interZona

Fantasía y poesía en un viaje al Japón ancestral

Lafcadio Hearn, Kwaidan. Historias y estudios de cosas extrañas, Interzona Editora, 2025

En una cuidada edición -muy bien traducida por Carlos Gardini- tenemos, nuevamente, la oportunidad de introducirnos en el maravilloso mundo del antiguo Japón a través del la obra de Lafcadio Hearn (1850–1904). Este escritor, traductor y periodista grecoirlandés fue reconocido por ser uno de los primeros divulgadores de la cultura japonesa en Europa y América. Viajó por primera vez a Japón en 1890 como corresponsal y, tras nacionalizarse y casarse en ese país, adoptó el nombre japonés Koizumi Yakumo. Si bien Kwaidan. Historias y estudios de cosas extrañas -la obra que lo hizo célebre- suele ser considerada una recopilación de leyendas y cuentos de fantasmas tradicionales japoneses, es mucho más que eso.

En primer lugar, la obra pone en tensión la distinción entre original y copia. Y nos lleva a cuestionarnos si estás maravillosas versiones de textos tradicionales japoneses -el autor brinda varias veces interesantes datos sobre las fuentes- pueden ser considerados, en alguna medida, obras originales de Hearn, ya que su prosa es de una belleza sorprendente. Y esta nueva traducción al castellano no la desmerece en punto alguno.

Por otro lado, lo que hallamos en el libro no son las clásicas historias de fantasmas, sino, una cultura donde los espíritus están más vivos que los humanos con quienes conviven. Quizá, el tema principal sea la vida después de la muerte y la relación de los muertos con los vivos. Divinidades y seres mitológicos japoneses se materializan junto a las creencias religiosas sintoístas, taoístas y budistas de los personajes. En un entorno donde la naturaleza se llena de magia y los espíritus de los muertos se comunican de mil maneras con las personas vivas que amaron u odiaron.

De este modo, en el relato titulado Jikininki, un sacerdote eremita es metamorfoseado en jikininki, es decir, un duende devorador de humanos, como castigo por haber realizado los servicios sagrados con afán de lucro: “Y a causa de este impío egoísmo volví a nacer, inmediatamente después de mi muerte, como jikininki. Desde entonces estoy obligado a alimentarme de los cadáveres de la gente que muere en esta comarca”. En El secreto de la muerta, los familiares ven el espíritu de la madre en su antiguo cuarto, buscando algo entre sus pertenencias: “La cabeza y los hombros eran nítidamente visibles, pero de la cintura para abajo la imagen se esfumaba hasta tornarse invisible; semejaba a un imperfecto reflejo, transparente como una sombra en el agua”.

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