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Una dama criminal y sus 650 víctimas

Basada en hechos reales, La condesa sangrienta, de Valentine Penrose, cautivó entre otros a la poeta Alejandra Pizarnik.

El lugar donde se desarrolla esta novela, basada en hechos reales, fue la Hungría del siglo XVI. Su protagonista: una condesa llamada Erzsébet Báthory (1560-1614) quien ha pasado a la historia luego de ser acusada y condenada por responsable de una serie de crímenes atroces, motivados por una obsesión en torno a cierta idea de belleza y juventud eterna. Se estipula, según los anales históricos, que dio muerte a más de 650 muchachas.

Valentine Penrose ha recopilado documentos y relaciones acerca de esta singular homicida que, tras enviudar, vivió en la sala de torturas de su castillo medieval, mutilando hasta dar muerte a cientos de mujeres solteras (vírgenes), para así bañarse en su sangre con la ilusión de rejuvenecer.

El resultado de esta narración de fuerte sesgo vampírico es asombroso, dado que la autora francesa reconstruye el perfil de la condesa sin alterar los datos reales meticulosamente obtenidos, y los ha refundido en una suerte de vasto y gótico friso, donde la locura y el sadismo más lascivo y demente, se diluyen en una prosa elegante y lúgubre. Una pieza ligeramente surrealista por su extraña exuberancia estilística: “La melancolía fue el mal, la atmósfera misma del siglo XVI; Erzsébet la respiraba mazclada con el resto de la barbarie carolingia de la Hungría de la época, con la crueldad de los turcos, con la brutalidad feudal”.

En el siglo XVI, en la lejana e invernal Hungría: es decir, en los supersticiosos y blancos Cárpatos, entre la creencia de animales fabulosos como el dragón y los vampiros que habían resistido los exorcismos de los obispos, allí nació y vivió Erzsébet Báthory. Había padecido el tedio desde que tenía uso de razón.

Altanera y orgullosa, sólo pensaba en sí misma. Como se aburría siempre, había constituido una corte de degenerados y viciosos con los que transcurría cada noche, de abismo en abismo. Un universo exclusivamente femenino; cientos de muchachas que ingresaban al castillo, sin jamás salir de él. ¿Sus víctimas? Campesinas que acudían y subían cantando el camino del castillo de Csejthe (jóvenes, bellas en su mayoría, rubias, de tez tostada, que no sabían ni firmar con su nombre, supersticiosas casi todas).

Penrose avanza página tras página alternando la larga y fría lista de los estragos de la condesa, y los combina para hacerlos constrastar con la existencia lujosa de hábitos orientales que llevaba. La suya fue una vida propia y peculiar. Precisaba que elogiaran continuamente su belleza; cinco o seis veces al día cambiaba de vestido, de peinado; vivía ante un gran espejo oscuro, el que había diseñado en persona y que tenía forma de bretzel.

Allí observaba –hastiada e insatisfecha– como envejecía su cutis pálido y nacarado. Así fue como resolvió darse baños con sangre de muchachas vírgenes, con el fin de revertir las leyes de la naturaleza. Y lo hizo una y otra vez sin ningún arrepentimiento, al contrario, le producía un placer inaudito ver y hacer sufrir a sus víctimas durante horas, a través de suplicios, entre pesadas lámparas de plata, tapices oscuros y alfombras de Oriente.

Cruel, autoritaria y colérica, la “Condesa Sangrienta” –tal era su sobrenombre–, a menudo se rodeaba de brujas, quienes le improvisaban pócimas para su anhelada juventud. Mientras vivió, actuó como si todo crimen cometido para su propio placer fuera lícito. Curioso y patológico destino el suyo, uno que se ha prestado espléndidamente a la literatura.

Sin lugar a dudas, un libro único que llevó a Alejandra Pizarnik a escribir en 1966, su versión de La Comtesse sanglante para la revista Testigo. Adentrarnos a su densa atmósfera recuerda a la recargada prosa gótica, por momentos tenebrista, enfermiza (acaso, asfixiante) de Poe o Petrus Borel. Un relato histórico sin precedentes.

La condesa sangrienta, V. Penrose. Trad. M.T. Gallego. Interzona, 256 págs.

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