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Bella y feliz

Cuarenta años cumple Fernanda Laguna, quilombera cultural y agitadora neopop, construyéndose como personaje del campo cultural porteño, de sus libros, de los libros de los demás. Aunque lleve quince años como artista, gestora, poeta y fiestera; aunque escriba versos diciendo que ella ya pasó de moda y aunque haya cambiado el rol de hija por el de madre, algo en Fernanda da la impresión de que nunca va a ser una señora, y con todo respeto para todos los señoras y señores, eso es un acto de resistencia queer.

Por Dolores Curia

Fue la musa protagónica de Fer, cumbiela (2004), uno de los primeros libros que salió por Eloísa Cartonera, publicado como “anónimo”, escrito por Washington Cucurto y cocinado a fuego y sudor de diciembre 01. Fer en esa historia es una empleada de supermercado que termina como madrecita reencarnada de los descamisados, los piqueteros y los desesperados, como líder queer (zoofílica) y aceptando (esta vez sí) la candidatura a la vicepresidencia (para Cucurto, si Evita viviera, sería repositora, cartonera o una chica como Fer). El personaje público de Fernanda también fue modelado por César Aira, fan confeso y cercano a las chicas Belleza y Felicidad, en Yo era una chica moderna (2003), la bío truchada de una joven paracultural, un revuelto con los mitos sobre Fernanda (sexualidad ambigua, reviente constante, locura e imprevisibilidad) comprimidos en un yire alternativo de sábado por la noche. Laguna fue una de las tres neuronas motoras (junto a Gabriela Bejerman y Cecilia Pavón) de Belleza y Felicidad, un espacio de arte que supo minar el panorama de una década de lo más infame y disparar sus bombas contra: los cánones, el buen gusto, las leyes de cortesía y del control. En el ’98, Fernanda y Cecilia fundaron B y F, que primero fue sello editorial, copiando una modalidad de circulación marginal nacida en el Brasil de los ’60 (la literatura de cordel: folletines colgados de una soga que se vendían junto a otras chucherías kitch). Combatieron el snobismo del circuito oficial a fuerza de cumbia, punk, chatarra sorprendente, indisciplina, lecturas colectivas, artistas homeless, fanzines y fotocopismo –práctica tan marginal como universitaria–. Importándolo todo de Brasil y mezclándolo con lo propio, B y F fue un estado de fiesta interminable y efervescente.

Desde entonces, Fernanda (en todas sus facetas) recibe tantos ensalzamientos como acusaciones: de frívola, de ejercer un tortillerismo tibio, de haber traicionado (por simplona) al neobarroso que le dio de mamar. Sus primeros poemas que aparecieron (antes incluso de la existencia de B y F) en una revistita artesanal (Nunca nunca quisiera irme a casa) muestran, ya desde el principio, una fachada de espontaneidad con un tono tan coloquial como trabajado. En el 2002 fundó, junto a Washington Cucurto, Javier Barilaro y otros, Eloísa Cartonera, cuyo estilo editorial, nacido lumpen tercermundista, ahora es exportable y objeto de fascinación, estudio e imitación en el primer mundo. En el 2003, B y F abrió una sucursal en Villa Fiorito en una de las habitaciones de un comedor para niñxs y abuelxs. Y ese espacio, que empezó con muestras y talleres de pintura para chicos entre 3 y 12 años, pronto tendió lazos con la Escuela N° 49 para formar un secundario con educación artística integral. Este año ese proyecto celebra diez años: “Ahora reabrimos la Galería Belleza y Felicidad en Fiorito. Para mí es una alegría total. El espacio nuevo me inspira mucho y tiene esa cosa de lo indomable que me encanta y me cuesta y me apasiona. Estamos armando un calendario con la gente del barrio”.

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