Se atraviesa, se recorta, se corre algún velo. Se vuelve al pasado: ese lugar-yacimiento de otras lecturas y formas que se han incrustado en la retina. Se miran las cosas otra vez, entonces se escribe. En algunos libros, esa conversación con el muro anterior de la literatura no sucede —están esas obras: las que se hablan a sí mismas y que, quién sabrá por qué razones, de todas maneras alguien decidió que debían imprimirse—. Y luego están los libros donde los fragmentos de escrituras pasadas relucen en una intemperie. Yo soy como el rey de un país lluvioso es uno de esos libros. Edgardo Scott escribió una novela en torno a un asesino serial contemporáneo, y para eso ha emprendido la travesía del caminante que avanza sobre un territorio nevado y que, a su paso, deja huellas futuras. Son dos las marcas más evidentes señaladas por el autor desde el título y los epígrafes: a partir de las referencias a Baudelaire y del párrafo de una canción de la banda británica Bauhaus, la novela propone desandar la lectura hacia los senderos de la melancolía y de los paisajes rotos. Y es en esa huella, la de los espacios que la modernidad ha jodido, donde el libro encuentra su territorio de ideas. Esta no es una novela policial que busca un móvil o develar qué hay detrás de los pensamientos de un asesino. En Yo soy como el rey…, lo que importa es el lugar donde suceden esos pensamientos de muerte: los golpes letales al mundo entran en gestación mientras transitamos por los aeropuertos.