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No se sabía lo que pasaba

"Estaba solo, la música continuaba y creaba una atmósfera melancólica, evocaba algo olvidado pero que se quería recordar": entrá en La vuelta incompleta, gentileza de Interzona.

Quien podría observar lo que estaba a punto de ocurrir en ese lugar, todavía indefinido, es un ser, así puede ser considerado, virtual pero imprescindible, eterno, nacido con la narración misma en tiempos remotos y siempre activo,  el llamado narrador, impotente para actuar pero con ojos bien abiertos, capaz de interpretar, intuir, conjeturar y hacer que otro, un ser de carne y hueso, recoja todo ese conjunto y lo ponga en palabras. Pero ¿quién dice lo que hace el narrador y cómo se comporta? Es difícil decirlo y tampoco importa: importa cómo está empezando a actuar frente a lo que estaba a punto de ocurrir. Y lo que estaba a punto de ocurrir era en principio algo trivial, un hombre, no se sabe todavía quién es, puso en movimiento un aparato de música que emitió una vieja canción francesa –“No recuerdo más un pobre baile perdido”– que llenó el ambiente, y luego, sentado junto a una mesa muy pequeña y en disposición de comer, llevó a la boca la primera cucharada de una sopa y, por el gesto que hizo, debió haberle sentido un gusto raro, apenas desagradable, no como si la sopa estuviera fermentada o demasiado condimentada, sino algo indefiniblemente desconocido pero que no lo inducía a un rechazo terminante.

Todo eso, conjetura el narrador, debe haber estado ocurriendo pues, sin dar importancia a esas sensaciones, el hombre siguió comiendo al mismo tiempo que lo iba oprimiendo, se veía, algo que pesaba en las vísceras. Estaba solo, la música continuaba y creaba una atmósfera melancólica, evocaba algo olvidado pero que se quería recordar, era mediodía, y la comida, podemos presumirlo, en la mesa de cocina, sin más elementos que un plato, unos cubiertos, una panera, un vaso, una botella medio llena de vino, no sería un ritual cuyas reglas fueran de una gran comida, de modo que cuando concluyó y se levantó las piernas le fallaron, las fuerzas lo abandonaron y casi enseguida después, despacio, controlando el deslizamiento, como si pensara que apresurándose podía caer, golpearse y que algo se le quebrara, terminó en el piso y, a continuación, la respiración se le hizo ansiosa y entrecortada, la laxitud avanzaba e iba alcanzando a todo el cuerpo, “me muero”, se dijo, con dramatismo o no, no puede saberse, “me envenenaron”. ¿Se le habrá ocurrido, después de una afirmación tan dramática, pensar en las últimas palabras que a todo moribundo, como si lo consideraran un testigo privilegiado de un más allá desconocido y temido, se le piden o se le presentan en la inminencia de la muerte? Imposible saberlo, nada añadió a la anterior declaración, bastante pobre, y si pensó algo no lo expresó. La canción, como si no quisiera acompañar un momento tan definitivo, cesó.

En tal situación, se le podía creer, ¿quién?, o se podría dudar de su afirmación, era muy pronto para verificar si se estaba muriendo o no; además, como no se podía decir quién era –el narrador podría atribuirle un nombre y describir una personalidad y hasta una causa de lo que le estaba sucediendo pero no lo hacía– para que se pudiera ¿quién? entender lo que le estaba pasando y sobre todo por qué le estaba pasando, la inmovilidad del cuerpo parecía haber detenido el tiempo en armonía con el silencio que empezó a reinar pesadamente contaminando el ambiente.

Pero, ¿quién sabe? También podía ser que todo fuera una actuación y la escena descripta un acto teatral y, en consecuencia, que la frase que desencadena esta situación estuviera dirigida a un público que, instalado en alguna platea, se emocionaría o no, en el teatro siempre hay una búsqueda de efecto que es como una nube que se tiende entre quienes actúan, en ese caso un actor muy particular, o sea un presunto muerto, y ese público, en este caso ausente. Pero no se trataba de eso: el muerto, o al menos el envenenado, estaba solo en su modesta cocina –información primera sobre el lugar de la caída– y lo que había dicho, casi en un suspiro, no tenía receptores que quisieran aplaudirlo entusiasmados por una presunta y brillante representación. Si bien, por lo tanto, no era una escena teatral, era sin embargo indudablemente una escena, lo cual siempre es bueno; muchos relatos se desencadenan a partir de una escena, esto parece ser una ley narrativa, aunque hay muchos que prescinden de escenas y eligen otros modos de comenzar: esta escena tenía lo suyo, y no poca cosa, nada menos que un muerto, o tal vez muerto, en su propia casa, no es para desdeñar, suscita muchas posibilidades, parece necesario saber qué puede pasar después de eso, pero, por el momento, nada.

El hecho es que no había nadie cerca y la frase, como tantas que se emiten en soledad, no tenía otro destinatario que el que la emite, en este caso destinada a convencerse de lo que estaba ocurriendo. Nada lo indica y todo podría terminar en ese preciso momento pero el hecho de un muerto, y súbitamente, no suele quedar así nomás, un muerto no se disipa, es convocante, habrá que ver lo que puede pasar, de modo que lo prudente es esperar, nada más: si se descarta que algo del exterior tarde en venir, o no venga definitivamente para producir una variante, el relato no podría progresar, el relato de entrada estaría tan muerto como el sujeto que acababa de declarar que lo habían envenenado. Por lo tanto, a menos que se trate de una de esas situaciones de catástrofe en las que un sobreviviente sabe que no vendrá nadie a rescatarlo o a acompañarlo, por una imperiosa ley narrativa, hasta inevitable, en un momento u otro, alguno pronto, sorprendido por lo que vería, otro tarde, aterrado por lo que vería, podrían llegar y encontrarse con ese cuerpo tendido, del que, porque lo conocerían, estarían en condiciones de decir, ¿a quién?, ¿a una emergencia médica?, ¿a la policía?, ¿a parientes?, quién era y acaso, pasada la primera sorpresa, preguntarse cómo había ocurrido lo que acababa de ocurrir.

Sin embargo, sin esperar a que esos presuntos o previsiblemente conocidos –muy poca gente en el mundo carece de todo conocido, casi nadie es huérfano de toda orfandad, algún conocido habrá– llegaran y descubrieran al hombre tendido, algo se sabe ya desde el comienzo; quien, pues entre sus atributos está el escuchar así como el ver, está recogiendo y escuchando sus palabras y razonando, porque eso sí lo puede hacer, sobre ese dramático hecho no es, como ya se señaló, un testigo de carne y hueso sino una abstracción que opera desde un lugar que ni la víctima, ni nadie, puede conocer; fiel a lo que ve y escucha lo transmite por medio de palabras, y lo seguirá haciendo, está ausente y presente al mismo tiempo pero en otro espacio, en otra dimensión, ésa es su función, no necesita tener cuerpo ni nombre, le basta en ocasiones con un mero pronombre, un yo explícito o un él implícito, para preocuparse por un cuerpo aparentemente muerto acerca de cuya identidad se hace alguna pregunta pero que empieza a existir con la primera frase y sólo sigue existiendo porque alguien al mismo tiempo lo está escribiendo en una curiosa simultaneidad, y lo autoriza a expresarse como si fuera un testigo dotado de voz, convincente y persuasivo, tanto que parece dirigirse a quien, gracias al que escribe, podrá informarse del hecho que está contemplando y que sin duda se ha de prolongar porque no es insignificante, la palabra “muerte” le confiere ese carácter, nada hay, al parecer, más significativo y narrativamente prometedor que esta palabra.

Se sabe, por lo tanto, que ese hombre estaba solo y que tomaba una sopa, lo que permite suponer que alguien, poco probablemente él mismo, la había preparado, poco probablemente comprado, no suelen encontrarse sopas en los lugares de comida por peso que abundan en las grandes ciudades de todo el mundo y a los que acuden quienes –es quizás el caso– tienen poco tiempo para cocinar, o no saben hacerlo bien. No se puede, por lo tanto, afirmar que el presunto muerto la preparó, ni quién la habría preparado. Esta pregunta surge naturalmente: lo cierto es que en algún momento había sido preparada pero no se puede saber quién ni cuándo puesto que no se sabe si la calentó al llegar tal vez de afuera y la sopa ya estaba ahí, o bien tanto él como la sopa ya estaban ahí, en ese punto el narrador no puede expedirse puesto que, como ya se señaló, empieza a existir con las primeras palabras del relato que afirman que la sopa estaba ahí. En todo caso, si en principio se trata de un esquema de modestia gastronómica, una mera sopa, lo que parece indiscutible, o por lo menos dudoso, es que si él mismo la hubiera preparado no habría puesto la sustancia que lo envenenó, en la suposición de que hubiera habido en la sopa efectivamente un veneno, afirmación incomprobable, además de que no basta con decir “me muero” para realmente estar muriendo por efecto de un veneno. Desde luego que no es imposible que el hombre hubiera podido poner un veneno por error, una persona poco experimentada en cocciones puede confundirse y creer que una sustancia blanca que está en una alacena es sal y la echa sobre la comida y resulta que no era sal, o de forma deliberada, eso se llama suicidio, pero tan radical y extrema decisión no condice con las últimas palabras que se destacan en el primer párrafo de la narración; nadie que quiere morir honestamente, o sea sin trampa, exclama, cuando por fin se muere, “¡me muero!”, salvo que a último momento se arrepienta y considere, desesperado, que todavía está a tiempo de volver atrás. ¿Pero se podría afirmar que quien estaba tirado en el piso había muerto? ¿Es necesario hacerlo? En principio podría hacerse puesto que, al mediar la mencionada declaración, no hay motivo para pensar que la muerte podía no ser tal, pero como no se sabe ante quién la emitiría hay que descartar esa idea porque no habiendo nadie más en ese lugar la frase tenía todo el aspecto de decírsela a sí mismo, lo cual le quitaba toda posibilidad de ser un mensaje o un llamado, pese al innegable dramatismo de la situación. Subsiste el hecho –la sopa en cuestión– de que si no la hizo él mismo quién habría querido envenenarlo y, desde luego, por qué, cuándo y cómo pudo ese otro hacerlo y, puesto que el relato comienza en ese mismo momento, no se puede saber si previamente hubo otras personas y que antes de que él llegara de afuera y se dispusiera a comer se retiraron: estaba solo, como se dijo, y disponiéndose a comer aunque no se sabe si había llegado de la calle un rato antes o siempre, o sea todo el día, había estado en ese lugar que, sin duda, era su casa.

Tal vez podría haber razones que explicaran por qué le había pasado lo que le había pasado aunque no se sepa nada sobre él: todo narrador que se precie describe pensamientos de los personajes que hace actuar o cuya actuación reconoce, y esa discrecionalidad es objetable, cómo puede saber eso, razón por la cual es mejor que prescinda de tal arrogante facultad. En cambio, acaso una mirada en el lugar podría proporcionar algún dato pero si, como se afirmó, estaba solo, cómo se podría recurrir a ello: el narrador no está autorizado a hacer nada más que observar y conjeturar, no a meterse en escritorios y en armarios donde tal vez podría estar la información que ese mismo narrador necesita para no dejarse llevar, justamente, por suposiciones y conjeturas. Sólo su mirada, sin embargo, era posible porque, como sobrevolando la escena, había sido capaz de ver cómo el cuerpo caía y así, aunque de manera somera, lo había descripto.

Lo mejor sería, no sólo para el presunto muerto sino también para el narrador, esperar a que llegara alguien del exterior para empezar a mover los elementos de ese espacio, al yacente inclusive, probablemente llamando a una emergencia médica, o bien reanimando él mismo, hombre o mujer, no se sabe todavía quién podría ser, al hasta ese momento cadáver. Y del mismo modo que el narrador había observado cómo un hombre dejaba de estar vivo para cambiar de situación podría observar qué reacción podrían tener quienes podían llegar a ese departamento y enfrentarse con una escena semejante.

El tiempo pasaba y el cuerpo no se movía, una atmósfera de pesada quietud se imponía en la cocina de un departamento como tantos. modesto y corriente, de dos habitaciones más un baño y esa cocina, con una ventana pequeña al exterior; una de esas habitaciones, como es previsible que ocurra, estaba ocupada por una cama, desarreglada, lo cual indicaba precedente sueño inquieto; a su lado una mesa de luz en la que había varios libros, señal de que el ocupante no desechaba opciones de lectura; un placar en el que debía estar la ropa, alguna silla y cajas o archiveros en el piso, en una acumulación que algo podría querer decir acerca del ocupante; qué habría en esas cajas, no es posible determinarlo; la otra habitación, del mismo tamaño, estaba dotada de un mobiliario propio de un lugar de trabajo, no manual sino intelectual, un escritorio, una computadora, estanterías obviamente ocupadas por libros y algunos objetos decorativos, quizás recaudados en viajes al exterior, alguna reproducción en una pared, algún impresionista, ninguna obra original. En suma, un departamento como tantos que hay en una gran ciudad: ¿ocupado por un escritor? Puede ser o no, hay escritores que detestan tener objetos y proclaman un ascetismo a prueba de tentaciones mientras que otros los aman, suponen que son necesarios para la creación, tanto como una buena luz o una buena silla o, ni qué decirlo, buenos diccionarios, bebidas estimulantes y tabaco de calidad.

No se sabe, pero de lo que no se podía dudar, considerando el ámbito, era de que se trataba de un esquema muy general en un país en el que un intelectual, académico, periodista o escritor, está condenado a la modestia, aunque en ocasiones orgullosa, que podría parecer antagónica de la tragedia que se acaba de describir; el narrador podría preguntarse, además, y por ese motivo, por el sentido que podía tener que un lugar así fuera escenario de un crimen, si es que, como lo exhibe impiadosamente el periodismo cada día, aunque desde luego apelando a un elenco bastante limitado de situaciones semejantes, las motivaciones para crímenes de ese tipo, si es que éste era un crimen, suelen tener por objeto personas de relevancia social, en cualquier aspecto mayor que la que se podía atribuir a alguien, no se sabe todavía quién es, que viviera en un lugar tan despojado, austero y reducido.

Vuelve el hechicero de la palabra: El lanzador de cuchillos, de Steven Millhauser