El joven Martin Dressler trabaja en la tabaquería de su padre y pronto se convierte en botones de un hotel neoyorquino, donde comienza una carrera ascendente en la industria de la hospitalidad. August Eschenburg, hijo de un relojero alemán de provincia, se fascina de niño con los engranajes y resortes de los juguetes mecánicos y muestra una maestría precoz para la fabricación de pequeños autómatas. Hijo mayor de una familia judía de Bratislava, Eduard Abramowitz es un carpintero –como su padre– que deslumbra con trucos de magia a sus familiares y amigos antes de convertirse en el célebre Eisenheim. Ya en el siglo XX, John Franklin Payne, hijo de un fotógrafo aficionado que montaba el cuarto oscuro en la cocina familiar, se deja llevar por su afición al dibujo hasta dar un primer salto como ilustrador e historietista en un periódico de gran tirada.
El patrón se repite con variaciones. Los padres son presencias fuertes, pero los hijos, si bien lo aprenden, no continúan con el oficio paterno. En un momento llega el descubrimiento: la vocación aflora, el talento se confirma, la ambición encuentra su cauce. Después, la expansión: negocios que prosperan y obras que conmueven. Durante un tiempo todo parece fluir sin obstáculos, como si la fuerza interior de los personajes coincidiera con la correntada de la dinámica social. Es el momento de la sintonía perfecta, el instante en que las vías paralelas se superponen. Los protagonistas tocan una tecla cualquiera y siempre suena bien.