interZona

Veneno del bueno

Por Juan Ignacio Sapia

Se podría hacer, de una manera relativamente fácil, una historia de los momentos en los que la droga, entendida como un conjunto homogéneo de sustancias prohibidas, abandona la condición de presencia muda que le otorgan la propaganda anti y pro narcóticos y los abstractos debates televisivos, y atraviesa el discurso público de una manera un poco menos ficticia, más inmediata. Esta hipotética historia estaría hecha de fragmentos: el Diego deslizando cocaína en la casa de Gran Hermano, algunas letras de rock, algunas escenas deOkupas, las intervenciones públicas de Pity Álvarez. ¿Y si buscamos en la literatura? Quizás el ejemplo más obvio sería Fogwill y Los Pichiciegos. O el Rímini de Alan Pauls, que toma y traduce como si fuera una misma acción.

Publicadas casi en simultáneo, dos novelas recientes abordan el tema desde una óptica bastante similar: la droga aparece como un desencadenante, como un combustible narrativo que alimenta la trama o como un punto de referencia, un lugar al que los personajes vuelven obsesivamente. La primera es Electrónica (Interzona), tercera novela de Enzo Maqueira, la historia de una profesora universitaria que, en plena crisis existencial, se enamora de un alumno de dieciocho años y añora las noches de pasti. La segunda es Merca(Alto Pogo), de Loyds, en la que Johnny, un hijo de millonarios, cuenta su vida desahogada, que transcurre entre autos deportivos, boliches exclusivos, cocaína y, sobre todo, aburrimiento y odio.

Las similitudes entre los dos libros son evidentes: ambos personajes están entrando en los treinta, pero con la mirada puesta en el pasado. Los dos se rehúsan a pensar el futuro y por lo tanto niegan el presente, que se aparece como una sucesión de eventos continuos y casi indistinguibles en la novela de Loyds, o como un conjunto de malas decisiones, paranoias y frustración. La insatisfacción crónica también es un punto en común entre ambos personajes. La profesora de Electrónica no consigue dejar de comparar su presente con un pasado añorado, idealizado: “El problema era que habías tomado conciencia de que los años de tu infancia quedaban demasiado lejos, pero en un sentido literal, no como esas frases hechas que una nunca termina de entender”. Johnny, de Merca, no consigue dotar a la gente que lo rodea de un mínimo de interés o de importancia, cualquier evento o personaje que pasa delante suyo se hunde en un cono de desprecio: “Allá afuera siempre hay algo mejor que lo que uno tiene, una especie de fiesta que nos estamos perdiendo mientras pasan cosas que no tienen sentido”. El odio de Johnny se confunde con su aburrimiento, de manera tal que no se sabe si odia porque se aburre o se aburre porque odia. Es parte de un mismo movimiento que constituye su acercamiento al mundo.

En ambos textos late una época, que es más bien una construcción de la imaginación colectiva que despierta, según quién la piense, un abanico amplio de sentimientos que van del odio a la nostalgia: los noventa. Si bien las dos novelas se sitúan en el presente, habilitan una lectura anclada en esa época a partir de la edad de los dos protagonistas. En la novela de Maqueira se manifiestan como la educación sentimental y cultural de la profesora, como el espectro de sus primeras noches de fiesta electrónica. En Merca el contexto es un poco más paradigmático: familias tradicionales, canchas de golf, champagne. La fauna que despliega Loyds —madre y hermano alcohólicos, padre divorciado con novia joven, amigos ricos y aburridos— es en algún punto obvia y caricaturesca. Pero no por eso deja de ser creíble y hasta hipnotizante.

El otro gran acierto de Loyds es el registro: la novela está contada desde la voz de Johnny. Asistimos al mundo a través de sus saberes, sus prejuicios, el flujo de sus pensamientos. La trama de la novela adopta el ritmo vertiginoso del discurso merquero: una eterna fuga hacia adelante que casi carece de reflexión. Electrónica también propone un trabajo sobre la enunciación. La novela está contada simultáneamente desde la segunda y la tercera persona. El narrador se desdobla, se acerca y se aleja continuamente del lector. Como enMerca, las formas que adopta la escritura se confunden con los eventos que integran la trama.

Novelas de formación tardía, casi sin aprendizaje y deformadas por el tiempo y las costumbres, tanto Merca como Electrónica ponen el foco de atención en un personaje que, cada vez más, se percibe como el protagonista de esta época: el treintañero inmaduro que no termina de asumir sus compromisos y responsabilidades de adulto y que abraza el recuerdo de su adolescencia.

 

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