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El Martín Fierro, remixado

EL CLASICO DE CLASICOS DE LA LITERATURA ARGENTINA EN UNA NUEVA VERSION DEL JOVEN POETA OSCAR FARIÑA. El poema, “traducido” a la clave marginal de hoy: el gaucho matrero es un pibe chorro.

Quién sería Martín Fierro si Martín Fierro se escribiera hoy? ¿Dónde viviría y a qué se dedicaría? Todas estas preguntas tienen una respuesta escrita: llegó el Fierro remixado. Y demostró que sí, es un clásico, porquetiene eso que tienen los clásicos. Una vigencia asombrosa.

Si el primero se ponía a cantar al compás de la vigüela, este, el de hoy, prefiere la “kumbia” villera. Al primero lo vuelven matrero la pobreza y una institución del Estado, el ejército y su leva. Al segundo, lo tornan chorro malo la misma pobreza y una institución distinta, la cárcel. Si uno padece a los oficiales y el trabajo gratis, el otro padece a los “pitufos” –presos “antipresos” que, según muchas versiones, en las cárceles roban, violan y matan bajo protección de miembros el Servicio Penitenciario– y “trabaja” gratis para los oficiales carcelarios. Los dos pierden mujer, hijos y casa. Los dos cometen dos crímenes sin sentido. Contemos uno, el primer asesinato. En el original, El Gaucho Martín Fierro , el que escribió José Hernández y se publicó en 1872, el gaucho mata porque está borracho. Le hace un chiste pasado de tono a una negra –le dice “vaca” y quiere seducirla–. El negro que la acompaña se enoja. Y Fierro lo mata. En la reescritura, El guacho Martín Fierro , de Oscar Fariña, publicado hace poco más de dos meses, el guacho mata por el mismo chiste. En vez de a un negro, a un boliviano. Los dos hacen el mismo comentario racista: uno dice “los negros”, el otro “los bolis”, y afirman que Dios (“D10s” en la versión contemporánea) los creó “para carbón del infierno” (“tizón” en el original). Si uno se pasa al indio después de robarse unas vacas, el otro se va a Paraguay con unas bolsas de soja ajena. Los dos rompen ese mito tonto, ese que sostiene que quienes son víctimas deben ser necesariamente buenos, como si hubiera alguna relación lógica entre la adversidad y el altruísmo, como si ser bueno fuera más fácil con todo en contra .

Los dos necesitan ser editados con glosario: el primero, por el habla gaucha. Y el segundo, esta lectura del Martín Fierro de Hernández que hizo Fariña siguiendo verso a verso al original y “traduciéndolo” al slang contemporáneo –en los casos necesarios– y a la situación concreta de los marginados hoy, también necesitó de un glosario para la lengua callejera del Conurbano. Y la “traducción” conserva mucho del original: muchos versos enteros y el mismo ritmo impresionante. La contaminación de gauchesca y slang fascina .

Leopoldo Lugones fue quien hizo de Martín Fierro el libro nacional. Lo consideraba un poema épico y al gaucho payador, el bardo argentino. Algo de eso, de “bardo” pero en el sentido callejero, es lo que le reprochaban escritores como Jorge Luis Borges, –que no se privó de versionar el clásico en sus cuentos “El Fin” y “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”– quien escribió, en 1944, lo que sigue: “El Martín Fierro es un libro muy bien escrito y muy mal leído. Hernández lo escribió para demostrar que el Ministerio de Guerra hacía del gaucho un desertor y un traidor . Leopoldo Lugones lo propuso como arquetipo. Ahora padecemos las consecuencias.” Seguramente fue una ironía: Borges sabía, como todos, que ni los gauchos malos ni los pibes chorros malos se cuecen al fuego de los clásicos de la literatura. Lamentablemente. Otras opciones se les abrirían.

Fariña, claro, tiene lo suyo que aportarle al debate. Dice que el suyo “es un libro escrito a favor del Martín Fierro y en contra de las no lecturas: la idea general que hay sobre Martín Fierro es la del gaucho manso. No lo lee nadie, en el colegio los pibes lo padecen. Y es un texto muy rico, también desde lo ambiguo y atroz que tiene el personaje.

Es un perseguido que reproduce la violencia de la que es víctima . Es un cachivache, eso, la imagen del cachivache”.

Hernádez, según Fariña, quiso denunciar que “el gaucho estaba marginado por el Estado, a la buena de Dios. Pero a la vez, existía ese factor más intenso de otredad, el indio, que a mí me pareció equivalente al “pitufo”: es la misma idea de invasión que avanza arrasando con todo.” ¿Qué quiso denunciar Fariña? Que “ es super violenta la vida carcelaria en el país ” –los informes de Amnesty International le dan la razón–, “uno diría, bueno, la cárcel es para sacar a los delincuentes de circulación, pero no: se los apropian, porque después terminan trabajando para los policías y los guardiacárceles, el típico ejemplo, que está en el libro, es el de los que salen a robar para los policías”.

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