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Universos predilectos

Al advertir que iba muy lento con Perdidos, el último libro de Sergio Bizzio, a fin de prolongar el placer que me daba su lectura, corroboré que siempre me siento atraída por todo lo ambientado en la Conquista. Cualquiera podría decir que no es tanto la ambientación como la existencia de obras extraordinarias como Zama o El entenado (o ahora Perdidos, por qué no) lo que fundamenta esa atracción. Pero no: siento algo muy parecido por cualquier cosa ambientada en la época de Luis XIV (extendiéndose, incluso, hasta los días de la Revolución y la compulsión guillotinesca), o por los westerns o por ese imaginario híbrido al que llamamos orientalista por estar hecho de elementos islámicos, asiáticos y rusos. 

Aunque prefiero que sean geniales, lo cierto es que la calidad de las obras no es prioridad. Buenos y malos libros, buenas y malas películas, buenas y malas series o dibujos animados cuentan con mi favor solamente por situarse en esos ámbitos. Hay quienes sienten algo similar con los samuráis, la mafia italoamericana, la Inglaterra victoriana, el gore o los futuros distópicos.  

En cine, se habla del “universo diegético”, concepto vinculado a la coherencia interna de una película, entre otros elementos narrativos y estéticos. La diégesis de la conquista, entonces, o la orientalista, o la de los westerns, o la de esa Francia de pelucas y caras níveas, es lo que me seduce a más no poder o, como dice mi madre, “me transporta”. Mi sueño es que todos los westerns, incluyendo las gemas de Johan Ford y las rarezas como Johnny Guitar, pero también esos spaghetti olvidados que no llegan a ser ni la mitad de valiosos que los de Sergio Leone y los refritos de Tarantino, puedan ser vistos como una sola y eterna película del oeste, sin pausa ni interludio. 

Mi sueño es que todo lo que haya sido producido bajo el signo del orientalismo pueda amalgamarse en una sola y elefantiásica ficción. Mi sueño es que esas diégesis a las que soy adicta constituyan una obra en sí misma, más allá de sus autores y calidades, más allá de sus capacidades para perdurar o perecer, más allá de las intenciones y el arte con el que hayan sido hechas. Que todo el orientalismo sea un corpus, que todo lo escrito y filmado sobre la vida en París y Versalles durante los siglos XVI y XVII sea una obra magna, que Zama y El entenado se pierdan junto a Ruis y el resto de los personajes de Bizzio.

El tercer cuerpo, de Hélène Cixous: Una compleja red de escritura, que crea, como un acorde, un “tercer cuerpo” a partir de los cuerpos entrelazados de la narradora y su amante.