interZona

La mancha roja

Por Luisa Valenzuela

EL CUENTO POR SU AUTOR

Soy de la raza de quienes encaran la obra literaria sin un plan preconcebido, sin hoja de ruta. Una palabra o frase, una idea, un atisbo de algo pueden ser el disparador para ir avanzando a ciegas en pos de la trama, dejándome llevar por las palabras, el ritmo, la respiración de la prosa.

Pero para mi sorpresa a este preciso cuento lo vislumbré completo, dando origen al más sagaz de mis protagonistas.

Mi intriga por saber de dónde surgen las historias y sobre todo los personajes que se nos aparecen como por generación espontánea viene de lejos. Tales personajes, al revés de los humanos, podrían decir “hoy no estamos, mañana estamos”. En general surgen por la mañana temprano, al despertar, como emergiendo de un sueño coherente que no tuvo lugar.

Sin embargo siempre supe que para escribir un verdadero policial, ya sea cuento o novela, se necesita conocer el desenlace y narrar hacia atrás. Como soy adicta a las sorpresas, a la espeleología interior, el sistema se me hacía aburrido y acababa descartando los resultados.

Hasta “La mancha roja”, que me llevó a otro nivel de la escritura.

Porque el ex comisario Masachesi, de castellanizado apellido, no se limitó a permanecer en esta única escena. Fue creciendo sin que yo lo registrara, y en una mañana de junio 2021 me entregó de regalo una muy posible solución a la muerte más emblemática y falsamente enigmática de nuestro país, esa muerte que tuvo lugar en un cuarto de baño cerrado, en un departamento ídem. Pero me impuso, antes de largarse a detallar su deducción, que yo narrara parte de su vida. Así nació mi muy reciente novela, Fiscal muere, cuya deuda con este cuento queda saldada aquí.

LA MANCHA ROJA

Raro que a un comisario le interesen las artes plásticas, por más retirado que esté. Pero Masachesi era así, un tipo raro a decir de sus colegas o más bien fiel a sí mismo, cosa rara en la fuerza. Por eso aceptó un retiro temprano, cuando ya no pudo dedicar su tiempo a investigar los crímenes en su seccional, de eso se ocuparía la flamante “policía científica” que eran unos fatuos bastante inoperantes, y él, el comisario más respetado, debía poner todo su empeño en reprimir a los manifestantes. Se sintió indigno y sucio y aceptó la media jubilación que le ofrecieron con tal de sacárselo de encima. ¡Chau Respetado! lo saludaron sus colegas con cierto desdén y algo de afecto cuando él se despidió de la comisaría para siempre.

Pero para siempre no, entendió esa misma mañana cuando leyó en el diario que acababan de abrir una galería de arte casi frente a su antigua seccional, y allí exponía un talentoso pintor hiperrealista oriundo del barrio.

Masachesi vió su oportunidad. Más de una vez había intentado llevar a su querido nieto Ismael de visita a diversas galerías y museos, y el chico se había resistido como gato panza arriba según propias palabras. Ahora no se resistiría, tenía el señuelo perfecto. Irían a la galería, sí, y prometé no hinchar diciendo que te aburrís, mirá bien los cuadros, tratá de interesarte y en premio te llevo a la comi a saludar a los muchachos y les podrás preguntar lo que quieras y hasta ver de cerca un arma reglamentaria. Porque el pequeño Ismael, de decididos siete añitos, no quería ser pintor, no. Quería ser comisario como su abuelo, ¡porca miseria!

Grandes cuadros gigantes, hiperrealistas, como gigantografías. Ese viernes por la tarde, Masachesi de traje y corbata e Ismael con su mejor jean y su peor expresión iban avanzando lentamente por la galería, deteniéndose ante cada obra, el abuelo queriendo compenetrarse mientras el nieto miraba para otro lado buscando una vía de escape. Hasta que llegaron a una pintura asaz macabra con un cartelito que rezaba El crimen perfecto, óleo sobre tela. A Masachesi le indignó el título del cuadro, esa cosa no existe se dijo, no hay crimen perfecto, y no le prestó atención a la imagen habiendo visto tanto de eso en la realidad. Pero Ismael, que jamás habría visto nada parecido en la realidad, sólo quizá un atisbo de algo semejante en su calenturienta imaginación de niño proclive al detectivismo, se quedó mirando a la mujer despatarrada sobre la cama, un brazo colgando en el vacío, enteramente vestida con pollera verde a cuadros blancos y amarillos algo arremangada pero no demasiado y una blusa blanca con cuello y puños amarillos, pintados con lujo de detalles que hasta al pequeño Ismael le resultaron admirables. Pero lo que en verdad le llamó la atención, lo que lo dejó clavado en su sitio un poco temblando y tratando de entender algo que no podía discernir, era esa vibrante mancha roja que chorreaba del cuello de la mujer y corría a lo lago de su brazo hasta empapar el piso. El piso del cuadro, naturalmente. Y quedó como hipnotizado ante esa mancha, tan roja y brillante. Tan viva.

A pesar de sus escasos siete años recién cumplidos – pero eran años con grandes aspiraciones- Ismael entendió perfectamente que se trataba de sangre, sangre que seguía manando como aquella vez que se cortó con una hoja de papel la yema del dedo gordo y no había forma de parar el chorro. Rojo, rojo, rojo. Entonces el cuadro pintaba un asesinato, y un aspirante a comisario-detective no podía ignorarlo. Un crimen perfecto, es decir nunca develado, ¡vaya desafío!

Ante la mancha roja el chico parecía haber perdido la noción del tiempo. Su abuelo también. En la otra punta de la sala conversaba vivamente con la galerista. Ella había reconocido al viejo comisario de su infancia, un hombre que decía estar al servicio de los vecinos, nada que ver con el que vino después que más vale mantenerlo a distancia y sobre todo ahora con lo de la galería que vaya una a saber qué inconveniente podía encontrarle al local para sacar alguna tajada. Por suerte el pintor era hombre de raigambre en el barrio, y el nuevo comisario que ya llevaba sus buenos años en el puesto conocía bien al pintor y hasta lo respetaba, a su manera y sin relación alguna con las sutilezas del arte.

Esta última frase, sin mentar al comisario actual, la repitió la galerista cuando estuvo una vez más frente a Masachesi. ¿Sutilezas? inquirió Masachesi más sorprendido que otra cosa; parece algo brutal este pintor, tan frontal, tan imponente. Me pregunto de donde saca tanto realismo.

Hiper-realismo, le corrigió la galerista, y rió, y le contó al ex comisario que el maestro se inspiraba en fotos, y bla bla, mientras Ismael los miraba de reojo. Cuando notó que nadie lo estaba observando estiró con temor la mano, un dedo, hasta rozar la mancha roja, ese imán. Y el dedo le quedó manchado de rojo, y se acordó de Barbazul y la llavecita teñida de sangre y se pegó el susto de su vida, y cuando intentó refregarse el dedo manchado de rojo en el jean azul no pudo limpiarlo y así, con la mano cerrada en el bolsillo, se acercó cabizbajo a su abuelo.

Masachesi dejó a la galerista para atender a su nieto que parecía enormemente preocupado, y no habiendo sido comisario en vano le preguntó qué escondía en esa mano y el chico dijo nada, claro, porque en realidad no era nada, era algo mucho peor que nada y Masachesi lo entendió y le tuvo compasión y dulcemente le abrió la mano para ver ese dedo teñido de rojo. Óleo rojo, como sangre, y entendió algo sin entender muy bien y se dirigió al cuadro que había llamado la atención de su nieto.

¿Recién pintado? se preguntó pero por supuesto la respuesta era negativa. Los cuadros llevaban ya dos semanas colgados, se lo acababa de contar la galerista, y todo el resto parecía seco aunque esa mancha roja vibraba con el esplendor de la frescura. Como por sorprendente que eso parezca no había quedado huella alguna del dedo del niño en la obra, Masachesi a su vez se permitió el lujo de contemplar el cuadro con detenimiento. Y la escena si bien para él poco inquietante dada su vida anterior, igual le llamó la atención por resultarle curiosamente familiar. El colorido de la indumentaria de la víctima sobre todo, más llamativo aún para él que la mancha roja que parecía fresca y lo estaba. ¡Tan realista todo! Hiper-realista, se corrigió, pero no era eso. Vio que su conocida estaba atendiendo otros visitantes así que permaneció frente al cuadro, contemplándolo a fondo mientras esperaba poder hablar con ella.

A Ismael le gustó que su abuelo se interesara por lo que a él le había llamado la atención, y sintió que al lado de su abuelo el miedo que había sentido frente a esa imagen y que recién empezaba a reconocer como tal, un miedo de cosquillas no del todo desagradables, se iba disipando, dejándole tan sólo la curiosidad.

La mancha roja en su dedo gordo sin embargo le devolvía la inquietud. Atinó a olerlo con disimulo, a pasarle muy levemente la lengua, y no era sangre, no; tenía olor y gusto a aceite, asqueroso eso sí.

Por su parte Masachesi, olvidado de su nieto, se preguntaba qué carajo tendría esa imagen que tanto lo interpelaba, hasta que logró recordar aquel remoto crimen, a pocas cuadras de allí si no se equivocaba, en tiempos cuando todavía no existía la palabra femicidio. Pero el asesinato de mujeres sí que existía desde siempre.

Y le llegó un sabor amargo, no a las papilas gustativas sino al corazón, quizá, o a esa región del cerebro donde se apilan las frustraciones. Porque a él le habría tocado resolver el tal crimen perfecto de no haber sido por el cambio de carátula o lo que fuere que lo dejó lejos de todo detectivismo. Y varias cosas le llegaron a la mente en el instante en que la galerista se acercó para preguntarle por qué se sentía tan atraído por la escena más truculenta de toda la exposición, si bien ella entendía que, claro, tratándose de un comisario aunque fuera retirado, la escena le resultaba realista. Híper, que le dicen.

¿No se acuerda usted? le preguntó él pero claro, ella era demasiado joven en aquel tiempo, aunque el barrio entero se había sentido conmocionado por lo que entonces se llamaba un crimen pasional, si bien no había candidato alguno a quien imputarle la tal pasión. Peor aún, había demasiados candidatos. Porque la joven ataviada a la sazón con la pollera verde a cuadros, tan llamativa, había sido -a decir del barrio- una casquivana. Y más también, al menos así lo entendió el investigador a quien le tocó el caso. Casquivana a sueldo, en pos del mango, alguien desdeñable. Pero por más puta que fuera, entendió en aquel entonces Masachesi, no merecía una muerte así, tan atroz. Ninguna muerte merecía en realidad esa joven que después de todo era pulcra y discreta, y si bien andaba con quien fuere no hacía escándalo y respetaba la apariencia, sí, la tranquila apariencia del barrio. Pero los “científicos” no se esmeraron en demasía, indagaron a los posibles sospechosos -muchos menos de los que se suponía había pasado por ese cuarto de pensión-, pero tampoco se trataba de alborotar el avispero y mancillar el buen nombre y honor de probos padres de familia que bueno, una canita al aire se la tira cualquiera. Y ahí quedó la causa, durmiendo el sueño del los (in)justos a decir de Masachesi que no se desveló por eso pero sintió que algo andaba mal en la repartición, qué le vamos a hacer, pero no le correspondía a él meter allí sus narices.

Vio qué excelente pintura, qué vívida es la escena, le dijo la galerista trayéndolo de regreso al aquí y ahora. Parece que nos estuviera hablando, agregó la galerista. Está muerta bien muerta, le contestó Masachesi que no iba a perder su buen criterio ni siquiera en aras del arte. Pero algo de razón tenía la galerista porque hete aquí que la pintura roja, esa chorrera de sangre, estaba fresca y seguía manchando por así decirlo. Y lo dijo, y se lo dijo a la galerista con aire inquisidor. Algo debía averiguar ya que si bien se había compenetrado en aquel entonces del crimen y hasta había visitado la escena, la lejana pesquisa finalmente no estuvo a su cargo.

¿Cómo es esto de la pintura fresca? preguntó, sin delatar al nieto que estaba frente al ventanal viendo pasar a la gente.

Ah, dijo la galerista con orgullo; un hallazgo, una genialidad del maestro que para lograr este efecto tan impactante consiguió producir un óleo que no se seca más.

Impactante por cierto, masculló el ex comisario asumiendo poco a poco su viejo rol casi olvidado; me pregunto de dónde habrá sacado la imagen tan exacta.

Puro talento del maestro, insistió la galerista; la fórmula de la pintura siempre fresca la mantiene en secreto, pero lo otro no. Me contó que las imágenes son copia fiel (¡y admirable!) de viejas fotografías, generalmente aparecidas en los periódicos. Esta, me contó, la recortó de un viejo diario de escándalos, prensa amarilla que le dicen. El diario se llamaba La Hora, puede que usté lo tenga presente, ahí salió la foto del crimen impune. Muy impresionante, hasta mi mamá la comentaba en ese entonces, me dijo mi mamá ahora, recordándola. Tal cual la pintura, la foto. O viceversa.

Lindos colores, dijo entonces Masachesi. Y muy muy exactos, demasiado exactos, comentó como para sí aludiendo a los colores del atuendo de la mujer en el cuadro, no en esa foto que de golpe le volvió a la memoria, la foto del diario impreso en blanco y negro.

Y ahí entendió todo.

El tercer cuerpo, de Hélène Cixous: Una compleja red de escritura, que crea, como un acorde, un “tercer cuerpo” a partir de los cuerpos entrelazados de la narradora y su amante.