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Alt Lit, una nueva sinceridad

Tendencia. En la línea de esta nueva narrativa estadounidense, cuatro jóvenes autores argentinos ensayan modos de narrar las relaciones, la alienación y el hastío contemporáneo.

POR DIEGO ERLAN

Un profesor al que acaban de echar del trabajo despierta en el pelotero de un Mc Donald’s. Un escritor indie vuelve a su pueblo donde todos parecen odiarlo y en un bar paranoiquea con que lo podrían matar. Un policía amable arresta a una chica por manejar ebria y después la alcanza hasta su casa. Otro personaje llega a su casa cargando el hastío. Insulta a su vida. A su padre. Se pregunta si acaso podría cogerse a su tía. “Sos una mierda”, piensa el personaje cada vez que se mira en el espejo y no puede dormir. Son personajes trazados por Sam Pink, Noah Cicero, Lily Dawn y Jordan Castro. Estos autores son parte de la nueva narrativa estadounidense conocida como la Alt Lit.

Surgidos como oposición a la generación anterior, ya indiscutida en el canon estadounidense como Bret Easton Ellis, Jonathan Franzen y David Foster Wallace, los autores de la Alt Lit (un nombre que podría significar tanto la tecla Alt como un apócope de “alternativo”) plantean, después del 11 de septiembre, una nueva sinceridad: producto inevitable del fin de un imperio, la sensación de que ellos también son vulnerables. Una literatura que se enfoca en cuestiones mínimas de la vida cotidiana (tan mínimas que parecen estar hablando de cosas sin sentido), llevadas a una banalidad irónica, que atraviesa la alienación capitalista y el aburrimiento posmoderno. La endogamia como modo de supervivencia y una fragilidad que enmascara bronca, son marcas que identifican a un movimiento sin programa que hace de las redes sociales e Internet su territorio. Tao Lin es el más famoso de esta troupe de desconocidos. “Vamos a tomar cerveza y mirar Facebook y escribir poesía sobre llamas y hacer videos de nosotros borrachos caminando a través de una tormenta”, escribió Tao Lin en un cuento de título que parece una broma infinita: “Vamos a tomar nuestro café y a terminar nuestras novelas y a echarnos al sol y a sentarnos en la oscuridad”, publicado en español en una antología armada y traducida por Lolita Copacabana y Hernán Vanoli para Interzona. “La nueva sinceridad se desplegó, muchas veces, como una ingenuidad tendiente a lo cínico, una politización con frecuencia más declamatoria que cotidiana, o un ajuste de cuentas con ciertas representaciones arcaicas sobre las consecuencias del terrorismo de estado”, escriben en el prólogo.

La poeta argentina Valeria Meiller, que supo estudiar a esta generación y tradujo a Tao Lin al español en 2012 cuando se publicó por Triana el libro Hikikomori , que este autor escribió junto a Ellen Kennedy, explica desde Nueva York que se trata de “escrituras desprolijas, a simple vista poco trabajadas, que todo el tiempo se preguntan si existe o no un artificio”. Es decir: generan el artificio de parecer literatura espontánea. “Estoy escribiendo una novela que tiene lugar en un supermercado. Por eso vine a una librería. Porque el narrador de mi novela va del supermercado a la librería. Estoy inventando esto en este preciso momento. Estoy escribiéndolo. En mi mano. Estoy escribiendo una novela. Estoy en eso. En mi novela, en mí”, escribe Tao Lin en el relato “El novelista”, publicado por Dakota Editora y traducido por Meiller junto a Lucas Mertehikian. “Son escrituras que a mucha gente le resultan irritantes y además tienen una clara voluntad de irritar”, explica Meiller. No se puede negar, sigue la traductora, que las plataformas donde se produce esta literatura son plataformas virtuales. “Llegué a Tao Lin a través de Miranda July”, linkea Meiller. “Había algo de ese tono que lo hacía muy accesible. Además me gusta cómo trabajan. Ellos no firman contratos, cuelgan sus textos en la red, todo es copyleft . Hay mucho de punk en la manera en que trabajan. Cualquiera los puede leer y ellos son sus propios editores. Es un circuito endogámico, es cierto, pero resulta fácil acceder a ellos y traducirlos”. No hay límites para su producción, circulación y viralización. Meiller observa que esta suerte de banalidad no está muy alejada de la poesía de los 90 en la Argentina (Belleza y Felicidad y aledaños): hay cierto relajo y apertura de la forma, característica que también pudo verse en la ola de bloggers y la posterior preponderancia de la literatura del yo en las escrituras a partir del 2000. La relación no es arbitraria. Hace un tiempo, Fernanda Laguna, fundadora de aquella mítica editorial y galería de arte de Almagro conocida como Belleza y Felicidad, escribió en su cuenta de Facebook: “Abrí un archivo de word para escribir algo/ y me sentí muy sola./ Abrí una ventanita blanca/ en la Internet/ y descubrí que publicar era el poema.”

Entre el hiperrealismo y el absurdo
Una serie de novelas argentinas recientes, que atraviesan esta “nueva sinceridad” contemporánea, conducen a una pregunta inevitable: ¿podría hablarse de una Alt Lit en la Argentina? Veamos. Novelas como Te quiero , de J. P. Zooey, Scalabritney de Martín Zícari, Los catorce cuadernos de Juan Sklar o incluso Merca del autor llamado simplemente Loyds son novelas que hablan del sistema y sus dinámicas sociales, de la alienación, de la forma falsamente colectiva de relacionarnos. Internet democratiza los vínculos pero también aísla. Es el confinamiento en el que se encierran los personajes que inundan estos libros. Un retrato de la época. De la abulia y el hastío que dan cuenta de un momento y producen un efecto (a veces demoledor) en el lector.

Separemos estas cuatro novelas en dos grupos. Por un lado Zooey y Zícari. Por otro, Sklar y Loyds. Empecemos por el hiperrealismo que proponen estos últimos.

Los catorce cuadernos (Beatriz Viterbo) traza la rutina cínica de un guionista de televisión en el verano de Buenos Aires cuando decide sumarse al alquiler compartido de una casa del Tigre junto a un grupo de gente que apenas conoce y otros amigos de amigos que no conoce para nada: “dos parejas, un amigo y dos lesbianas. Está bien, no me voy a besar con nadie en todo enero”. Ese mes, en una casa para algunos soñada y para otros destruida, entre personas que no se soportan demasiado, mosquitos hambrientos, veganismo militante, diversas variedades de marihuana, vino tinto mediopelo, voyeurismo rapaz y amargura disuelta en tardes al sol, el personaje de Sklar, ese yo hiperpsicoanalizado, lector devoto de Michel Houellebecq y Jacques Lacan, se embarca hacia una deriva en el agua turbia de su alienación. El frenesí del onanismo dentro de una media llena de barro, las aspiraciones de una sexualidad dispersa en mensajes de Facebook, son algunas de las formas que encuentra para sobrellevar una existencia solitaria, sonámbula, desesperada. Sklar tiene una prosa frenética. Entre la ambición por lo coloquial y las citas cultas que parecieran fuera de registro, no le escapa al humor. Y eso le aporta un pliegue interesante a su propuesta: Sklar goza de una envidiable capacidad para narrar. Al final de la novela, el yo que narra, a punto de ser rechazado una vez más, supone que Houellebecq tiene razón. “El esoterismo contemporáneo no es más que una bolsa de gatos metafísica. El popurrí de sabiduría que nos tocó a nosotros, los burgueses sensibles, que no tenemos religiones en las que creer, ni progreso al que apostar, ni ideales revolucionarios por los que morir. El problema es que ese escepticismo es el que lleva a sus personajes a ser los soretes desconectados que son.” En el fondo ese yo es un romántico. “No creer es la opción racional”, dice a metros de fracasar, al borde otra vez del cinismo inevitable. “Esto es tan indiscutible como que la racionalidad total es el camino del sadismo y la flagelación. Apretado todo el pomo, la visión de mundo de Houellebecq deja como única opción el asesinato o el suicidio. Cuando te hayas cogido a todas las minas del mundo, ¿qué vas a hacer? Cuando todos te veneren, ¿para qué te vas a levantar? Y cuando descubras que hay deseos incontrolables que jamás vas a satisfacer, ¿dónde vas a buscar consuelo? Porque tiene razón, porque el mundo es como él dice, porque somos sus personajes o estamos camino a serlo. Michel Houellebecq es un autor luminoso”.

El despreciable Johnny, que protagoniza Merca (Altopogo), tiene puesta la careta de Houellebecq, pero carece de su artefacto pesimista y se ubica en la línea de otro francés, el aristócrata Frédéric Beigbeder, o en la del ex enfant terrible Bret Easton Ellis de Menos que cero . En varios aspectos (el frenesí de la escritura, el uso de redes y el tema de la soledad) se emparenta Loyds con Sklar: Johnny es un niño rico y aburrido de 31 años, que odia a todos, y lo único que desea, lo único que lo entusiasma, es consumir cocaína. Loyds consigue que una novela que se llame Merca esté a la altura de su título. El hiperrealismo que ejerce podría leerse como versión literaria de las obras plásticas de Guillermo Iuso: biografía química en escenarios hipócritas. Por momentos berreta, por momentos mapa hedonista de nuevo rico, también podría ser leído –arriesguemos– como las esquirlas de una literatura menemista en la era K. En ese sentido encuentra puntos de contacto con la sociología que implementa Fogwill para leer los años noventa en Vivir afuera , aunque se acerque menos a Fogwill que a Los dueños de la Argentina .

Zooey y Zícari, por su parte, proponen un realismo aturdido, extrañado, donde abundan las mentes en fuga y el delirio de ciertos elementos sumergen a Zooey y a Zícari en un virtuoso diálogo generacional. La escena en la pizzería Kentucky entre Bonnie y Clyde con la que empieza Te quiero (Páprika), podría citar el comienzo de Tiempos violentos : Tarantino eje del canon de una estética contemporánea. El enigmático J. P. Zooey, luego de Sol artificialy Los electrocutados , vuelve con un relato delirante, rítmico y frenético protagonizado por dos personajes algo paranoicos, con diálogos chispeantes y atisbos de absurdo. Clyde escribe y discute sobre los clásicos, la literatura posmoderna y la crítica literaria. Bonnie está obsesionada con los asaltos y las formas de hablar de los “pibe Face”. Si tuviera una banda de sonido, en Te quiero debería sonar todo el tiempo Babasónicos: una música sin prejuicios que teje imágenes insospechadas, una tras otra, entre la ilusión y la desfachatez, produciendo desfasajes casi imperceptibles (“paguemos algo que todavía no rompimos/ para que luego no nos vengan a frenar”, canta Adrián Dárgelos en la letra de “Tormento”). Zooey, de algún modo, entabla una discusión directa con la estética que propone Tao Lin y el grupo de la Alt Lit: “La literatura posmoderna es fácil, dice Clyde, cualquiera escribe con ironía y socarronería, cualquiera puede burlarse de sí mismo. Hay que leer a los clásicos, Faulkner, Stendhal, Thomas Mann, a los que sostenían una palabra desde el comienzo hasta el final de las trescientas o quinientas páginas. Hoy todos quieren ser ingeniosos y paródicos. Tienen el yeite del ingenio, pero están muertos. Están todos muertos.”Scalabritney (Entropía) se desarrolla en el chisporroteo de una mente en fuga, de un protagonista con rasgos similares a los de Dani Umpi. Suerte de melancolía naivë y sentimentalismo posmo, Zícari construye su relato a través de filtros: como los flujos de la imaginación o el filme (“mentalmente, esto es una película”). En el núcleo del libro de Zícari está su idea de “una aventura indie”: consumo pop para una travesía emocional. Aburrido, el protagonista sólo encuentra que puede refugiarse “en la actuación, el canto, el baile y la sobreexpresión de todo lo que siento arriba de un escenario para poder sobrevivir en este mundo hostil”. Si en Te quiero suenan los Babasónicos, en Scalabritney se escucha la música de los DJ’s Pareja. El personaje de Zícari (más conservador, menos desesperado) quizás sea el más cercano al protagonista de Los catorce cuadernos : alienación, soledad y una búsqueda infructuosa de la felicidad, sin saber muy bien de qué se trata eso.

Vanoli y Lolita Copacabana entienden que tanto Zooey como Zícari intentan construir una cierta espontaneidad vinculada a los recorridos urbanos. La movilidad y ciertos escenarios muy reconocibles son palpables en ambas novelas. Escribe Zícari: “...me acuerdo de mi proyecto de baile en los espacios públicos para el taller y ahí nomás saco la cámara digital y se la doy a un pibe re lindo que estaba al lado mío y le digo que soy estudiante de un taller para el cual tengo que hacer un trabajo de experimentación literaria usando la problemática entre las esferas pública y privada de la vida de uno mismo como escritor con el fin de pervertir alguno de los géneros establecidos por los cánones literarios y si él por favor podía filmar las caras y gestos y expresiones corporales de la gente mientras yo bailaba con los ojos cerrados en el espacio para discapacitados que nunca se usa y siempre está vacío”.

Hay algo en común en estas cuatro novelas: Internet. No se trata de una fuente de preguntas sobre las maneras de narrar en tiempos de digitalización de las interacciones o de la experiencia, sino que está incorporada a través de un doble movimiento: naturalizándolo en la cotidianeidad y construyendo con ella una relación singular. Podría arriesgarse, a modo de conclusión, que si bien el efecto 11 de Septiembre fue la expresión de una nueva sensibilidad en el centro del mundo global, en la periferia, en tanto, esa misma sensación del derrumbe de las certezas se anticipa ya en los años 90 y se metamorfosea, primero como tragedia y ahora como comedia. Tanto Sklar, Loyds, Zooey como Zícari intentan entender las gramáticas sociales. A veces con ejercicios de lenguaje, otras con una mera perspectiva sociológica, estos autores posan para una selfie literaria: son ellos y su mundo. Realistas por opción, cada una de estas novelas elige su modo de extrañamiento. Y con sus diferencias, coincidencias, derrapes y pretensiones de singularidad, se manifiestan como una manera de expresar el hastío, el desencanto y el sinsentido contemporáneo. Desde luego, no son las únicas.

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