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Amor entre samuráis (“El gran espejo del amor entre hombres”)

Ihara Saikaku (1642-1693) es el gran prosista japonés de la época de Edo, es decir, del siglo XVII cuando Japón estaba gobernado por el sogunado de los Tokugawa, que le apartaba de Occidente. Saikaku empezó –y tuvo éxito- como poeta, pero pronto se entregó a una prosa plural, ágil y bella, que trata de reflejar la vida de su época, sin excluir la erótica, confinada entonces en los “barrios de placer”. Son famosas sus novelas “Hombre lascivo y sin linaje”  (1682) o –algo posterior- “Cinco mujeres apasionadas.” A muchos llama la atención que Saikaku describa por igual y bien la vida de un hombre entregado al sexo o la de una ninfómana. Pero hay más, escribió historias heterosexuales y homosexuales, dándoles la misma belleza e importancia. En esa línea hay que situar “El gran espejo del amor entre hombres” que acaba de publicar Satori en traducción de Carlos Rubio, aunque sea sólo el primer tomo (el segundo sobre los actores de kabuki, muy distinto de tono, está ya en marcha) que trata de “Historias de samuráis”. Son un conjunto de cuentos, no largos, donde se refleja la costumbre samurái de amar  a un “wakashu” es decir un jovencito o efebo, también de la casta samurái, que debía ser muy bello y que (hasta la mayoría de edad civil) hacía de paje de algún gran señor o “daimio”, siendo a menudo, también su amante. Naturalmente como hablamos de una casta de guerreros, regida por un fuerte sentido del honor, toda falta a esta norma es pagada –casi diría que voluntariamente- con la muerte por “seppuku”o suicidio ritual…

Como avisa el traductor en su notable introducción los cuentos están llenos de catanas y de muertes por faltas ( a veces nimias) al honor de los amantes, pero nunca se describen escenas eróticas, sólo la belleza del “wakashu” y el inmenso romanticismo que conllevaba ese amor, lleno de sutilezas elegantes y finales trágicos. Sólo en el cuento  “Dos viejos cerezos aún en flor” vemos a una pareja de amantes que ha llegado a la sesentena, viven juntos y son misóginos. De otro lado (siempre entre refinamientos y belleza) un samurái se hace mendigo para seguir a un joven muy bello y rico –“Un amor en sesenta páginas”- porque sirve a un importante daimio. El samurái se llama Gizaemon y el joven Shume, que al inicio no se percata de su adorador.  La relación ocurre (siempre bordeando la muerte) hasta que el daimio ordena a Shume que tome condición de adulto y al samurái que se haga bonzo. En esta ocasión no hay espadas, pero sí en otras por celos o infidelidades a las estrictas normas del honor… Estamos ante un libro en todo singular. Y es curioso que la aprobación de estas relaciones “erasta” –“erómeno” se dieran sólo en grandes periodos de cuatro culturas cercanas y lejanas: La Grecia clásica, Roma imperial, China y Japón. Son las “religiones del Libro” las que se volvieron contra el homoerotismo. Y acaso para hallar un libro como  “El gran espejo del amor entre hombres” haya que ir a la antología de Estratón de Sardes, “La Musa de los muchachos”, siglo II. Sutiles excepciones.    

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