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"Las personas que defienden el veganismo nunca han pasado hambre"

El cubano Ernesto Hernández Busto publica 'Cerdos y niños', un manifiesto en favor de comer carne

Es muy difícil encontrar una línea fea en lo que escribe o traduce Ernesto Hernández Busto (La Habana, 1968) –la eufonía es marca de la casa–, y su último libro es buena prueba. Esta vez, además, contenido y continente se funden bella y precisamente: Cerdos y niños (Interzona) tiene una cubierta ilustrada con pliegues rosas que al tacto parece la piel de cualquiera de los dos.

Erudito sin aparentarlo, mérito de su amenidad, el pequeño volumen es una provocación: "excluir la dieta cárnica de lo humano con argumentos morales es olvidar el proceso que nos ha llevado hasta aquí". Comer carne nos hace, aun hoy, lo que somos. Punto.

Pregunta. Como origen del libro apunta usted la lectura crítica de Comer animales, de Jonathan Safran Foer, pero a la vez un viejo proyecto: recopilar todo lo que se hubiera escrito sobre el cerdo. ¿Dónde convergen ambas ideas? ¿De dónde surge este pamphlet, como usted lo define?

Respuesta. Cerdos y niños es en realidad los restos de un libro. Era un proyecto, como cuento ahí, mucho más ambicioso. Me pasé ocho años recopilando cosas sobre el cerdo, con la idea de hacer una especie de "volumen total". Fui acumulando y acumulando información y, luego, cuando me senté a escribir, me di cuenta que ese no era el libro que yo quería escribir. Preferí surfear por todo lo que ya tenía y tratar de sacarle a eso un provecho para que fuera más personal y menos mamotreto. También porque las prioridades cambiaron. La paradoja que centraba la primera idea –el animal que, siendo muy semejante a nosotros, incluso a un nivel científico que a veces no queremos reconocer, es al mismo tiempo el símbolo de cosas que negamos en nosotros: la lujuria, la suciedad– fue desplazada por una voluntad más polémica, la de ir en contra de un enfoque moralista, que incluye a Safran Foer, sin duda, pero que desborda la idea de la comida y se extiende hacia otras zonas, como el feminismo o la educación.

Preferí surfear por todo lo que ya tenía y tratar de sacarle a eso un provecho para que fuera más personal y menos 'mamotreto'. También porque las prioridades cambiaron

P. Algunos pasajes, como la reflexión sobre la figura de Circe, que convierte a los compañeros de Odiseo en cerdos y en la que algunos, modernamente, pueden ver a la víctima de una violación por el héroe pero que usted coloca en otro lugar, más sabio y más justo, recuerdan el afán provocador de Camille Paglia en Sexual personae, que arremete contra el feminismo hegemónico explicando la relación entre naturaleza y sexualidad, por un lado, frente al arte, el erotismo y la civilización.

R. Paglia consigue, a otro nivel, por supuesto, fundir esas dos voluntades: la del tratado – Sexual personae es un libro muy erudito, exhaustivo, con vocación académica–, y la denuncia, el panfleto. Yo me limité a un panfleto. Tenía muchos elementos para el tratado, pero es que es un tema demasiado vasto. Yo me limito a algunas evidencias fácticas que son muy difíciles de obviar. Suscribo la tesis de Wilson y de muchos otros antropólogos que demuestran fehacientemente que el consumo de carne animal y la aportación calórica y proteínica fue un factor esencial en la evolución humana.

P. Deja usted abierta una puerta cuando dice "a menos que las evidencias científicas nos demuestren que el sufrimiento animal sea equiparable al del ser humano", pero es tajante en la separación: convivimos con animales para ser comidos y, por ahora, pese a todo, el cerdo es la carne más consumida en el mundo y los niños, el gran tabú.

R. Por eso el libro se llama así. Mientras que el tratado original se pretendía llamar Hermano cerdo, para dar varios ángulos a esta relación histórica, este panfleto está más centrado en la educación, entendida en un sentido moral. Yo cito ese pasaje de los Vedas donde el principio educacional es justamente la aceptación de que en el mundo existen cosas. Existir es destruir, y el mundo se divide en dos: gente que come y cosas para ser comidas.

La crueldad es algo que está en nosotros. Es lo que trato de repetir una y otra vez con varias metáforas en el libro

A la vez me interesaba no excluir, en esa especie de hobbesianismo o nietzscheanismo que destila el ensayito, el tema de la piedad animal. Yo creo que se puede perfectamente comer carne y mantener una relación de piedad con el animal. El porquero, la persona que vive en el campo, que tiene una relación ancestral con el animal, no se plantea dejar de comer carne por el hecho de tener una relación diaria y cercana con el animal.

A la vez, tratar al animal como un igual, como demuestra un libro que menciono, Les animaux célèbres, de Pastoureau [donde se recopila pintorescas historias de cerdos juzgados por sus crímenes], no excluye la crueldad. Porque la crueldad es algo que está en nosotros. Es lo que trato de repetir una y otra vez con varias metáforas en el libro. La aceptación de eso es lo único que creo que puede abrir paso a una comprensión moral, más allá del complejo de culpa y la tremenda ofensiva que existe en nuestros días.

Y otra cosa muy interesante: el hombre que cazó por primera vez a un animal, que quiso dejar de ser presa, en realidad estaba imitando al animal que cazaba –se disfrazaba, se ponía pieles, se confundía entre ellos–. Ese acto, que solo ha sido visto como de suprema violencia, es en realidad un acto paralelo a lo más creativo del humano. El arte, el comienzo de lo que conocemos como arte, viene asociado justamente a la caza.

P. El hobbesianismo del que habla está presente cuando trata el tema de Cuba, a través de distintas referencias y distintas escenas, notablemente el cuento de Virgilio Piñera El caramelo: la guagua en la que todos se acaban "animalizando". Pasa en otros libros de usted, con profunda aspiración cosmopolita en los que, de pronto, aparece Cuba. ¿Cómo es su relación con la Isla, en su literatura y en su vida?

R. Cuba es mi circunstancia política. Algo que, a pesar de que llevo muchísimo tiempo fuera de Cuba [se fue en 1992 a México y de ahí, en 1999, a Barcelona, donde vive], no deja de estar ahí. Siempre que tengo que hablar de lo político como tema, aparece Cuba. Hay dos grandes huellas cubanas en el panfleto. Una es la idea del cerdo como el devenir de la muchedumbre política. Algunos amigos me reprochan que no incluyo Animal Farm [Rebelión en la granja ],    y no lo hice por ser demasiado obvio; el simbolismo del cerdo en Orwell es muy elemental, como de escuela primaria. Sin embargo, en el análisis de Piñera hay algo mucho más complejo: la metamorfosis de un pueblo, que es uno de los graves problemas políticos de Cuba. La otra huella cubana es el tema del hambre. Todos los análisis sobre el veganismo y la alimentación están hechos desde el primer mundo; responden a una realidad no solo estadísticamente minoritaria sino de privilegio: son de autores que no han pasado hambre, así de claro. Nunca se plantea el cruce entre el factor hambre y el factor moral que sostendría el veganismo.

P. Esas escenas de lo que pasaba con los cerdos durante el Período Especial en Cuba...

R. Eso que mucha gente considera una leyenda urbana, el cerdo que iban picando a trozos para que no se muriera y llamaban a veterinarios para que durara, no es ninguna leyenda urbana, está más que documentado. Y eso plantea la idea que yo menciono ahí en passant: hasta qué punto una sociedad con hambre puede tener discusiones morales. El hambre debió jugar un papel en la alimentación animal. No por gusto se llegó allí. En Cuba, por ejemplo, si tú no comes carne, no se considera que estás bien alimentado.

Todos los análisis sobre el veganismo y la alimentación están hechos desde el primer mundo; responden a una realidad no solo estadísticamente minoritaria sino de privilegio

P. ¿No siente usted que Cuba ya no importa tanto?

R. Todo el mundo lo sabe pero nadie lo quiere interiorizar. Es verdad. Es increíble la cantidad de artículos que se publican sobre, no sé, de Bukele y El Salvador, y sin embargo sobre Cuba, habiendo muchísimas más evidencias, no. Hay como un trauma simbólico, pero comparado con hace diez años, creo que sí se ha avanzado mucho. Recuerdo cuando empecé con el blog Penúltimos Días [en 2006, con la enfermedad que hizo apartarse del poder a Fidel Castro], la tremenda reluctancia de los medios mayoritarios a recoger cualquier versión de un exiliado. En cambio, la nueva generación lo tiene más fácil, porque ya son más aceptados. Ellos incluso ya no se identifican con el hecho mismo del exilio. Mi generación fue la última que trató de levantar un "puente de consuelo" con Miami. A la nueva generación no le importa nada eso, se va de Cuba simplemente para sobrevivir.

A los que tienen ahora entre 25 y 35 años, toda esa generación del 27N, los veo con cariño, pero no puedo evitar una profunda sensación de  déjà vu, porque vuelven a repetir una y otra vez las cosas que debieron haber quedado atrás desde hace mucho tiempo. Después de tantas polémicas, tanta literatura, ¿debatir si el socialismo sí o el socialismo no?

En fin, me duele que mi generación, que realmente tuvo una intención más aglutinante, y a mi juicio de mayor calado intelectual, se haya quedado como otras tantas de las generaciones perdidas.

P. Usted vivió la perestroika en la Unión Soviética y, ya en Cuba, a la caída del Muro, se unió al grupo de Paideia. ¿Cómo fue ese proceso de conciencia y de salir de la Isla?

R. El proceso es el de la decepción de alguien que había hecho incluso amagos –yo tenía 20 años en esa época– de encontrar una tercera vía, un socialismo democrático –eso está en las escrituras de Paideia–, y descubre el mundo real y el capitalismo como experiencia intelectual. La relación con el exilio también fue muy educativa. Gente que lo tenía todo en Cuba y tuvo que empezar de nuevo, que había sido gran figura en su país y tuvo que empezar a vender periódicos, o sobrevivir como pudiera, y consiguió levantarse y volver a crear una clase próspera. Eso fue una gran enseñanza moral, a la que yo no renuncio. Recuerdo todavía mi impresión cuando conocí a mis parientes que se habían ido al exilio en los 60: el descubrimiento de que existían cubanos decentes, que tenían una capacidad integradora, sentimental y de acogida que superaba cualquier pronóstico.

Gente que lo tenía todo en Cuba y tuvo que empezar de nuevo, que había sido gran figura en su país y tuvo que empezar a vender periódicos, o sobrevivir como pudiera

Esa generación, la generación de mis padres y abuelos que se exiliaron, ya prácticamente ha desaparecido. Existe en Miami, pero avasallada por las nuevas olas migratorias y, bueno, las acusaciones de trumpismo, de gusanera, etcétera.

P. Hace años, durante el deshielo de Obama, era usted muy pesimista, y decía que si Cuba llegara a ser una democracia, sería a la rusa, con la cúpula militar manteniendo todo el poder económico. ¿Ha cambiado de opinión?

R. Mi opinión sigue siendo la misma. Los lodos que recorremos hoy vienen de aquellos polvos. La apuesta de Obama fue funesta. A mí él, como proyecto político, me puede simpatizar o no, en cuanto a lo que representó para la historia de Estados Unidos, pero sin duda su política exterior fue fatal. Por mucho que Trump nos parezca un patán, que sin duda lo es, una de sus escasas virtudes fue reformular la política exterior de su país. Hasta el punto de que Biden ha tenido que aceptarla. La culpa del gran fracaso de cualquier reforma en Cuba gravita sobre los hombros de Obama.

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