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Señoras mayores / Un cuento de M. John Harrison

Tomado de Preparativos de viaje (Interzona) con traducción de Marcelo Cohen.

El primer matrimonio de Elizabeth la había vinculado a una rama remota de mi familia. Una vez, cuando yo era chico, nos había cuidado durante uno o dos años. Era una mujer sin color, muy bondadosa, que estaba siempre planchando y cedía a mi temperamento porque había vivido alguna tragedia que la familia no mencionaba nunca: un aborto espontáneo, la muerte de un bebé, una infidelidad. Al final de la madurez se hizo de golpe más delgada, más activa e independiente. El segundo marido le había dejado una especie de pensión.

Como sus amigas, llevaba el pelo corto, toscamente tijereteado. Eran todas vegetarianas, lo que les daba una energía de adolescentes. Usaban gabanes chinos acolchados, boinas escocesas amarillas y viejas polleras medio cuadradas que se hacían ellas mismas con una tela negra rara y elegante. (Cuando se sentaban, las rodillas les aparecían en ángulos sorprendentes.) Iban regularmente a la iglesia pero, para reprimida furia del vicario, no repetían las partes del credo que las humillaban. Creían en el poder del extracto de valva de mejillón y en el arribo inminente de un “Maestro” que vendría de Venus; creían que los aparatos militares que bramaban todo el día treinta metros por encima del estero iban a taladrar la atmósfera.

Tenían una inmensa fe en la gente.

–Yo no creo que esos cazas estén perforando nada –desafié una vez a Elizabeth.

–¡Pero claro que sí! –gritó ella–. Seguro que lo crees. Lo único es que todavía no te das cuenta.

La sugerencia me apremió a buscarle en la cara indicios de una ironía que de chico nunca había notado. Pero era la cara abierta de siempre. Simplemente confiaba en que al final todos despertarían.

–Mira esto –dijo–. ¿Qué te parece?

Estaba intentando pintar, con acrílico sobre un pedazo de cartón duro, unas margaritas que la lluvia de la noche anterior había reducido a bultos húmedos con un festón de pétalos desastrados. Se las había llevado sin permiso de un jardín, a las seis de la mañana, de vuelta de una de sus inquietas caminatas al borde del embalse, y las había puesto en un jarrón esmaltado con cuatro o cinco ramitas viejas y unas varillas secas que no logré identificar. Después se había dejado influir fuertemente por algún postimpresionista inglés.

–¿Cierto que no hay nada más feo que los restos de algo tan vivaz y tan simple? –dijo–. No me veo capaz de quererlas lo suficiente para capturarlas.

–No es de lo mejor que has hecho –concordé débilmente.

–Cuando llegué aquí crecían por toda la ribera seca, cerca del correo, entre los helechos y la adelfilla. Y había en casi todos los jardines. –Contempló la pintura, sorprendida por una conclusión–. Ahora parece que no le interesan a nadie.

Su pasión por las cosas me incomodaba, como suele pasar con los entusiasmos de personas que uno ha admirado en la infancia. No tenía la menor objetividad. Llenaba la casa de gatos callejeros de ojos huidizos que había persuadido de abandonar sus cubos de basura. Volvía a empapelar las paredes de amarillo fuerte y pintaba los postigos de un rosa lechoso. Se negaba a tirar hasta el tallo de geranio más mustio. Como al gatito negro que jugaba locamente en el pasillo con un hueso de cordero, lo albergaba en la compasión intensa que tenía por todas las cosas del mundo.

Para atenuarla, por dos habitaciones amuebladas en el altillo me cobraba un alquiler tan salvaje que para estirar los ingresos yo tenía que hacer dos turnos semanales en una librería de la ciudad. Supuestamente hacía mi trabajo allí arriba, debajo del tejado, pero, como había corriente de aire y los estorninos no paraban de zumbar y llamarse mecánicamente picoteando las canaletas, las más de las veces iba al living de Elizabeth, en el piso de abajo, donde ella solía esperarme para encender el fuego.

Nunca conseguía que ardiera. El hogar tenía una rejillita victoriana, la cesta estaba rota y la chimenea siempre sucia. Cuando soplaba viento del este, que era cuando más se necesitaba un fuego, no tiraba en absoluto; e incluso en los días buenos tiraba a regañadientes, tosiendo nubes de humo alquitranado mientras unas pocas llamas lamían la superficie del carbón barato de Elizabeth y escamas de hollín derivaban por la sala estrecha entre débiles rayos de sol. Pese a todo, a menudo pasábamos la tarde allí, conversando lánguidamente; y en verano desayunábamos, con las ventanas abiertas para atrapar la primera calidez. Había una alfombra de colores, una mesita labrada, un claro jarrón de violetas de Persia. Elizabeth acumulaba la mayoría de los libros contra una pared, aunque el aire siempre olía un poco a humedad y a café de Costa Rica. Una mañana llevábamos unos minutos sentados cuando ella dijo:

–De modo que tu amigo Ashman se fue a Corea…

Decidí mantenerme totalmente impávido.

–¿Ah, sí? –dije.

Ella se sirvió más café y dobló el Guardian por la página de arte.

–Acá dice que va a estudiar el teatro tradicional. Con mucho cuidado unté un trozo de pan con mermelada. Uno de los gatos, que había estado esperando la iniciativa, se acercó y, cayendo pesadamente a mis pies, me miró fingiendo afecto. Despedía un olor sibilino.

–No parece muy de él.

–Bueno, hay una foto y todo. Al parecer lo manda el National Theatre. En un minuto te dejo verla.

–Creo que no tengo tiempo –dije. Me comí el pan y subí a mi cuarto. –Carajo –murmuré, mirando por la ventana–. La reputa madre.

Era a comienzos de septiembre. Una bruma tenue colgaba al otro lado del valle, incandescente donde el sol la penetraba. Contra ese fondo volaban en círculos grandes pájaros, cuervos o gaviotas. Cerré los ojos. “Ashman no pisó un teatro en su vida”, pensé. A lo lejos ladraba un perro y del fondo del valle llegaba un golpeteo de máquinas. No sabía si reírme o llorar. “Que tenga suerte”.

De repente me acordé de él años antes, poco después de que dejáramos la universidad. Ya vivía en edificios abandonados, hospicios e instituciones, como uno de los desahuciados solitarios que con el tiempo le proveerían el material para Los incurables. Se había cobijado en el umbral de Lewis’s, en el centro de Manchester, y encendía un cigarrillo sosteniéndolo contra el viento con una mano, al nivel de la cintura, el torso protectoramente doblado sobre la llama del fósforo que acercaba con la otra. Bajo la mugre de los dedos había una palidez indescriptible. Me sorprendió mirándolo y se rió. “Préstame dos libras”, dijo. “Te las voy a devolver. Son para un libro”. Me contó que de noche les leía a unos vagabundos de la orilla del canal. Al anochecer ellos hacían una fogata y se sentaban en círculo a escucharlo medio dormidos. Entró en Lewis’s y salió con un tomo de bolsillo sobre atrocidades japonesas en la Segunda Guerra Mundial. “A esos degenerados les encanta”, dijo. “Si les leo otra cosa me parten la cabeza. No hay nada que les guste más”.

–¡Vas a llegar tarde al trabajo! –gritó Elizabeth por la escalera.

Volví a abrir los ojos.

Cuando salía, ella dijo:

–¿Has visto los pétalos que caen de la alheña? Es casi como si quisiera nevar… Copitos de nieve cayendo en una mañana de frío. –Luego agregó–: Arriba el ánimo.

Hacía años que no veía a Ashman. En la librería me miraba desde las cubiertas de sus primeros libros, los ojos arrugados contra una luz intensa. Un asomo de barba espesa le volvía truculenta la mitad inferior de la cara. Podría haber sido uno de sus personajes: en aquel entonces había cultivado –tal vez para sobrevivir, tal vez por el simple accidente de pasar tanto tiempo cerca– el aire furtivo y desposeído de ellos, y lo había convertido en una insignia. Con todo, cuando uno leía la famosa frase final de Hospital penitenciario, “Ahora ya no nos queda más que estar atentos”, se daba cuenta de que Ashman era mucho más complicado. El libro desbordaba de gestos fragmentarios, movimientos abortivos, frases dichas a medias. No se podía decir “trata de esto” o “trata de aquello”. En esos días Ashman lo hacía sentir a uno que se avecinaba una revelación, algo poco relacionado con la conciencia social y hasta con la sociedad, algo sobre el ser humano que nos era intolerable desconocer en este siglo.

Un par de veces a la semana me encontraba a almorzar con Elizabeth. A ella le gustaba el restaurante del tercer piso de Marsden’s, en Huddersfield. Se entraba por la sección de ropa interior y a esa ahora lo atestaban más de cincuenta ancianas encogidas entre plantas de maceta en incómodas sillas cromadas. Llevaban grandes crucifijos de plata y pañuelos de seda sintética, gargantillas, turbantes de terciopelo, abrigos como frazadas con mangas voluminosas y todas juntas hacían un ruido como de manicomio lejano. Solo las gruesas alfombras y los vestigios de prudencia atemperaban los chillidos de codicia y envidia, de indignación y creciente horror amorfo.

–En fin –se decían una a otra, levantándose torpemente, mirando por encima de la mesa con gemidos de violencia encubierta–, estuvo precioso, de veras.

De las paredes con motivo de bambúes colgaban pinturas de artistas locales enmarcadas en aluminio pulido: un agua llamativamente gélida fluyendo bajo un río famoso; más agua, sinuosa como una pista de carreras entre las curvas de un bosque; y la abandonada estación ferroviaria de Holmfirth, con los andenes desvaneciéndose en un infinito verdoso. Curiosos defectos de perspectiva conducían el ojo a posiciones imposibles detrás o a la izquierda de cada escena y sugerían que el mundo real es oblicuo al nuestro.

Un día los estaba mirando, mientras esperaba a Elizabeth, cuando oí que una voz desesperada decía a mi lado:

–Arenaria. Es cremosa, pero no tan cremosa. –Y luego–: ¿Aquí están ocupadas todas las sillas?

–No –dije antes de darme cuenta–. Esa, nada más.

Se abrieron paso y se sentaron de frente a mí: una mujer madura con un traje verde de buen corte y otra mucho mayor cuyo pelo blanquecino y sedoso, con raya al costado y peinado hacia atrás sobre las orejas rojas, le daba un aire hombruno, como de bibliotecario retirado que en los ratos libres escribe poemas y siempre duda de poner “poeta” o “funcionario” en el pasaporte. Durante toda la comida estuvieron sentadas muy juntas, derechísimas, masticando despacio con la mirada perdida adelante. La mayor dejaba escapar un gruñido solapado cada vez que el tenedor le tocaba los labios, pero masticaba con la boca cerrada a presión, como si no estuviera acostumbrada al mecanismo de su mandíbula.

(“Es decir, comida”, oí que decía alguien en otra mesa, al parecer terminando una frase empezada en otra parte.)

Comían ensalada. La del traje verde acabó antes y se reclinó en la silla. Sacó de la cartera una cadenita de oro, que hizo correr entre los dedos con una expresión satisfecha en la cara bien maquillada. Una o dos veces me sonrió, tan imperceptiblemente que acaso estuviera sonriendo para sí misma. Con ellas dos allí yo no encontraba aplomo. Deseando que Elizabeth fuera a rescatarme, agité en la taza los restos de mi café. La del traje verde se caló unos anteojos semicirculares y, mojándose el pulgar para pasar las páginas, se puso a consultar un horario de trenes.

–¿Por qué diablos tiene que cortarse el pelo así? –me dijo.

–¿Cómo dice?

–¿Cuál es la intención? ¿Parecer tosco?

Cuando llegó Elizabeth, la mayor había terminado de comer y de lidiar con el amplio impermeable gris. Estaba sentada con una cartera en las rodillas, como si fuera un estuche de instrumento, aún mirando vagamente el aire.

–Perdón –dijo Elizabeth–. Me demoraron en la terminal de autobuses. ¿No es un espanto ese lugar? Yo creo que es la gente en las colas. De repente la ropa alegre se vuelve barata y raída, y las chicas inquietas e infelices. –Sonrió a las dos mujeres–. Me parece que yo también voy a comer una ensalada.

–¿De dónde salen estas moscas? –le dijo la mujer mayor a la amiga.

Esa tarde, en los estantes de madera rubia con bandas de luces encima, miré las biografías de Edith Sitwell, Kingsley Martin y Hugh McDiarmid; leí los títulos de los folletos de la Yorkshire Arts Association que había en el expositor. “Ashman está en Corea”, me dije. “Cuando vuelva escribirá alguna estupidez sobre la comida y la bebida para la revista dominical del Sunday Times y los editores se desvivirán por comprarle el libro”. No entraba nadie al negocio.

Octubre fue perfecto: heladas tempranas, aire quieto y transparente, y un cielo de un azul intenso casi incandescente hacia el sur. Sobre el barranco del cobertizo de ordeñe flotaba humo de chimenea. Mariposas color carey repoblaron brevemente el jardín; los gatos las acechaban en un furor de concentración. Dentro, Elizabeth tenía caléndulas de un ocre denso, geranios rojos y rosas y agératos de extrañas flores púrpuras como anémonas marinas. Pintó los marcos de las ventanas de su pieza. Me mandó colina abajo a mirar unas cabañas donde, dijo, había visto la hiedra “palpitando” de insectos; cuando volví leímos “…los capullos amarillos de la hiedra contienen néctar en abundancia; son el último lugar donde las avispas se alimentan antes de morir”.

–Qué deprimente –dijo.

Nunca estaba sola. Se calzaba las botas alemanas, andaba millas por los esteros rumbo a Greenfield, en el amparo de cuyas quebradas ya avanzaba el otoño, y de regreso traía puñados de bellotas verdes.

–Fíjate qué bien acabadas están –urgía–. ¡Parecen salidas de fábrica! Cuando era chica me decepcionaba que no sirvieran para nada. Los niños siempre confunden la gracia con la utilidad, ¿no? Le encantaba el valle, con sus casas de tejedores de tres plantas y ese aspecto de haber decaído de la alta marca de agua de prosperidad y energía de los veinte, como una bañadera que se vacía poco a poco.

Le encantaba que la mujer del granjero arriara las ovejas por el camino con un “¡Va, va, vamos!”; aunque no se privaba de quejarse, sobre todo de ciertas discrepancias ideológicas con su grupo de la Campaña pro Desarme Atómico:

–No tengo paciencia con la gente de aquí. No tengo la menor paciencia.

Una o dos veces al mes iban los parientes de Bacup o de Mytholmroyd a tomar el té.

Yo apenas los conocía y nunca me sentí del todo cómodo con ellos. Como estaba más cerca de su edad que de la de Elizabeth, me descubría preguntándome qué pensarían de mi presencia allí.

Ellos nunca hablaban del asunto. La mayoría eran sobrinos y sobrinas del segundo matrimonio de Elizabeth. Ya tenían hijos, a los que habían dado los nombres prácticos y briosos que se da a los perros pastores: Bob, Jan o Sam. Una tarde de sábado, antes de que el tiempo se estropeara de una vez, llegaron todos juntos. Los niños untaron nerviosamente con manteca la pantalla del televisor y patearon el caballete de Elizabeth. Aún no se mantenían bien en pie: de tanto perseguir arriba a los gatos terminaron por rodar media escalera, gritando de miedo y rabia reales a medida que daban tumbos de un peldaño en otro. Un barboteo de charla y de risas brotaba de los padres, que habían abierto todas las ventanas y tomaban café instantáneo en la mesa de la cocina. El aire rezumaba olor a jugo de naranja derramado. Una pareja había llevado paté de Sainsbury y una botella de vino casero, pero de momento no los habían abierto. Por encima del ruido de loza oí que alguien decía:

–¡Y, sería otra cosa que acampar en el sur de Francia!

Me entró ansiedad por ver quién había hablado. Resultó ser una muchacha rubia, un poco más joven que los demás y con un gastado jardinero de corderoy, que había ido sin su esposo en un Morris Minor con adhesivos de ¿centrales atómicas? ¡no, gracias! Como él tenía que quedarse en casa reparando los frenos del Fiat, había ido ella sola con los gemelos. “¿Quién me lo prohíbe?”. Se la veía cansada. Los gemelos tendrían año y medio, y cuando se ponían a gatear ella gritaba: “¡Dan! ¡Meg! ¿Y ahora qué han hecho?”. (La cara pálida, exasperada, daba la impresión de que la vida le era insatisfactoria y difícil, tan pronto le había llegado después de terminar el magisterio. Aunque, como luego sugeriría Elizabeth, quizá solo estuviera incubando una gripe).

–Sin embargo, no va a costar barato, ¿no, Puffa? –dijo otra mujer, desafiante. Se desataron una risa general y ciertos murmullos de coincidencia–. ¡Para muchos sería una suerte pasarse este año tres semanas en Cornwall!

–Se nos ocurrió… bueno, se le ocurrió a Peter… llevar bolsas de dormir y vagar un poco por ahí. Solo tendríamos que comprar la comida. La cosa es hacer el equipaje y largarnos, correr el riesgo. Los de los tours organizados arman verdaderos desastres. Esto va a ser muy diferente.

–¿Pero lo van a hacer con los gemelos, Puffa? ¡Pobres pichones!

Hubo un silencio.

De repente un hedor colmó la cocina. La chica del jardinero de corderoy, que estaba echando en torno de la mesa una mirada retadora, levantó la cabeza y husmeó el aire.

–¿Meg? ¿Dan? ¡Ah, maldita cría! –gritó.

Acuclillada en medio de la alfombra, la nena alzó los ojos y con una tímida sonrisa se palmeó el fondillo de los calzones de felpa color ciruela. Con esto se reanudó la conversación, en tono de alivio, y una voz de hombre dijo:

–Bah, ya nos las arreglaremos para ir a Cornwall. Como de costumbre, Ally exagera. –Entre los hombres hubo amplio acuerdo en que alguna forma de vacaciones podrían costearse; aunque antes de salir preferirían invertir una semana de trabajo en las juntas de la tapia del fondo de la casa–. ¿Y esa botella cuándo se destapa? ¿Eh?

Me acerqué y dije:

–Tienes mucha razón. Justo ahora está allá un amigo mío…

–Oye –dijo la chica del jardinero de corderoy–, ¿me la puedes sostener un minuto, por favor, que voy a buscar un pañal? –Después, mientras subía al coche, la oí decirle a alguien–: Bueno, pronto van a destruir el mundo entero. No entiendo por qué no podemos ver algo más antes de que estalle, ¿no te parece?

Cuando se hubieron ido Elizabeth miró el desorden con una expresión que no supe interpretar y dijo:

–Esta tarde, cuando Ben abría la lata de galletas, vi bien patente la cara del padre.

Pasamos la aspiradora por el living. Un aire fresco de otoño entraba por la ventana para mezclarse con el perfume a limón de los geranios y el humo de tabaco. Uno a uno los gatos volvían del jardín, donde habían tenido cierto éxito con los últimos insectos, a olisquear el suelo o endurecerse de alerta al menor ruido.

–Cuando piensa que va a conseguir lo que quiere, le sale la misma sonrisa extraordinaria… –Como yo no respondía, Elizabeth dijo–: Estaban hablando de Corea, ¿no?

–Sí.

–Ay, ay, ay.

Creí que iba a añadir algo pero se limitó a mirar pensativamente los estantes de libros.

–Cuando vuelva Ashman me iré a Londres –dije–. A lo mejor para siempre. Aquí me siento ajeno. Estoy fuera de todo, así de sencillo.

Ese atardecer la temperatura bajó de golpe y empezó a llover. En el crepúsculo amarillo se desataron truenos. Pero un par de veces antes de que oscureciera del todo el sol irrumpió entre las nubes para platear los surcos anegados alrededor de la granja, y durante una de esas treguas una bandada de estorninos se desprendió como un humo hacia el campo que había detrás de la casa. Por un momento no se oyó nada más que el vigoroso gorjeo mecánico. No se veía qué estaban comiendo: durante medio minuto cada pájaro picoteaba en el barro con una violencia decidida pero aparentemente infructuosa y alzaba vuelo rumbo al campo vecino. En cuanto llegaron los rezagados, la vanguardia despegó entre el viento y la lluvia.

Elizabeth se fue a la cama temprano pero casi enseguida volvió a levantarse. Yo estaba sentado en una de mis habitaciones bajo el tejado. La oí entrar en la cocina, donde encendió la tetera automática, y luego en el estudio. (Solía moverse así por la noche. A la mañana decía: “Sabes, me he pasado la noche en una silla… ¡y, la verdad, estuve muy cómoda!”. Ninguno de los dos dormía bien. Cuando al amanecer nos cruzábamos en la escalera, nos pasábamos cortésmente por alto como animales de especies diferentes en el mismo terreno.) A eso de la una y media paró la lluvia y dio paso a una luna a cuya luz habría podido escribir. Proyectaba en la hierba las sombras de las paredes y los arbustos, y daba a los charcos de los portales un opaco color de hierro. Pensé en dar una caminata pero al cabo me fui a la cama. Un instante antes de dormirme oí que abajo caía algo.

Me desperté con Elizabeth inclinada sobre mí. Se había puesto un deslucido camisón color durazno con una pieza de encaje en ve al frente. Tuve la sensación de que había estado susurrando mientras yo dormía. Primero pensé que iba a subirme las cobijas, que había tenido una pesadilla y ella me había oído, pero las retiró, y sin darme tiempo a decir nada se acostó conmigo. Tenía los pies helados. Me tocó la cara con los dedos. Desperté del todo y me acordé de ella planchando ropa un atardecer de septiembre. Yo tenía nueve años; había típulas golpeteando la ventana de la cocina; mi padre estaba de viaje.

–Por Dios, Elizabeth, ¿qué haces? –dije. Me levanté por el otro lado y le di la espalda–. Acá me quedo hasta que te vayas.

Un momento después la oí levantarse e ir hasta la ventana. Miraba los campos.

–Muchas veces me pregunto por qué me encerré en este lugar cuando murió Arthur –dijo. Y después–: Me aburría tanto Harrogate. –El camisón le colgaba lacio de los hombros anchos y huesudos–. Este geranio parece artificial. Es lo que diría la gente si uno lo pintara bajo una luna así.

Salió.

–Lo siento –dije yo en voz alta.

Uno o dos días después fui a Londres a ver a Ashman. Como él tendría que ir en un tren suburbano, acordamos encontrarnos en el Bistró Europa de King’s Cross Station. Tan nervioso estaba que llegué una hora antes. No quería que apareciera sin que lo viese.

En realidad el Bistró Europa es un buffet de estación falsamente exótico donde dan vino blanco con una pizza gomosa: las paredes son de un castaño malva con alternos paneles crema de aspecto eduardiano y lámparas de pared con tallos de bronce curvo. El vaho de la máquina de café lo saturaba todo. Despatarrados en los taburetes de terciopelo de nailon un par de turistas soñolientos de vuelta de Mallorca esperaban el tren de Glasgow. Enfrente de mí cabeceaba un hombre de traje beige con el saco abierto; como había doblado el libro que estaba leyendo yo no podía ver el título. Me costaba aquietarme. Salí a estudiar el tablero de llegadas; volví a entrar; compré una taza de café; me senté de nuevo. A mis espaldas, un oficinista de los alrededores dijo con voz estridente:

–Esta mañana hice el crucigrama del Times en diez minutos. ¿Qué me dices?

–¡Mi chico es una luz! –chilló su amiga.

En eso el hombre del traje beige se enderezó de golpe. Sacó una libreta del bolsillo y con una pluma de oro se puso a escribir velozmente. Vi que llevaba tres estilográficas más en el bolsillo de la desabotonada camisa de crespón. Una había perdido tinta. De vez en cuando el hombre hacía una pausa, como para escuchar, y le cruzaba la cara rosada una aguda expresión satisfecha. Me di cuenta de que era Ashman. Aparentaba cincuenta años. El vientre le colgaba sobre la cintura del pantalón.

–Perdona –dije, tendiendo la mano con una risa–. No te había reconocido. Por poco nos desencontramos.

–Cristo santo –silbó él–. ¿Un fanfarrón de los crucigramas regalando a tus espaldas un tema que valdrá cincuenta libras y ni lo apuntas? Tú podrás darte el lujo de desaprovecharlo, pero yo no. Escucha al cretino. –Soltó una risita–. ¡Ahora habla de una cabaña social!

Salí al andén y me fui de la estación lo más rápido que pude. Pasé la tarde vagando por King’s Cross bajo la lluvia y no volví hasta las cinco, cuando estuve seguro de que se habría cansado de esperar.

El tren de regreso tenía una avería en las turbinas de gas y se arrastraba por las Midlands entre frenadas y arranques nerviosos. En Doncaster las calles estaban negras de humedad. Escuela de baile Hilton, anunciaba un neón en la ventana de un primer piso, titubeante, parpadeando tras la lluvia del vidrio. De la casa salió una mujer, levantó la tapa de un cubo de basura e insondablemente miró adentro unos segundos antes de entrar otra vez. Todo el trayecto hasta Wakefield un vapor se adhería a las cosas, y cuando llegué allí había perdido la conexión.

Nada más vacío ni más falto de sentido que una estación menor a medianoche. El personal se mueve con lentitud para conservar la energía. Nadie indica nada. Hacia cualquier punta del andén las luces son cada vez más tenues, como si a cierta distancia de uno el mundo empezara a desvanecerse. Todo parece nuevo pero sucio. Por la ventana de la sala de espera solo se veía un cruce de caminos húmedos, un semáforo en rojo y el Shalamar, platos asiáticos y continentales para llevar. Los muros desbordaban de graffiti. Sentada en un banco, completamente recta, había una mujer que creí reconocer, el corto pelo blanco con raya a lo varón, la boca rígida y fruncida, en las faldas una cartera grande como un estuche de instrumento.

–Discúlpeme –dije–. ¿Sabe a qué hora pasa el tren a Huddersfield?

Me miró fijo.

–Yo a usted lo he visto antes –dijo–. Qué pelo más tosco.

–Yo…

–No han dicho ni una vez a qué hora va a pasar –dijo, y giró la cabeza–. Nunca sueltan prenda.

Compré una barra de chocolate en una máquina y me senté a leer el TLS. De repente la anciana se puso a hurgar en la cartera. Un par de veces carraspeó como si fuera a hablar; pero cuando la miré seguía con la vista perdida a cierta distancia. Como la cosa empezó a ponerme tenso, dije:

–Parece que no pueden decirnos nada.

–Se merecen un tiro –dijo ella–. ¿Eso que está leyendo es un diario? Nunca lo había oído nombrar. ¿Me deja echarle un vistazo?

Sin darme tiempo a decir que sí me lo arrebató, rápida y torpemente, arrugando los bordes con las grandes manos limpias. La cartera se le cayó al suelo con estrépito; encima, flotando, fueron a parar dos o tres hojas del TLS que se habían soltado bajo la fuerza del ataque. Mientras yo las recogía, ella se mojó los labios y pasó las páginas hasta un artículo, me pareció, sobre el desarrollo de la civilización cretense setecientos años antes de Cristo. Le miré los tobillos flacos enfundados en unos curiosos calcetines beige.

–Esto sí que es interesante –dijo–. Me pregunto si le interesará a usted. No estaré hablando con un judío, ¿no?

–No… –dije con cautela.

–Ah, bueno, pues entonces esto le va a interesar. –Apuntó el dedo al artículo–. ¿Sabe algo del tema?

Dije que no había leído ese artículo en particular. Más que la historia lo mío era la literatura.

–Soy…

–Ah, bueno, entonces le interesará. Trata antes que nada de cómo los judíos se metieron en Europa. –Sin aliento, en un murmullo rápido, como una niña recitando algo que le grabó un maestro bondadoso, dijo–: La culpa fue de los romanos, fíjese; ellos los dejaron salirse con la suya. Y le digo que se salieron con la suya en todo. Fíjese que los dejaban no hacer el servicio militar, nada más que porque tenían ese pequeño don para el dinero… –Cuando comprendió que yo ni me imaginaba de qué estaba hablando ni de lo que se me pedía decir, en voz baja, como vencida por la inmediatez de una justicia que ahora podíamos compartir, concluyó–: Caramba, no es justo, ¿no?

–Yo esto solo lo compro para leer las reseñas de libros –dije al fin–. Soy… Trabajo en una librería. ¿Ese es el tren?

–Uff –dijo. Echó mano de la cartera, hizo una bola con el TLS y, usándola para apartarme de la puerta de la sala de espera, se encaminó al andén–. Nunca avisan –la oí decir. Se volvió a mirarme con desembozada ferocidad–. Nunca.

Los caños de escape del tren exhalaban humo de Diesel; bajo los maltrechos vagones bramaban motores convulsos; los pasajeros dormidos relucían en una luz aceitosa. Me senté lo más lejos posible, y pronto ella empezó a hablarle a una chica con bufanda de fútbol.

–Medias de abrigo con refuerzo doble –dijo la chica.

Cuando llegué a casa eran las nueve y media y Elizabeth no estaba. Antes de salir había intentado hacer fuego en el living, pero soplaba viento del sudeste y solo había logrado llenar la sala de hollín. En esos casos solíamos cubrir los libros y los discos con un mantel viejo. Como el carbón seguía crepitando musicalmente por la contracción, me imaginé que no llevaba mucho tiempo fuera. Volví a encenderlo, y el humo devuelto a la sala me hizo toser. Hacía mucho frío: tenía las manos entumecidas y en la piel habían aparecido cientos de diminutas grietas blancas. A mis espaldas los gatos entraban y salían a la carrera, alentándose mutuamente con ruiditos súbitos. Estallaron peleas, se propagaron por la escalera como por una mecha ardiente y se desvanecieron. Tenían hambre. En cuanto tuve el fuego listo fui a la cocina y les di de comer.

Con la sala ya caliente me senté junto al hogar a leer a Olivia Manning y escuchar a Corelli en el estéreo. La tibia luz anaranjada titilaba en las brillantes sobrecubiertas de los libros. Por mucho que se retorciera en el suelo, el gatito no consiguió que uno de los mayores jugara con él; entonces se dio por vencido y se puso a lamerse.

–Ronronea como un palomo arrullando –me había dicho Elizabeth unos días antes. (Uno de esos días de fines de octubre de aire transparente y cielo celeste; con frío suficiente para encender el fuego pero lo bastante luminoso para creer que podían dejarse las ventanas abiertas. A Elizabeth se le había caído un pincel en el jardín; en el sendero de cemento había quedado una marca indeleble.) –Igual que un palomo. ¿No te asombra que siga habiendo flores en tantos jardines? He visto conejitos, capuchinas, ¡hasta pensamientos!

Alrededor de las once le dejé una nota diciendo que me iba a dormir. “Te olvidaste de tapar los libros pero les pasé un trapo. Los gatos ya comieron”.

En mis piezas bajo el tejado encontré las ventanas abiertas de par en par. Elizabeth había tirado los cojines y las fundas de algunas sillas. Las demás colgaban de los alféizares, empapadas. El viento había desparramado el papel en blanco y mis manuscritos. Había granos de café en la alfombra y largos manchones en la pared. La lámpara del escritorio, retorcida metódicamente, se doblaba sobre la máquina de escribir en un ángulo extraño, como una garza con el cuello roto. En la máquina había una hoja en donde ella había escrito a la mierda a la mierda a la mierda hasta el infinito. La miré cansado. Había desecho la cama y, descubrí, orinado en las cobijas. Puse el juego limpio y me ovillé debajo; pero no había cerrado las ventanas y tuve que levantarme otra vez. Uno de los gatos vino a sentárseme al lado. Pensé que tal vez pudiera separar algunas de las páginas húmedas del manuscrito; pero abandoné.

Cuando el viento está así me pongo estúpido y deprimido. Una vez, a mitad de la noche me desperté despavorido porque había olvidado qué edad tenía. Peor: había reprimido la verdad y, aunque sabía lo infeliz que iba a sentirme, tuve que aceptarlo: iba a cumplir treinta y nueve, no treinta y ocho. Entristecido por esa lógica horrible, velé tendido no sé si una hora o apenas medio minuto. Lo curioso es que voy a cumplir treinta y ocho, y a la mañana lo sabía perfectamente.

Deberías leer a M. John Harrison: Deberías venir conmigo ahora: una antología de literatura fantástica que reúne quince años de trabajo de un escritor único en su especie