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La libertad de Berger

Por Leonardo Sabbatella.

John Berger escribe como si el vocabulario no bastara. La lengua no guarda la palabra específica que necesita y por eso se ve obligado a trazar una novela que ocupe esa falta inicial, fundante. Así está construida su obra y La libertad de Corker no es la excepción. 

Se trata de un Berger en busca de formas narrativas corridas de lo tradicional, como en cierta manera nunca dejaría de hacer, que en este caso cruzan elementos del parlamento teatral, del fluir de la conciencia y de la tensión entre narrar y describir para la cual, con los años, se volvería un experto. En esta segunda novela del autor inglés, editada en 1964 y reeditada ahora por Interzona, el lector asiste a los desfasajes entre aquello que el protagonista piensa y lo que dice. O, mejor aún, entre lo que hubiera querido decir y lo que finalmente manifiesta en voz alta. No sería desacertado considerar que esa relación conflictiva sea una pequeña metáfora de la escritura, de las resistencias entre lo que se quiere decir y lo que finalmente se escribe. Si algo ha demostrado Berger es que no es un autor ingenuo. 

Corker es un héroe antiguo y menor, como han sido casi todos los héroes de la novela del siglo veinte. Aquellos que, cada uno a su modo, son parte del linaje de Bartelby; hombres que prefieren replegarse y no participar de las presiones sociales. No se entrega a la lucha por algo, sino que su triunfo parcial y privado es la renuncia. En este caso, a presenciar el sufrimiento de la hermana. Imagina Corker que dice: “El derecho de un hombre a ser, el derecho de un hombre a alejarse del sufrimiento, el derecho de un hombre a vivir donde quiera y como quiera –entusiasta, esperanzado, curioso, abierto a las experiencias–, el derecho de un hombre a volver a empezar”. La libertad de conseguir un nuevo año cero en la vida. 

La obra de John Berger se encuentra trazada por dos obsesiones oblicuas: el trabajo y la imagen. A lo largo de sus libros, como si se tratara del código genético de su escritura, se repite la pregunta por la reproducción material (tema subterráneo en la trilogía De sus fatigas, que emerge hacia el final con un breve ensayo sobre la vida en el campo) y por el comportamiento de las imágenes, herencia del Berger crítico de arte que no pocas veces se ha preguntado por fotografías o pinturas de trabajadores. En La libertad de Corker se encuentran estas dos dimensiones bajo la forma de una agencia de empleo, en donde entrevista personas desocupadas (las conversaciones rozan lo desopilante) y una exposición sobre una serie de diapositivas de la ciudad de Viena, que combinan la rareza histórica con el diario de viaje. Un lector que no supiera quién es el autor del libro no tardaría en adjudicárselo al escritor inglés debido a ese puñado de páginas que lo dejan al descubierto: es un Berger auténtico. 

El contrapunto de Corker y quien lo mantiene a flote es Alec, un joven compañero de trabajo con el que mantiene una relación mezcla de amistad y tutelaje. La novela empieza con Alec y su atípico procedimiento de registrar mentalmente todo lo que sucede en la oficina. 

Aunque no se trata de uno de sus mejores libros –quizás no haya nada más difícil que escribir una segunda novela–, bastan las primeras páginas para que el lector sepa que Berger ha sido desde los primeros textos un autor implacable. Así lo prueba su disruptiva novela debut Un pintor de hoy.      

Especie en extinción, John Berger es de los escritores (¿o quizás deba decirse de los artistas?) que no se han contentado con una sola disciplina. Practica con igual sensibilidad, con la misma mano, la novela y la poesía, el dibujo y la pintura, el ensayo y la crítica de arte. Quizás por tratarse de un escritor dibujante (como también lo fue Bruno Schulz, con quien guarda una afinidad indirecta) sea que Berger traza una imagen propia e insondable de todo lo que toca.

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