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Una canción de despedida

Entrevista y foto Valeria Tentoni. / El séptimo libro del autor de Villa Celina cierra la "saga matancera": Las estrellas federales, una nouvelle plagada de personajes mutantes que funciona como memoria fantástica de los 90 y, a la vez, como pista de un futuro posible.

Acompañado desde el prólogo por Arlt y Martínez Estrada, entre otros, para pensar las metamorfosis kafkianas en esta orilla del mundo, Juan Diego Incardona presenta el último tomo de su “saga matancera”. Villa Celina, El campito (reeditado hace un tiempo) y Rock barrial (que será reeditado el año que viene), funcionan en sistema con Las estrellas federales, su séptimo libro, que acaba de salir por Interzona con ilustraciones de Ariel López. Juntos ya habían trabajado en un tomo para la primera tanda de la colección Leer es futuro del Ministerio de Cultura de la Nación. 

"Como en la música, para mí un buen cuento es un buen sonido. Un sonido largo. Si suena bien, está bien escrito", enseña en sus talleres literarios por estos días. Y Las estrellas federales es, también, una canción de despedida. "Ya está. No quiero estar toda la vida escribiendo en ese lugar. Estoy feliz de haberlos escrito, se leen un montón en escuelas secundarias, he ido a muchas y también a cárceles, y para mí es milagroso. Son historias que eran de mis amigos, de mi familia, de mi barrio, y ahora un pibe en la facultad lo lee con Foucault y Deleuze y se recibe de Licenciado en Letras. Es una locura”, dice el también autor de Objetos maravillosos (Tamarisco, 2007). No sabe hacia dónde irá ahora y eso no parece inquietarlo. Dueño de una imaginación abundante y de una mirada en estado de asombro invencible, Incardona conserva intacto el espíritu que lo llevaba de expedición por las calles de su infancia. Y eso es mucho decir.

“Hace bastante que lo venía escribiendo, aunque sea cortito. Lo tenía bocetado para que sea una novela, tipo El campito. Pero lo fui dejando, y aunque publiqué un libro de poemas en el medio y varios cuentos sueltos, aflojé bastante aquella producción que tuve en un momento, de un libro por año”, explica sobre este libro.

–¿Por qué?

–Por distintas razones. La vida, y también la cuestión de que uno desarrolla un universo y en un momento lo cubre. Igual, yo siento que al universo Villa Celina le entré por todos lados, no es que encontré un kiosquito y fui repitiéndome. Cambié los géneros, los formatos, los registros. Exploré distintas temáticas; algunos más vinculados al peronismo, otros al rock, a los mundos del trabajo, las fábricas. La fantasía, el fantástico, la ciencia ficción. Esta también es mi primera nouvelle; había publicado libros de cuentos, novela, poemas, crónicas o diarios, pero no nouvelle... De todas maneras, siento que todo lo que escribo son cuentos. Cuentos cortos, medianos o largos. Mis poemas, inclusive, son narrativos. El campito es un cuento largo. Tiene algo del espíritu de acción y de la síntesis, son libros que se leen rápido porque todo el tiempo pasan cosas. Soy un imaginador de peripecias, de situaciones. Esa es mi fortaleza. Y no me destaco, como debería un novelista, por la construcción al interior de los personajes. Mis personajes no se desarrollan tanto, viven en torno a los hechos, a los acontecimientos. Salvo el narrador, el alter ego, los personajes no tienen una gran interioridad.

–Todas estas lecturas de tu obra: ¿las fuiste tomando de la crítica o son cosas con las que te fuiste topando al trabajar?

–Son cosas que uno va pensando de oficio. El carpintero piensa en cómo cortar la madera y, como él, todos los escritores elaboran sus conceptos en relación a lo que hacen, a los materiales y las herramientas. Para mí ya resultaba cómodo este universo, en ese sentido; me sé mover como un pez en el agua en esas geografías. Pero creo que un escritor tiene que transformarse. Por eso digo que este libro es como una despedida. 

–En Las estrellas federales, además de los libros en la serie, hay un cameo del protagonista de Objetos maravillosos; un personaje en el circo tiene un anillo maravilloso.

–Sí. En todos los libros empecé a jugar a traer personajes no solo de Arlt, de Marechal o de Oesterheld –que son como mis amiguitos de la literatura, los traigo a Villa Celina de visita, como en los cumpleaños– sino también de mi propio mundo. Villa Celina era un primer libro, inauguraba un universo, pero a medida que lo iba continuando también fui tomando conciencia de eso, de que ahí había una serie. Por eso, es deliberado buscar esas puertitas entre libro y libro. 

–Es tu séptimo libro, ¿cómo te encuentra como escritor?

–Fui atravesando distintas etapas, pero creo que al día de hoy todavía es mucho más lo que escribí y tiré que lo que escribí y publiqué. Todo lo previo sigue ocupando mucha más medida de escritura: fue como hacer muchas flexiones de brazos, muchas abdominales... Cuando empezás a escribir es como cuando empezás a tocar la guitarra. Al principio te preocupa que te salga la cejilla, y ya cuando te relajás y la mano izquierda anda sola con los acordes, te preocupás por la mano derecha, que es la mano de la interpretación. Pero la escritura es una búsqueda constante.

–¿Por qué le pusiste ese título?

–Siempre fue una planta que me gustó y por otra parte tiene una tradición en Latinoamérica, no es casual la vinculación que tiene con el peronismo. La estrella federal es ya un icono de la militancia peronista. Y, aunque en Las estrellas federales no aparece el peronismo directamente, en todo el universo está como tema.

–¿Cuándo fue la primera vez que viste una estrella federal, te acordás?

–Y, en mi casa, seguro. Había muchas macetas. Había un patio grande con todas las piezas alrededor; malvones, estrellas federales, jazmines, rosas, plantas, oreja de elefante, serruchos, rayito de sol, aloe vera... Muchísimas que tenían mis abuelos. 

–¿Vivías con tus abuelos?

–La casa donde yo viví, de la que me fui grande, era una casa que construyeron mis abuelos, sí. Típico, sicilianos: después de la guerra, Villa Celina era bastante campo y esta es una de las primeras casas que se hicieron. Incluso la calle de mi casa fue una de las primeras asfaltadas. Tipo conventillo, todas piezas alrededor del patio, y para ir de un ambiente al otro tenía que cruzarlo. Funcinaba como un lugar de reunión y un lugar donde se concentraba el clima. No había manera de recorrer la casa sin pasar por la intemperie.  

–¿Eras de conversar mucho con tus abuelos? Pregunto porque tengo esta modesta hipótesis sobre los escritores criados por sus abuelos y el efecto en sus imaginaciones, como en los casos de Katherine Mansfield, Gabriel García Márquez, Lovecraft y Mishima.

–Y sí, además yo preguntaba mucho. Y, sobre todo, los temas de Italia, los tíos, las historias lejanas, perdidas. Me acuerdo cuando murió mi abuelo, a quien yo quería mucho; mis abuelos habían estado casados como cincuenta y pico de años. Mi abuela vivió un año y medio más; no tenía nada, se murió enseguida que él. Y en ese tiempo yo hablaba mucho con ella, que tenía muchas fotos en blanco y negro, de los años 40. Me iba contando la historia de cada uno: este se fue para Estados Unidos, este para no sé dónde, este se ahogó... Alguna foto de mi abuelo con el uniforme, que había sido soldado prisionero en la guerra y se escapó de una cárcel. Se escaparon de los ingleses en una canoa, eran cuatro. Y después se tomaron un barco a Argentina. 

–¿Y creés que algo de la fortaleza de tu imaginación tiene que ver con haber pasado tanto tiempo con ellos, escuchando historias?

–En mi caso efectivamente mi infancia transcurrió en gran parte con mis abuelos porque mi mamá y mi papá trabajaban todo el día. Mi vieja hacía doble turno en la escuela y mi viejo en la fábrica. Y los que nos cuidaban a nosotros eran mis abuelos. Por otra parte Villa Celina era más pueblo, muy barrio. No había ni supermercado, todavía. Después se transformó a toda velocidad. Pero en ese momento, y siendo más chico, en ese paisaje había mucho relato oral. El chisme, uno va absorbiendo esa forma de contar una historia. Parte de eso está en mis libros, dos procedimientos que uso mucho: uno es la exageración, que sería la hipérbole, técnicamente. El barrio es exagerado. Por ejemplo, cuando yo era chico me atropelló un auto a ocho cuadras de la General Paz, y el relato oral era increíble, tipo teléfono descompuesto. Esquina tras esquina yo estaba peor: a dos o tres cuadras, me habían fracturado las piernas. A las cinco cuadras estaba sin un ojo, a siete cuadras en coma y en la General Paz ya directamente muerto. Se puede decir que yo alguna vez me morí en la General Paz. 

–¿Y el segundo recurso?

–La superstición. Esto de todo el tiempo ir para el lado de los tomates, por eso también El Hombre Gato y un montón de fábulas, que en Villa Celina prosperaban además porque había mucha masa oscura que rodeaba ese casco de luz. Mucho campo alrededor del barrio. Y algo que tienen mis historias es que todo transcurre en la calle, creo que hay una sola historia de las casi 50, en total, que transcurre dentro de la casa, que es el cuento de los monstruos que está en Rock Barrial. Todo lo demás es en la vía pública, y eso le da para mí una impronta a esta serie de relato de comunidad. El personaje siempre es portador de una experiencia colectiva. Yo siento que el universo de Villa Celina es eso, un relato de comunidad.

–Los libros anteriores de la serie se publicaron todos durante el kirchnerismo, y este sale en un contexto absolutamente distinto. ¿El contexto toca al libro?

–En realidad lo fui escribiendo durante el kircherismo aunque se publique ahora, pero la paradoja es que el tema del libro se toca con lo que pasa ahora. Lo qeu ocurre en Las estrellas federales es que cierran las fábricas, hay muchos desocupados y ahí aparecen los mutantes. Es un poco como el trabajador argentino, El hombre regenerativo; se corta un dedo y le vuelve a crecer. Pierde el trabajo, hay inflación, hiperinflación, viene el tarifazo... Pero de algún modo se regenera. La clase trabajadora argentina se regenera, se las rebusca, se adapta, improvisa, va a la changa. Los 90, aparte, fue una epoca de mucha mutación: el tornero se convierte en remisero, el tipo que tenía un tallercito lo cierra y se pone un kiosco. Son todos X-Men. En ese panorama yo me recibí de técnico mecánico y estaban cerrando todas las fábricas. Y ahora está pasando algo parecido, de hecho sale el libro cuando a mí me despiden de dos trabajos. Cambió el gobierno, cerró el programa donde yo trabajaba, Memoria en movimiento. Yo también laburaba en el Ecunhi, en un proyecto educativo, pero todos tuvimos que salir a buscar trabajo. Hoy por hoy ya nadie cobra sueldo de nada dentro de ese espacio cultural. Y bueno, también, como los mutantes, tuve que regenerarme. Los escritores somos changarines culturales, así que tenemos un poco esa capacidad de adaptación, del rebusque. Sabemos que no se vive de lo que escribimos. Y yo siempre laburé de cualquier cosa.

–¿De qué trabajaste antes de hacer la venta ambulante que desembocó en el libro Objetos maravillosos?

–De todo. Tuve muchos trabajos. Uno de mis primeros trabajos fue en un taller de motores eléctricos en Lugano. Manejaba los changos en un depósito de Tramontina, cargaba camiones y me gastaba el sueldo en comprar cuchillos para regalar. Trabajé en Gativideo, la distribuidora. También en los cines. De promotor. En un lugar de Liniers, que terminó siendo una estafa, de vendedor de cursos de peluquería y computación. Los dueños fueron todos presos. Nosotros no, si éramos unos perejiles y nos hacían ir con saco y corbata puerta a puerta vendiendo esos cursos. Me mandaban a todas partes… Después trabajé un par de años en un depósito de artículos de limpieza. Me pagaban dos mangos: iba con la bici desde Celina tomando pedidos por negocios y quioscos, me iba hasta Pompeya en Capital o por provincia me iba pasando La Tablada, Lomas del Mirador, todo con la bici. Después en el año 95 fue que empecé con una novia a vender los anillos por la calle y eso duró 13 años. Y fue atravesando distintas coyunturas; hubo buenas épocas, de vender mucho, y después la época heavy. Del 2000 al 2002 no se vendía nada, durísimo. Y en el año 2007, 2008, yo ya estaba re podrido de vender, y con la salida de los libros, sobre todo Villa Celina, se empezaron a abrir puertitas de trabajo nuevas. O sea que el escritor le da de comer al autor, de alguna manera, porque con los libros ganás dos mangos pero después podés dar taller, publicar una nota en un suplemento, hacer laburo de gestión.

–Para cerrar, ¿qué viene ahora?

–No sé, la verdad es que no sé bien. Pero tampoco se trata de algo tan simple como “sobre qué escribo”. Hay una esencia que se va a conservar, que tiene que ver con tu registro, con tu respiración, con tu forma de inventar, de armar diálogos. Pero bueno, no sé todavía hacia dónde voy a encarar.

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