al protagonista la disposición formal del sistema social sobre el que se irá desarrollando la fábula de ascenso.

El verosímil poshistórico se agencia en un suceso que sólo aparece narrado por sus consecuencias: todo ocurre después de la Gran Catástrofe y todo se ordena en la lógica de la Diferencia Absoluta. Ese orden impuesto se presume necesario frente a la imagen de un caos presentado como “guerra del todos contra todos”.

El universo se estructura en una jerarquización de estratos según el rediseño dispuesto por unas doscientas familias de millonarios que controlan no sólo el orden social sino también la traza biológica de su devenir (“¿Para qué sirve ser millonario si uno no puede gobernar los acontecimientos más importantes de su vida: la reproducción y la muerte?”). Proletarios, burgueses, millonarios: a la descripción de cada una de esas clases la narración dedica una parte sustancial del relato. Allí se exponen sus condiciones de vida y su contribución al desarrollo y al sostén del sistema vigente.

Leído como alegoría del Cambio en la configuración política del presente, el libro destila un dejo irónico pero también escéptico. La única figura permeable a los diversos estratos descritos es la que afirma su oficio desde cualidades para la simulación.

No se trata de un saber técnico aprendido sino más bien de un don. La carrera actoral no es una formación; es el desarrollo o la liberación de una condición innata para la representación de los placeres y la felicidad en el teatro de la posverdad. Son ellos quienes actúan como garantes del Orden social porque este se apoya sobre los efectos de realidad de esas “películas de vida” que protagonizan y que, reproducidas (en las diferentes capas desde diferentes medios) como una interminable serie de aventuras violentas y sexuales, apuntan a sublimar las contradicciones reales a las que sus consumidores están atados.

El sistema de las estrellas es el orden de la mediación para la represión. Actúa tanto sobre el destino de los “pies negros”, que sobreviven en el subsuelo de la Ciudad Segura, como sobre los miedos que subyacen a las instituciones ligadas al criterio de producción burgués (las Oficinas de Labores, las Oficinas de Amores, los Cotos de Caza Deportiva o los Institutos de Investigación Evolutiva) y aun sobre el del ocio discrecional de los ancianos millonarios. Pero también modelan las conciencias de los actores que se entregan a él con determinación canalla (“le tenían más miedo a la pobreza que al sentimiento de culpa”). Por esa razón, el careo final con la paradoja de haber llevado una vida al servicio de un sistema que los enajena no deriva nunca en la revuelta.

Como en toda ficción poshistórica, se funde y languidece en resignación amarga de quien acepta una fatalidad como se acepta, en la vigilia, la trama caprichosa de un sueño.

 

El sistema de las estrellas, Carlos Chernov. Interzona, 290 págs.

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