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Juan Carlos Kreimer y algo así como el diario de un destierro punk

Dos nuevos libros del autor de Bici Zen. Uno de ellos es el registro de sus años en Londres en los 70.

En los inicios de la década de 1980, un libro circuló en fotocopias entre ilusos y conversos. Un texto, la leyenda decía, escrito por un español sobre una subcultura juvenil que estaba dando sus primeros pasos en la Argentina de la primavera alfonsinista. Punk, la muerte joven, editado en 1978 por el sello catalán Bruguera, tenía autor aunque este era un exiliado argentino en la capital inglesa en 1976. Un escritor en busca de una historia. O una historia que estaba palpitando en otra.

“En el 76 escribo en Londres Señor de ninguna parte sin la menor sospecha de que mi bad-trip está tan generalizado. Dejo que salga tal cual sale, sin darle forma literaria, que el virus me vaya llevando como mi deambular por los barrios”, rememora Juan Carlos Kreimer, de él estamos hablando, en esa marmita de recuerdos, lecturas, notas y enseñanzas que es Prosa caníbal (Interzona, 2018), un abordaje de su vínculo con la escritura (“prosa transgénero” la califica), que esconde también una relación iniciática con la empleada de la casa de sus padres.

“–¡Es una mierda! –dice Esther Tusquets–. ¡El librito de ese beatnik porteño es una mierda!”, leemos más adelante. Cuarenta y tres años luego de ese juicio tremendista, aquel “librito” acaba de ver la luz en una edición que le hace honor a la ética DIY (hazlo tú mismo): letra esculpida en máquina de escribir, encuadernación estilo fanzine. Se titula De ninguna parte (el “Señor” original, voló) y dio pie en ese momento al encargo de Ute Körner, editora de Bruguera: investigar qué estaba pasando atrás del decorado del “librito de ese beatnik porteño” que se codeaba con el bajo fondo londinense (o la realeza del punk naciente). Después, la epopeya: Punk, la muerte joven cuenta hoy con cinco reediciones.

Hay que decir que De ninguna parte, que no fue pasado a la hoguera como su primera novela Con el sol al cuello (1965) –a la que Miguel Briante saludó con beneplácito–, terminó en la basura. Había una copia en carbónico pero se extravió. Hasta que en 2015, ¡sorpresa!, se produjo la aparición de los borradores de De ninguna parte en una caja enviada desde Londres por una amiga. Una noche de 2018, el hacedor del taquillero Bici Zen –Planeta, 2013; con dos reediciones en la Argentina y una en España; traducido al inglés, francés, italiano, turco, ruso y alemán, y hay previstas en portugués y holandés– se puso a pasar esa suerte de diario del destierro en su notebook.

De ninguna parte es la llegada de un náufrago a un paraíso descolorido: arriba a Londres pero a lo sumo puede trabajar como lavacopas. El dinero se le acaba enseguida y las casualidades hacen que se cruce con Alex Trocchi, ex situacionista, conocido como el “Burroughs escocés”, cuyo hijo Gary (1946-1976), voz de STP, lo introduce en el zeitgeist del punk. Son los días previos al golpe cívico-militar en nuestro país. No es un exiliado político, sino un hombre que se escabulle de sí mismo: “Huí para escapar del personaje que me había creído y hacía creer a todos”.

Además, el narrador de De ninguna parte es alguien fuera de lugar: “Para los compañeros del diario yo era un traidor a la causa, no quería participar de ninguna organización”. Si bien no tan convencional como sus colegas, “para los rockeros y reventados yo también era un tipo de otro palo. Alguien en quien no se podía confiar. De careta a batidor hay solo un apriete”.

Esa tensión que atraviesa De ninguna parte, se desplaza y avista en varios de sus textos –desde sus novelas El río y el mar (Del Nuevo Extremo, 2007) y Todos lo sabíamos (De la Flor, 2008) a otro texto pionero como Agarrate! (Galerna, 1970)––: es la incomodidad del que encuentra belleza en medio del desastre o las sombras. Alguien que en verdad miente pero para que la realidad sea mejor. ¿Esther Tusquets tenía razón?

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