Texto por Christian Kent. Traducciones de Édgar Trevizo.
En los ideogramas chinos solemos encontrar el reflejo de ciertas imágenes. Puede haber un monte, un camino, el bambú, la figura humana, una hoja de té. Por ejemplo, en el signo chan (zen) hallamos el trazo de los dos huertos —el del Cielo y el de la tierra— que el practicante de Tao debe cultivar equitativamente; corresponder a Dios y al César, como dice en las Escrituras. Las inagotables maneras en que estas figuras pueden relacionarse forman un sistema complejísimo de representación, abierto a mar de lecturas. Cada signo es un posible ilimitado. Sin embargo, y esto nos parece misterioso, la comprensión suele ser directa, concisa y exhaustiva como los propios grafemas. Es una de-velación, algo que se descubre y se muestra, a la vez que una re-velación, algo que volvemos a velar según nuestra memoria y expresión. Como buen hijo de esta lengua, el poema chino es una esmerada arquitectura de correspondencias y alegorías, pero es también un brote, una aparición. Es un “minucioso accidente”, si es que vale la paradoja. El erudito puede dedicarse a decodificarlo, el lector común a respirarlo como una flor. En cualquier caso, casi no se reconocen en ellos rastros de intención, de esfuerzo; parecieran ser presencias espontáneas, como el yuyo o la estrella o la tenue caída de una hoja. Decía Collete: “El trabajo es borrar todo rastro de trabajo.”
La dedicada aplicación a las formas y símbolos de una extensa tradición otorgan libertad para que el poeta pueda ocuparse de otra cosa. No depender del ingenio o del juego verbal, sino abandonarse a la contemplación. Es un ejercicio del espíritu, de la mente, como todo el arte oriental. Si el gesto se reitera hasta la perfección, el sujeto queda libre para ausentarse del acto, para disolverse en la transición del verbo como el gato que se pasea bajo las sillas. Acaso por esta razón el poema prescinde del arrebato, de la afectación, y en cambio elige la calma de un paisaje o de una mujer que pasa arrastrando el vestido sobre la hierba. Podría decirse que sustituye el pensar por el mirar, que hay suficiente misterio en lo manifiesto, que es profundo en la superficie. En palabras de Pessoa: “Todas las cosas son símbolos conocidos de lo Desconocido.” Una buena traducción de poesía china, más allá de satisfacer o no el mandato de la fidelidad, es aquella que logra conservar este sentido de escrupulosa fluidez que venimos ensayando. “Mantener el sabor del original”, solía decir un amigo practicante de Tao. Para ello, el traductor debe ser también un poeta, afinar el oído y templar el corazón, de manera que sigamos creyendo que el poema es en China un don de la vacuidad y no una conquista del genio. Al leer esta antología organizada y traducida por Édgar Trevizo, sobre todo los poemas más conocidos de Wang Wei, Su Tung P’o o Li Po, que son las que más fácil pueden compararse con otras traducciones, reconocí el pulso libre, la caligrafía continua y casi involuntaria de una mano generosa y sensible, pero presentí además una ardua y dedicada orfebrería, un saber hacer que ha sabido mantenerse en secreto.