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Homenaje a Noé Jitrik: "Era un manantial de ideas y palabras"

Estuvieron presentes Jorge Monteleone, Luisa Valenzuela, Adriana Amante, Roberto Ferro, Alberto Díaz y Mario Goloboff, entre otros. Por Silvina Friera

La cálida sonrisa de Noé está todavía aquí. Se la distingue en la foto que registró el momento en que recibió el Doctor Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires por su destacada trayectoria como escritor, profesor y crítico. En el Centro Cultural Universitario Paco Urondo –que funciona en lo que fue el salón comedor y el salón de baile del Palace Hotel en la primera década del siglo pasado- profesores, investigadores, editores y amigos recordaron con admiración y afecto a Noé Jitrik, que murió el pasado 6 de octubre a los 94 años en la ciudad colombiana de Pereira. Estuvieron presentes Jorge Monteleone, Luisa Valenzuela, Adriana Amante, Roberto Ferro, Alberto Díaz y Mario Goloboff, entre otros. Desde la distancia enviaron textos la escritora mexicana Margo Glantz y el profesor y crítico uruguayo Pablo Rocca.

La mayoría eligió leer los textos que escribieron con la convicción de que ese gesto de concentración en la lectura permitiría amortiguar la emoción y la congoja. Martín Kohan y María Negroni escuchaban atentamente entre el público. De la familia estuvieron los hijos: Magdalena y Oliverio Jitrik. Celina Manzoni, Secretaria Académica del Instituto de Literatura Hispanoamericana (ILH) --que Noé dirigió desde 1990-- destacó su obsesión por constituir un lenguaje crítico. Jerónimo Ledesma, Secretario de Investigación de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, comentó lo que a muchos les sucedió con la longevidad y lucidez de Noé. “Yo tendía a dar por descontada la salud de su cuerpo, le asignaba ridículamente la inmortalidad. Siempre lo vi como un manantial de ideas y palabras; no había una palabra decorativa en Noé, su fluido verbal era como la andadura de un pensamiento”, subrayó Ledesma y confesó que en unas jornadas el año pasado él estaba muy agotado y le costaba concentrarse y lo vio a Noé “fresco como una lechuga”, escuchándolos a todos. “Ser escuchado por él era como lavarse la cara y ver las cosas de nuevo”.

Don de escucha

Beatriz Colombi, profesora e investigadora del ILH, destacó que los textos de Noé marcaron (y marcarán) a generaciones de críticos en América Latina. La profesora rescató el don de escucha de Noé. “Su actitud era siempre la misma; en el encuentro imprevisto estaba atento a cómo estaba el otro, nunca indiferente, nunca en otro mundo”, resumió Colombi y agregó que “el humor y la ironía eran constitutivos de su oralidad” y que la sociabilidad letrada “la enseñaba y la practicaba en cada ocasión”. La escritora mexicana Margo Glantz conoció a Noé antes del exilio en Ciudad de México cuando leyó el ensayo Horacio Quiroga: una obra de experiencia y riesgo. “Su verdadera pasión era la escritura”, señaló Glantz.

Jorge Monteleone, poeta e investigador del ILH, planteó que una palabra clave para pensar a Noé es incesancia. “Noé no cesaba; era una antigua fuerza, que incluso en momentos de extrema debilidad o desazón ejercitaba, porque su fundamento era el deseo. Y no apenas un deseo individual sino una verdadera política del deseo, que solo puede ser colectiva porque lo que no cesa, resiste”, explicó el investigador. “En cada actividad, con una atención incansable, allí estaba Noé. Se trata de aquella incesancia como política del deseo; es un acto amoroso, y es un acto utópico para nuestras culturas, y es un acto fundacional, y es una herencia, y es un legado”, enumeró Monteleone y terminó compartiendo una pregunta: ¿qué hacemos, Noé, qué hacemos sin vos? “No cesar, no cesar, no cesar”, concluyó emocionado. “Noé rehuía la muerte, la esquivaba con su vitalidad, su optimismo, con su manera de servir a los otros”, escribió Pablo Rocca, de la Universidad de La República (Uruguay) y aseguró que la juventud eterna de Noé permanece en una obra que parece “inagotable”. También se leyeron textos de Elisa Calabrese, de la Universidad de Mar del Plata; de Liliana Weinberg, docente en la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México); de Raúl Antelo, profesor en la Universidad de Santa Catalina (Brasil) y de César Valencia Solanillo, de la Universidad Tecnológica de Pereira (Colombia)

Adriana Amante, profesora e investigadora del ILH, trazó un recorrido íntimo de su relación a partir de un árbol de palta que ella tiene en su casa. La primera palta siempre era para Noé; pero por una poda “contrariada” el árbol se puso “errático” y eso lo inquietó al escritor, profesor y crítico. “¿Y las paltas”, le preguntó hace unos meses, preocupado por el quiebre de ese ritual que tenían. “Si no te llevo es porque todavía no hay”, le respondió Amante. “Ahora sí hay; estas semanas aparecieron las paltas en mi jardín, pero ya es tarde”, dijo con la voz quebrada. La última vez que conversaron ella había leído hasta la mitad Un círculo, no la había terminado. “No me lo reprochó Noé ese día, el último que nos vimos. Pero yo sí me lo reprocho”, admitió Amante.

Voluntad de trabajo

El investigador Roberto Ferro –que estaba en Pereira cuando Noé sufrió el ACV-- ponderó la amistad que compartieron con una anécdota sobre el último viaje. “Vas a tener que comprarte un traje, me pidió. Ni loco. Entonces, sonriendo, me dijo: pensalo bien, va a estar el rey de Suecia para entregarme el premio, no me vas a hacer quedar mal”, ironizó Noé sobre su hipotético Nobel de Literatura al que había sido postulado este año. Américo Cristófalo, exdecano de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, afirmó que Noé se regía por el estatuto de la conversación y que esa es una de las grandes enseñanzas que dejó. “La inteligencia de Noé era ensayística y también conversacional”. Mario Goloboff, de la Universidad Nacional de La Plata, retomó la idea de incesancia que postuló Monteleone. “Noé era un hombre que no cesaba de pensar; pensaba constantemente, se levantaba pensando, se acostaba pensando, tengo la impresión de que dormía pensando y soñaba pensando, si bien me contó algunos sueños que son como los de todos. Se nos hace difícil admitir la ausencia de Noé porque personas como él con su bondad, su inteligencia, su energía y su generosidad crea en torno suyo un aura de inmortalidad”.

La escritora Luisa Valenzuela, presidenta emérita del PEN Club, ponderó la obra de ficción de Noé. Su deslumbramiento empezó en 1997 con Mares del sur y llegó hasta la más reciente, Un círculo. “Noé no se cansó de explorar zonas de la fascinante ambigüedad. Te lo doy y te lo quito, permitiéndote así ver el reflejo de las cosas y los seres, su secreta reverberación. O, para citar a Baudrillard, la transparencia del mal que trasluce tras todo ser, sólido solo en apariencia”. Alberto Díaz fue el editor de Historia crítica de la literatura argentina, una colección fundamental de doce volúmenes que dirigió Noé a lo largo de dos décadas. Lo conoció en 1971, cuando le publicó en Siglo XXI El fuego de la especie, seis ensayos sobre escritores argentinos. Se reencontraron los dos en el exilio en México y en los años 80 regresaron a Buenos Aires. Díaz publicó varias novelas de Noé en Emecé. “Llevo 52 años en el oficio de editor, he publicado más de 5000 títulos y puedo asegurar que nunca conocí a un editor de colección con la obsesión y la voluntad de trabajo de Noé”, confirmó Díaz sobre la experiencia con Historia crítica de la literatura argentina y detalló que en Pereira estaba trabajando en una historia crítica de la literatura colombiana a imagen y semejanza de la argentina. “Hay que ser optimista y tener fe para hacer lo que hacía. Así era Noé y quiero agradecerle por haberlo conocido”, expresó el editor al borde del llanto.  

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